Quiroa: un recorrido por su vida

Quiroa irreverente (II)

Novena parte

Juan Antonio Canel Cabrera
Escritor

En la entrega anterior, del jueves 17 de enero, comencé a contarles algunas anécdotas sobre la irreverencia de Marco Augusto Quiroa. Hoy les contaré otras; entre esas, la que narraré a continuación es muy especial ya que, sin querer, de carambola nos marcó a todos los que en ese entonces componíamos el grupo literario la rial academia.

La segunda mitad del día, no recuerdo la fecha; creo que sucedió en 1985, fue intensa. Al mediodía nos juntamos Marco Augusto Quiroa, Marco Vinicio Mejía, René Leiva y Roberto «El Clavo» Monzón, con los únicos objetivos de conversar y beber. Estuvimos en la ingesta guarera en un bar cercano al estudio de Maco, que en ese entonces estaba ubicado en la 5ª. avenida, entre 13 y 14 calles de la zona 9, en una casa propiedad de la familia Unda; a eso de las cuatro de la tarde concluimos en el propio estudio. Sólo Marco Augusto y yo nos quedamos con el fin de echarnos el night cup. Dos tragos más nos bebimos y, al retirarme, se quedó acostado en la hamaca. Según mi percepción, allí se quedaría estacionado hasta el día siguiente. Partí del estudio de Quiroa rumbo al Centro de Estudios Folklóricos, en la avenida Reforma y calle Mariscal Cruz. Allí fui a encontrarme con Carlos René García Escobar, quien estaba concluyendo sus labores y alistándose para partir. Para mí fue propicia su conclusión laboral porque iba con todas las intenciones de invitarlo a tomar unos tragos. Él, sin embargo, me arguyó que a las seis de la tarde entregarían el libro, Las Voces Silenciadas, creo que ese era el nombre, de Luz Méndez de la Vega, en la Asociación Alejandro von Humboldt, situada en ese entonces en la 10ª. calle, entre 4ª. y 3ª. avenida de la zona 1.

-Aguantémonos porque allí habrá guaro gratis- me dijo.

Estuve de acuerdo y luego de empacar sus cosas y meterlas en su maleta de cuero, salimos rumbo a la Von Humboldt. Para nuestra sorpresa, al llegar nos encontramos con que también estaba Marco Vinicio Mejía, Roberto Monzón y Juan José García, un amigo que, aunque no era escritor, nos acompañaba en el quehacer bohemio. Y para agrandar más la sorpresa, al rato apareció René Leiva y luego llegó Marco Augusto Quiroa. Si nos hubiéramos puesto de acuerdo, con toda seguridad no habríamos concurrido. Contra todo el programa, Marco Augusto, usando su influencia, logró que antes de comenzar el acto, le sirvieran a él, y a Roberto Monzón, unos tragos. El Clavo era otro irreverente incurable. Total, que estábamos recontentos de reencontrarnos. No obstante, también sin planearlo, formamos tres grupos. El primero fue formado por Maco y Roberto; el segundo por Marco Vinicio, J. J. y yo; y el tercero por René Leiva y Carlos René García.

Al comenzar el acto, que fue patrocinado por el grupo literario Rin 78, Maco y Roberto se ubicaron, vasos y tragos con hielo en las manos, en las primeras filas. Bastante atrás nos ubicamos Marco Vinicio, J. J. y yo. Y, en las líneas finales, Carlos René y René Leiva. Comenzó el acto con un lleno total. La mesa la presidían, si la memoria no me falla, Carmen Matute, Luz Méndez de la Vega, Delia Quiñónez y María Arranz. Al nomás comenzar los discursos, Maco chocó su vaso con el de Roberto. En seguida hicieron sonar los hielos contra la pared de sus vasos de manera persistente y a conversar en voz alta sin importarles lo que se decía en el podio. Hablaban con mordacidad de la autora del libro.

