Adolfo Mazariegos

Una de las cuestiones que en Guatemala parecieran estar cobrando fuerza en los últimos días, y que resulta sin duda preocupante, es esa suerte de polarización ideológica que ha empezado a observarse como producto de situaciones diversas pero concretas en las que todo indica que, como sociedad, no logramos ponernos de acuerdo (nuevamente). La división de la opinión pública en temas como las Reformas Constitucionales (por ejemplo), es algo más que notorio, y está siendo llevada a distintos planos que van más allá de la simple manifestación de disensos o de normales diferencias de opinión. En el marco de un sistema democrático incipiente o en proceso de consolidación como el guatemalteco, situaciones como esa, usualmente, van dejando espacios y vacíos en los que la ciudadanía muy difícilmente repara, pero que pueden constituirse fácilmente en momentos favorables para la manipulación de grupos sociales en base a la defensa de intereses particulares o sectoriales previamente definidos, y muchas veces, estratégicamente calculados. Cuando eso se da, el desenlace, por lo regular, deja números negativos para los grupos sociales que se encuentran en desventaja, y cuya incidencia real en la toma de decisiones, que no siempre serán las correctas, va a depender de la manipulación de la que sean objeto más que de sus propias y verdaderas necesidades colectivas. Los hechos históricos de las últimas décadas han demostrado que las posiciones político-ideológicas extremas y radicales cuyo fin principal es únicamente la búsqueda del enfrentamiento (más allá de las reivindicaciones que se persigan de cualquier tipo), no pueden conducir a nada bueno, excepto, por supuesto, para unos cuantos que, como los pescadores del viejo refrán popular, ven en el río revuelto esas ganancias que se resisten a dejar escapar o que simplemente ellos mismos han propiciado con tales objetivos. Puede tenerse una forma particular de pensar, puede diferirse de la mayoría inclusive, pero a estas alturas de la historia, y en casos tan concretos como el guatemalteco, nada justifica esa búsqueda de enfrentamiento entre grupos sociales que forman parte de un solo país y sobre todo, que ya conocen el significado desastroso de esos episodios de enfrentamiento cuyas heridas tardan mucho en sanar. Los consensos son difíciles de alcanzar, pero más difícil es recuperar a un país de estragos que pueden ser evitados y que muchas veces surgen de situaciones como la que hoy día se vive. Es preciso encontrar un punto de equilibrio para evitar que las polarizaciones ideológicas, más allá de las diferencias de opinión, nos hagan regresar a un pasado nefasto y oscuro que aún no ha sido superado del todo y cuyas consecuencias aún sobrevuelan el ambiente.

Diario La Hora
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