Adolfo Mazariegos

Politólogo y escritor, con estudios de posgrado en Gestión Pública. Actualmente catedrático en la Escuela de Ciencia Política de la Universidad de San Carlos de Guatemala y consultor independiente en temas de formación política y ciudadana, problemática social y migrantes. Autor de varias obras, tanto en el género de la narrativa como en el marco de las ciencias sociales.

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Adolfo Mazariegos

El pasado viernes vi en la televisión un brevísimo reportaje acerca de un niño que jugaba fútbol con botas de hule. Resulta obvia su carencia de zapatos especiales para practicar ese deporte que tantas emociones genera en chicos y grandes y del que se puede hablar bastante durante un buen tiempo. No obstante, el rumbo de este breve texto va en una dirección distinta. Según se colige de lo expuesto en el reportaje que pude ver y escuchar, el pequeño, de seis o siete años quizá, se acercó tímidamente al campo donde un grupo de niños realizaba una suerte de entrenamiento, apoyados por un director técnico (un equipo de Cultura y Deportes, según se indica en el reportaje), que tuvo con aquel niño un gesto amable y bondadoso al entregarle un uniforme deportivo, luego permitirle incorporarse al grupo en el campo de juego. Las imágenes e historia del niño, cuyo nombre es Elmer, fueron publicadas por la municipalidad del lugar (Santa María Cahabón, Alta Verapáz) y se hicieron virales rápidamente en redes sociales, generando una variedad de comentarios mediante los cuales se exalta la actitud y deseos del pequeño futbolista, así como de las autoridades municipales que dieron a conocer su caso y aparentemente han apoyado de alguna manera a su familia. El menor, a pesar de calzar botas de hule y no zapatos de fútbol -como ya se apuntó-, tomó la decisión de acercarse y preguntar si podía unirse al grupo para “jugar”. Una iniciativa que, de algún modo, podría decirse que cambió un momento de su vida que seguramente ha sido muy importante para él de acuerdo con su edad y entorno. Evidentemente su caso no es un caso aislado. Existen en Guatemala y en otros países de América Latina, sin duda, muchos niños en circunstancias similares; niños que ven, quizá muy desde la distancia, la posibilidad de realizar lo que desean, lo que anhelan, sueñan o necesitan. Pero cosas tan sencillas como integrarse a un equipo de fútbol de barrio y atreverse a buscar esa oportunidad, puede hacer una gran diferencia de cara al futuro. La niñez (y adolescencia) siguen siendo una materia pendiente para el Estado; un tema del que nadie o muy pocos quieren hablar, a pesar de tener ejemplos claros de la necesidad, de la trascendencia y del significado que ello tiene para el futuro del país en su conjunto. Ojalá nunca perdiéramos ese coraje e ilusiones en medio de la inocencia que sólo puede tener un niño… Desde este espacio, a manera de sencillo grano de arena, si acaso puedo contribuir a la reflexión, me tomaré la libertad de escribir, cada primer lunes de mes, una columna dedicada a visibilizar casos como el que hoy nos ocupa; de esos casos singulares y comunes al mismo tiempo; de esas “Vidas de niños”, que son “Realidades”.

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