Todas las miradas convergían en ellos, que persistían en el chilín-chilín de los vasos y los hielos. Y los organizadores estaban con un nerviosismo de la gran diabla porque creyeron que se trataba de una operación planificada y, de repente, otras acciones seguirían a ese prólogo de la jodarria. El nerviosismo era justificado porque, con la excepción de Eduardo Villagrán, allí nos encontrábamos prácticamente todos los integrantes y afines del grupo literario la rial academia, a quienes nos consideraban terroristas literarios, como después fue consignado en las páginas periodísticas del Diario de Centro América. Y Maco Quiroa era parte de la rial.

Recuerdo que, mientras los comentarios venenosos y en voz alta de Maco y El Clavo se aparejaban a los discursos oficiales; Mario Alberto Carrera, que en ese entonces era compañero sentimental de Luz Méndez, estaba sentado a la par de Marco Vinicio Mejía y le dijo: «Conseguiste cagarte en todo.» Creo que, en parte, a Marco Vinicio le echaron inicialmente la culpa porque él había sido parte del grupo Rin 78 y luego renunció y se integró a la rial, cuyo nervio general era la anti solemnidad. No obstante, todo ese desasosiego fue propiciado por Maco Quiroa a quien secundó con festividad y efectividad Roberto Monzón.

Carlos René García y René Leiva, al ver que la cosa se puso peluda, pusieron pies en polvorosa antes que concluyera la actividad. El acto, en medio del nerviosismo de los concurrentes, finalizó. De inmediato varios intentaron sacar a Quiroa y a Roberto. Sin embargo, a Maco lo defendió Julia Vela, que se portó muy valiente e impidió que lo echaran a la fuerza; la parte jodida se la llevó El Clavo porque al no tener el reconocimiento ni la fama de Quiroa, ni quien de esa oficialidad literaria lo defendiera, los guardaespaldas de Juan Fernando Cifuentes, que en ese entonces era vocero del Ejército y miembro de Rin 78, intentaron sacarlo por la fuerza. Entonces fui con Juan Fernando y le pedí que ordenara que soltaran a Roberto y que yo me encargaría de salir con él por las buenas. Fue así como lo liberaron y le sugerí que bajara sus revoluciones porque el ambiente se había puesto cardíaco y estábamos casi en el callejón de los cachimbazos. Sin embargo, mientras salíamos, El Clavo no cesó de insultar a Cifuentes; por momentos sentí que los guaruras nos caerían encima, sobre todo porque de Cifuentes se decía que como chafarote, en el terreno de la «inteligencia militar», tenía su historia. Marco Vinicio, entonces, se enfrascó en una alegadera con Cifuentes, al punto que sus guardaespaldas llegaron a preguntarle: «¿algún problema, mi coronel». Lo gracioso de ese asunto fue que, al día siguiente, si no recuerdo mal, en el diario El Gráfico apareció la foto en la que Mejía y Cifuentes estaban en la gran alegadera pero, el foto reportero le puso como pie algo así como «Cifuentes y Mejía, en amena conversación». Al final, con la excepción de Quiroa, que no recuerdo quién lo fue a dejar a su estudio, los demás nos reunimos en la calle y después Marco Vinicio, JJ y yo dispusimos ir a rifarnos otros tragos.

Ese episodio creo que fue el que más nos marcó después como grupo respecto a los demás entes literarios guatemaltecos; sin embargo, no fue una deliberada acción grupal sino un fruto chingón engendrado por la irreverencia quiroína y el desenfado monzoniano. La oficialidad literaria, a partir de entonces, nos trató como apestados y, hasta mucho tiempo después, a los que en ese entonces estuvimos alrededor de la rial, algunos nos consideraron escritores fuera de ley. Por eso, Marco Vinicio Mejía, en su libro Espejos de piedra oscura (Pág. 65), en el capítulo que le dedica al grupo la rial academia lo titula, precisamente, «Escritores fuera de ley.»

