UTÓPOLIS

“Porque no tengo otra forma de ganarme la vida”

Adolfo Mazariegos

Hacia el final de una tarde de la semana pasada, como suele suceder normalmente en esta ciudad capital, pasé un tiempo indefinido sumergido en la monotonía del tráfico vehicular de las horas pico (usando las expresiones que escuchamos cotidianamente en distintos medios), experimentando esa vorágine de autos, motos, bocinas, cansancio, aburrimiento e insultos con la que convivimos cotidianamente, pero a la que usualmente no prestamos mayor atención en virtud de que nos vamos acostumbrando a todo ello muy a pesar de nuestros propios padecimientos y nuestras reiteradas lamentaciones al respecto. Al llegar a la calle Montúfar, cerca de la 6ª. avenida, observé desde lejos tres o cuatro machetes que volaban por el aire haciendo círculos, sonando al chocar entre sí, cayendo y volviendo a tomar vuelo para finalmente desaparecer mientras los autos retomaban la marcha lenta que los hacía avanzar unos cuantos metros para frenar nuevamente un poco más adelante. Decidí detenerme un momento para dar tiempo a que el tráfico se hiciera menos denso. No llevaba prisa. Así que me detuve en una avenida aledaña y atravesé casi corriendo la Montúfar para comprar una taza de café en un local cercano. Los machetes que ya había visto minutos antes seguían volando, haciendo maromas en el aire y emitiendo ese característico sonido que produce el metal cuando se le golpea con otro metal. “Cómo han proliferado los artistas callejeros” pensé, al tiempo que saludaba al joven malabarista que hacía lo suyo con aquellos machetes. “Qué onda”, le dije, sonriendo. Y él me contestó: “Ahí, viendo si sale algo pa los frijoles”. Su respuesta me hizo pensar en las motivaciones que llevan a esos artistas callejeros a buscar la manera de ganar algún dinero de esa forma, y a cuestionarme acerca de las múltiples interpretaciones que a veces damos a esa situación sin conocer realmente el trasfondo de sus personales historias y sus particulares motivos. Pero, ciertamente, esa proliferación –aludida líneas arriba– desnuda realidades que van más allá del hecho de ver un artista callejero intentando ganar pa los frijoles. Eso, pone de manifiesto muchas cosas más. Falencias en distintos niveles del Estado y de la administración pública: educación, inversión, empleo, oportunidades que permitan a muchos jóvenes llevar sustento a sus hogares y vivir de una manera digna. “Y por qué te dedicás a los malabares callejeros” le pregunté, mientras esperaba a que el semáforo me diera luz verde, casi con la certeza de saber de antemano la respuesta que iba a escuchar… No me equivoqué: “Porque no tengo otra forma de ganarme la vida” me respondió, encogiéndose de hombros, con una sonrisa resignada que honestamente no sabría cómo interpretar. También le sonreí. Y crucé la calle, mientras los machetes empezaban a volar nuevamente por el aire, emulando círculos, y evidenciado la realidad de muchos guatemaltecos que quizá no podrían comprarse esa taza de café que yo compré, para esperar a que el tráfico se hiciera menos denso.