Arlena Cifuentes
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Recientemente se conmemoró el 70 aniversario de la votación favorable a la resolución 181 de la Organización de las Naciones Unidas. Dicha Resolución daba vida al Plan de Participación que pretendía la creación de “dos estados para dos pueblos” uno para Palestina y otro para Israel. A pesar del rechazo palestino al plan, los judíos lo recibieron con beneplácito y con esto se fundaba el Estado de Israel. Tras siete décadas de haberse constituido en un país reconocido internacionalmente, Israel se ha desarrollado como una nación próspera y soberana, cuyo crecimiento se ha constituido en un ejemplo para los países en vías de desarrollo. Además de lo anterior, para Guatemala, quien jugó un papel determinante en el cabildeo para que la creación de dicho Estado fuera una realidad, se ha convertido en un aliado estratégico.
Hace algunos días, una serie de controversias fueron generadas por las declaraciones del presidente Donald Trump a favor de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel, y de trasladar la Embajada de Estados Unidos de Tel Aviv, en donde se encuentran las Embajadas incluyendo la guatemalteca, hacia Jerusalén, tierra disputada por los palestinos, al ser una de las ciudades más sagradas tanto para el judaísmo, el cristianismo y el islam.
Histórica y bíblicamente la ciudad de Jerusalén fue fundada hace más de 3 mil años por el Rey David, y para los judíos ha sido de vital importancia para la identidad de su pueblo. Sin embargo, no es sino hasta las recientes declaraciones de Trump que dicho pueblo, tan sufrido y oprimido por la historia, puede ver la esperanza de que el mundo reconozca a su eterna capital.
No obstante, que lo anterior sea una realidad y la historia lo demuestre así, líderes de distintas organizaciones sociales, religiosas y mandatarios alrededor del mundo se opusieron tajantemente al reconocimiento de Jerusalén como parte fundamental e indivisible de Israel. Guatemala, sin embargo, no ha brindado una postura determinante y consistente, sino que se ha mantenido en una posición tibia que debe reconsiderar.
La relación entre Israel y Guatemala es histórica e innegable, la amistad entre ambos pueblos se ha reiterado en diversas ocasiones en diferentes ámbitos que van desde la tecnificación de sus profesionales hasta aportar en el desarrollo guatemalteco desde distintos mecanismos de la cooperación internacional.
Además de lo anterior, ambas naciones se caracterizan por el sufrimiento de sus pueblos. Lamentablemente el pueblo guatemalteco no ha tenido la capacidad que el de Israel ha demostrado en recuperarse y crecer a partir de las dificultades, uniéndose y reforzando una identidad que les ha sacado adelante y reconocerse unos a otros como verdaderos hermanos; características que han estado ausentes en la sociedad guatemalteca.
El reconocimiento guatemalteco de Jerusalén como la eterna capital de Israel, en este caso específico no le haría lucir como un monigote de Estados Unidos, sino que resultaría consecuente con la histórica relación de apoyo y solidaridad que ambos pueblos se han demostrado desde hace décadas. No se trata de seguir al gigante occidental en sus decisiones sino de actuar para hacerle justicia al pueblo israelí. Que la amistad de ambos pueblos siga creciendo, y que el amor y la paz pueda algún día llegar a reinar entre árabes, israelíes y guatemaltecos.







