Arlena Cifuentes
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En el marco de la campaña electoral que se está desarrollando en la actualidad prevalecen la incertidumbre y la confusión. A estas alturas no se sabe con certeza quiénes participarán en la contienda presidencial. Por un lado, están las tres candidatas mujeres que según las encuestas realizadas son quienes tienen la preferencia de la mayoría del electorado; y por el otro, no está claro quiénes participarán como candidatos a diputados ni tampoco para autoridades locales debido a que un buen número de ellos aún están pendientes de la respectiva resolución de recursos legales interpuestos.
Por otra parte, debido al gran número de partidos políticos y comités cívicos involucrados la ciudadanía al momento de ejercer el voto deberá enfrentarse a una papeleta conteniendo por lo menos veinte opciones, es decir un enorme y absurdo listado de candidatos. Ejercicio para el cual el pueblo de Guatemala no está capacitado. Con una de las más altas tasas de analfabetismo en Latinoamérica, una ausencia total de cultura política a lo cual se suman la indiferencia y desmotivación de la población debido a la pérdida de credibilidad de quienes han ejercido el poder político a lo largo de la última década.
La historia se repite, con la desventaja de que hoy estamos sumidos en una crisis de legitimidad institucional. Los partidos políticos carecen totalmente de propuestas, seguramente nos consideran sin capacidad de discernimiento alguno. ¿En qué basará su elección el ciudadano común? ¿En la simbología y fotos de los candidatos, en la absurda cancioncilla o tendremos que jugar al tín marín? Hoy más que nunca lo que prevalece es el populismo, continúan haciendo a diestra y siniestra una serie de ofrecimientos que sabemos no cumplirán; repitiendo la misma cantaleta del pasado y que muy a mi pesar tendrá su impacto en un buen porcentaje de la población urbana y rural; siendo esta última la más fácil de atrapar entre sus fauces. Son los elementos visuales y auditivos sobre los que la actual campaña se está desarrollando.
Con perplejidad observo en las entrevistas a los candidatos, que realizan los medios de comunicación, la falta de profesionalismo de parte de los conductores quienes no exigen respuestas concretas, ni la presentación de planes de trabajo, mucho menos quiénes integrarán los diferentes equipos de gobierno. Me he dado a la tarea de buscar esta información debiendo aceptar que es inexistente.
Hay una completa desinformación sobre el significado del VOTO NULO al que por primera vez en la historia de nuestro país se le ha asignado un valor vinculante. A mi juicio, debiera de ser competencia del Tribunal Supremo Electoral dar a conocer a la ciudadanía en qué consiste el mismo, diferenciándolo del voto blanco lo cual es indispensable en una sociedad carente de práctica ciudadana. En el área metropolitana he podido constatar la confusión imperante entre personas con cierto nivel académico y económico. Seguramente todo este desconcierto será bien aprovechado en el interior del país por parte de los contendientes en campaña. Todo lo anterior contribuye a debilitar el intento de democracia al cual seguimos aferrándonos con desesperación.
El VOTO NULO tiene valor vinculante y se constituye hoy en una herramienta de la cual puede echar mano el electorado para mandarle un certero mensaje a los politiqueros ante sus argucias e improvisación o será que una vez más vamos a elegir al “menos malo”.







