Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt
Empiezan a surgir argumentos para “explicar” razones por las que el cambio de sistema que evidentemente necesita el país no es posible porque, dicen, no se puede pasar de la noche a la mañana de la corrupción total al absoluto control y fiscalización, lo que significa que tendríamos que ir poco a poco, aplicando pequeños ajustes para no detener la economía ni afectar muchos intereses de una sociedad que se acostumbró a vivir y producir en el marco del saqueo que empobrece a toda la población. En otras palabras, proponen que la corrupción total que nos ha afectado por tantos años debiera irse reduciendo “des…pa…ci…to”, como dice la muy popular canción de Luis Fonsi.
Cuando el cuerpo humano está afectado por un cáncer que lo destruye aceleradamente, sería estúpido pensar en ir despacio en el tratamiento para no provocar un shock desmedido. Hay circunstancias en las que no hay tiempo que perder porque los efectos de los males son de tal magnitud que producen daños irreparables, y si bien en teoría de administración pueden usarse muchos ejemplos de cómo los sistemas deben reformarse de manera ordenada y relativamente pausada, en teoría social hay abundantes ejemplos de que los cambios que no son profundos terminan reciclando los vicios de los viejos sistemas.
Si vemos la fotografía de lo que es hoy nuestro sistema parece imposible que podamos aspirar a un cambio que nos obligue a la fiscalización y rendición de cuentas porque todas las instituciones están colapsadas y la corrupción ha permeado no sólo al sector público sino también a los mismos ciudadanos que han ido asumiendo costumbres que alientan su práctica cotidiana. Pero debemos entender que pequeños cambios para enfrentar un enorme problema nunca han dado resultado y que hace falta un compromiso de la sociedad para remover las estructuras de impunidad y corrupción.
Pensar que algunos actores quieren “aprovechar” la crisis para provocar un cambio mayor evidencia que hay otros que quieren aprovechar, ellos sí en su propio beneficio, el enredo para mantener el sistema. En teoría administrativa se explica que una acción provoca reacciones positivas y negativas y el administrador competente lo que hace es identificarlas y minimizar el efecto de las negativas y potenciar el de las positivas, pero nunca decir que por ello mejor ir poco a poco.
Guatemala lleva décadas, sino siglos, de rezago por no haber implementado políticas incluyentes debido a que se privilegió el trinquete y el negocio en vez de la función pública orientada a promover el bien común. Un teórico se puede dar el lujo de filosofar sobre el proceso actual, pero quien vive al día y, peor aún, quien apenas subsiste al día, no puede darse el lujo de esperar a que las élites se pongan de acuerdo para resolver un problema tan obvio como es que el dinero que se dilapida en la corrupción le roba oportunidades a los habitantes menos afortunados.
Aquí hay ahora solo dos campos. El de quienes quieren el cambio de sistema para acabar con las lacras y quienes pretenden preservarlo para seguir mamando de la teta de la corrupción. Es tiempo de tomar partido y decidirse.







