“Ítaca 2.0”

Quincho Barrilete y las elecciones

Danilo Santos

dalekos.santos@gmail.com

Politólogo a contrapelo, aprendiz de las letras, la ternura y lo imposible. Chimalteco de nacimiento, barrioporteño de crianza. Desde hace veintiocho años se dedica a las causas indígenas, campesinas, populares y de defensa de los derechos humanos. Firme creyente de que otra Guatemala es posible.

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Danilo Santos

Aquel niño se emocionó mucho cuando le dijeron que interpretaría a Quincho Barrilete en la obra escolar. Los ensayos eran mágicos guiados por la historia que contaba la canción, era como estar dentro de un cuento con música y todo. Se la pasaban bien los pequeños dándole vida al vendedor de bolis. Un ensayo, y otro y otro, y al fin todo estaba listo; faltaba un último ensayo, pero ya la obra corría con fluidez y todo mundo hacía su papel y tenía preparado su vestuario. El de Quincho era sencillo, unos pantalones viejos y una camiseta sucia, pero el padre del pequeño actor quería agregar dramatismo al asunto, así que rasgó el pantalón, consiguió unos zapatos destartalados, una caja de lustre y lo hizo blandir periódicos viejos. El personaje estaba completo. La crítica social que ganó el Gran Premio de la Canción Iberoamericana en 1977 y que contaba la historia de un “chaval” que aún no cumplía diez años pero que ya era hombre serio… como pocos a su edad. La historia repetida de un niño que se subía a vender chucherías en los buses para ayudar a su mamá y que sus hermanos pudieran estudiar. “Ejemplo vivo de pobreza y dignidad” cantaba Mejía Godoy entre vivas. Joaquín Carmelo era solo un membrete, su nombre de combate es (era) Barrilete… Estaba lista para “ser puesta en escena”.

Para el último ensayo el niño y sus padres pidieron permiso para no asistir, tenían una actividad y no podían posponerla, la maestra autorizó la ausencia, todo estaba listo. Llegado el día de la presentación, el pequeño llegó al teatro caracterizado, no esperó, llegó en personaje. La sorpresa fue que no lo dejaban entrar; un señor en la puerta le impedía el paso diciéndole que era una actividad para estudiantes, y que de todos modos adentro estaría oscuro y no podría darle lustre a nadie. El niño no entendía, le decía una y otra vez llorando, pero yo soy Quincho. El papá, orgulloso observaba la escena pensando; está clavado el personaje. Se acercó al guardia de la entrada y explicó el asunto, el guardia terminó disculpándose. Familia completa, entraron al lugar que ya estaba lleno, Quincho corrió limpiándose los mocos y zangoloteando la caja de lustre y unos periódicos. Oh sorpresa, no lo dejaron subir al escenario, la canción de Quincho ya sonaba, el niño no entendía, la maestra trataba de explicarle mientras dirigía la obra tras bambalinas y espiaba a los padres del patojito. Lo habían sustituido en el último ensayo, a pesar de haber pedido permiso y todo. No actuó. Le dieron un asiento privilegiado en primera fila a él y su familia, y con los zapatos y pantalón rotos, unos periódicos ajados y su caja de lustre sobre el regazo, tuvo que sentarse a ver la función, sin él.

Algo parecido pasa con las elecciones en Guatemala, te hacen representar alegremente el papel de pobre y raído, ensayás toda la vida, te presentás a escena y te rompen el corazón a última hora dejándote una yesca encendida en la cabeza y el corazón, que un día, arderá contra el sistema y sus operadores.