Mario Alberto Carrera
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Cuando digo que este es un país esquizofrénico me refiero a su casi completa polarización. Pero también –y acaso especialmente- al trastorno dicotómico de la misma. Hay dos Guatemalas que pareciera que jamás van a poder unir las partes que, alguna vez históricamente, la articularon. Al menos antes de la Conquista. Fue la Colonia la causa fundamental de su escisión -y vida de cinco siglos- con un perfil esquizotípico que se proyecta y se refleja en el esperpéntico espejo de los comicios de 2019.
Entre más se polariza un país, más esquizofrénico se nos presenta horrorizándonos. Perdóneme lector que yo mezcle términos de distintas disciplinas pero es que para un escritor las palabras nunca son suficientes y cuando no encuentra la que busca exactamente tiende a tomar alguna o muchas prestadas de otras disciplinas. Es por eso que perfilo a Guatemala como esquizofrénica (término de la psiquiatría) cuando quiero ampliar su perfil grotesco de “sólo polarizada”. La esquizofrenia es una de las enfermedades más trágicas que se pueden sufrir. Tiene algo que ver con la bipolaridad y también con la manía depresiva y con la demencia precoz. Pero, en todo caso, significa que nuestro país presenta una dicotomía grave y crónica y que ésta se pone ¡más!, de manifiesto en las elecciones de cada cuatro años, en las que solamente toma parte (en el sentido de decidir lo que realmente ocurrirá al final) una mitad de esta Guatemala dividida: La de las derechas. La “izquierda” o lo que podríamos llamar un tímido centro -como el de mi antiguo y querido amigo Edmond Mulet- su único rol es el de ayudar montar todos los juegos mecánicos habidos y por haber, para que la feria de las vanidades y veleidades de los cacicones mañosos y la de los amañados linajes, presenten ante “el mundo” y sobre todo a los países cooperantes (que bien saben, conocen y hasta aceptan este sainete) una estampa de coleur local, donde parezca que el juego democrático de la “alternabildad” en el poder, se llevó a cabo -una vez más en uno de los países llamados democráticos del mundo- “óptimamente”. Que, bien visto, ya no es ni siquiera de políticos, sino de barones que manejan las megamepresas que contaminan y dividen el mundo. No nos engañémonos. Hagámonos los babosos pero no lo seamos.
Guatemala país dividido. Guatemala país ocupado la llamó Galeano en su libro, prologado por Cardoza cuando aún estaba de moda eso de ser comunista. Yo prefiero el término de país dividido-polarizado y, mejor aún, el de país con esquizofrenia.
El período electorero iniciático ha pasado. Habrá una segunda vuelta. Una parte de la Guatemala esquizofrénica (la que tiene los parisinos aires de cachet y del bon vivant y las elegancias acaso de Primtemps magasin) son las que dirán quién será el próximo Presidente de la flamante república democrática de Guatemala, merecedora (por sus ¿elecciones? que permiten la “altenabilidad”) de la ayuda de los países cooperantes y todo ese bla, bla bla del mundo se Soros y sus aliados o sus enemigos.
Usted, querido lector y ciudadano ejemplar ya fue a votar ayer. Ya se hizo, entonces, la ilusión de que echó el papelito en las urnas para que quede su candidato. Vuelva a votar y vuelva a caer de baboso en la II vuelta. Y torne a caer en la trágica explotación de nuestra esquizofrenia sociológica y socioeconómica.
Con Thelma Aldana tuvimos una esperanza que casi nació muerta. Con Iván Velásquez, un renacer que le agradeceremos siempre.
¡Pero Thelma regresará! Y volveremos a estar jóvenes y con el tallo bien verde en 2023. Tal vez en entonces la esquizofrenia socioeconómica termine en Guatemala.