Ayer el Consejo Ecuménico que reúne distintas denominaciones religiosas en Guatemala, ofreció una conferencia de prensa para dar a conocer un comunicado en el que expresan su “alta preocupación y alerta por los constantes obstáculos y esfuerzos que buscan mantener al país en la encrucijada de la corrupción y la impunidad, esfuerzos que hilan cada vez de forma más perversa, incentivando el antagonismo y la polarización social”, en lo que constituye una valiosa y oportuna reflexión para la ciudadanía que debe entender ese vicioso procedimiento para reaccionar en consecuencia y de esa forma impedir que triunfen los esfuerzos perversos.
No se puede contener la corrupción que empobrece a los guatemaltecos sin emprender el arduo camino de ponerle fin a la impunidad, porque la certeza del castigo será el aliciente más importante para que la sociedad abandone viejas prácticas que llegaron a considerarse normales en nuestro medio. Y es que luego de que se han conocido los dramáticos informes sobre el estancamiento de nuestro desarrollo que afecta sobre todo a la población indígena que históricamente ha sido objeto de abandono y que es la que refleja indicadores más lamentables en todos los estudios que se hacen sobre los niveles de pobreza y de su efecto en el desarrollo y las oportunidades para el futuro.
Los guatemaltecos tenemos una oportunidad única en nuestra historia para revertir la perversa tendencia a que se haga un aprovechamiento indecente de los recursos nacionales que en vez de ser invertidos para que sean plataforma de un crecimiento económico con desarrollo, van a parar al bolsillo de los políticos y sus socios que se han especializado en el saqueo de la cosa pública. Gracias a las pruebas que nos ha ofrecido la investigación sólida y contundente del Ministerio Público y la Comisión Internacional Contra la Impunidad, hemos llegado a conocer y entender la dimensión pasmosa del problema, y de esa forma la gente asume que el país no tiene futuro. Que se impone una transformación a partir del imperio de la ley para que todos respondamos por nuestros actos y de esa forma seamos piedra angular del cambio que se impone con urgencia.
Nadie puede alegar ahora desconocimiento o ignorancia sobre la dimensión de la corrupción y de sus terribles efectos. Sólo los pícaros pueden estar interesados en contener la lucha contra ese vicio y flagelo porque son los que sacan raja a un sistema podrido de manera intencional para alentar sucias ambiciones y perversos negocios que nos han significado un atraso terrible que daña, para variar, a los más pobres.