La rúbrica de la irreverencia quiroína se encuentra en la contraportada de su libro Semana menor. Allí aparece él, sentado en la taza del inodoro, con el pantalón y el calzoncillo abajo, escribiendo a máquina sobre papel higiénico; la fotografía ya la publiqué en un artículo anterior de esta serie. Al preguntarle por qué aparecía así en la foto, sencillamente respondió: «porque estaba escribiendo mierdas.» Esa foto, fue tomada por Mario Quiñonez.

Para concluir, a grandes trazos, con el esbozo del Marco Augusto Quiroa irreverente, quiero contar lo que le sucedió con La maja desnuda que tantas críticas generó pero que tuvo una efectividad sorprendente; sin embargo, antes quiero contextualizar la situación.

Un sábado a mediodía, cuando ya Maco había sido electo como candidato a diputado, estábamos reunidos en su casa con Mario Villagrán, médico que lo salvó una vez de morir y otra por poco lo manda al otro potrero prematuramente al confundir una hinchazón de paperas con una de cáncer. Maco, con su pepsi de dieta y Mario y yo con vasos conteniendo Stolishnaya con agua de Quina, conversábamos con alegría de los temas más dispares. Después de un chilín-chilín con los vasos, Mario le preguntó:

-Vos Maco, ¿por qué aceptaste la candidatura a diputado?

Maco le respondió refiriéndole la siguiente anécdota:

—Fijate Mario que a mí me pasó lo que a un soldado de la revolución mexicana. En el fragor de la batalla resultó herido de gravedad. Un compañero trató de ayudarlo y animarlo, pero él, sabiendo que la muerte le pisaba los talones, le pidió un último deseo en la vida: «Quiero que me canten un corrido». El compañero, asombrado, le respondió: «compañero, mire el estado en que se encuentra ¿y usted pidiendo un corrido?» El otro sólo atinó a balbucear: «Quiero que me canten un corrido». Ante la insistencia, el samaritano soldado, mientras llevaban en camilla al soldado herido, logró reunir a otros cuques que, a la par de quienes lo cargaban, le cantaron un corrido. El herido murió en el camino, pero lo hizo con una sonrisa que a todos les hizo adivinar que murió contento y en paz en medio de la guerra. Y de esa misma manera, yo no quiero que me canten un corrido antes de morir: Sólo quiero ser diputado.

Y aquí viene, ahora, lo de La maja desnuda. Como candidato a diputado Maco acudió a su creatividad; en esta oportunidad la barnizó con un poco de insolencia. A pesar de la oposición y escándalo que provocó en el seno de la ANN, sobre todo en la mojigatería de Nineth Montenegro, decidió usar como motivo para su propaganda el famoso cuadro de don Pancho de Goya y Lucientes, el pintor español. De esa cuenta aparecieron en varios lugares vallas con la famosa pintura que mostraba a la duquesa de Alba en puros cueros. El fondo ideológico de este elemento propagandístico fue: «Desnudemos la realidad».

Esa irreverencia ante lo convencional, logró sacudir al electorado y contribuyó a lograr la elección de Maco y otros diputados de ese partido. En el seno de esa agrupación política fue acusado de machista y adjetivado de muchas maneras; sin embargo, Quiroa no se amilanó; con paciencia y salivita, como diría él, logró demostrarles a todos que la originalidad y creatividad son elementos importantes; desafortunadamente, son poco usados en Guatemala. Y a quien los utiliza, siempre se le acusa de antisistema, desubicado y chusema.

Muestras de la irreverencia quiroína hay por miles; sin embargo, el espacio para contarlas llega hasta aquí. De no ser así, abarcarían muchas páginas y no cabrían en este suplemento ni en veinte más. Así, pues, aquí la calmamos. En la próxima entrega, si me dan chance de arimarme en estas páginas, les contaré algo sobre el ingenio quiroíno.