Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt
Guatemala tiene una larguísima historia de oportunidades desperdiciadas para darle rumbo al país en una dirección correcta, y el 23 de marzo de 1982, cuando se produjo el golpe de Estado contra Romeo Lucas García para evitar la investidura del también general Aníbal Guevara, fue uno de esos momentos tirados por la borda por ambiciones y personalismos babosos. Los oficiales jóvenes que intentaron encauzar al país luego de la sucesión de fraudes electorales que desde 1974 habían consolidado la dictadura militar con apariencia democrática, perdieron el rumbo por falta de liderazgos propios que les hicieron recurrir al general Efraín Ríos Montt por la aureola que tenía luego de haber sido víctima del fraude de 1974, aunque entonces él decidió abandonar la lucha y dejar huérfano a un movimiento social muy vigoroso que pretendía luchar para hacer que se respetara el resultado real de las elecciones.
Ríos Montt había sufrido una transformación importante que se notó, de entrada, en su cambio de religión. De haber sido criticado por sus cadetes por cachureco que los obligaba a asistir a misa, pasó a convertirse en un fanático protestante y enemigo de su antigua fe que, por lo visto, no era tan fe. Personaje polémico y complejo, sintió que estaba recibiendo la oportunidad que le robó el fraude y dispuso gobernar como un dictador olvidando las raíces del movimiento de oficiales jóvenes que pretendían, sobre todo, terminar con la sucesión de fraudes para emprender una senda más democrática.
Presa de sus propias contradicciones eliminó primero a los otros miembros del triunvirato para hacerse con el poder absoluto que luego terminó perdiendo cuando el alto mando del Ejército lo depuso para encomendar a su ministro de Defensa, Mejía Víctores, el gobierno del país, y el logro de ese relevo fue la convocatoria a una constituyente que redactó nuestra actual Carta Magna con la intención de propiciar una efectiva transición a la democracia.
Creo yo que si el golpe del 23 de marzo se centra en promover la transición democrática en vez de entregarle el poder a un Ríos Montt errático que no tenía nada que ver con quien había sido candidato del Frente Nacional de Oposición en 1974, posiblemente se hubiera logrado un proceso constituyente más comprometido con la verdadera democracia que no alentara la creación de ese modelo de cacicazgos que tanto daño le ha hecho al país. En el tiempo perdido durante el mandato de Ríos se perdió el impulso que hubiera tenido una reforma política profunda sobre la base de una mayor participación ciudadana en partidos políticos que recurrieran a métodos internos democráticos para elegir a sus autoridades y a sus candidatos.
Lo mismo nos pasó luego cuando el Serranazo encumbró a Ramiro de León Carpio, puesto que por enésima vez Guatemala desperdició la oportunidad de enderezar el rumbo y ahora, cuando estamos en los albores de otra oportunidad, es fundamental que no se pierda el sentido y que, lejos de desperdiciarla, aprovechemos el momento para acabar con viejos vicios y lacras que nos mantienen en condición deplorable por tanta impunidad y corrupción.







