Francisco Cáceres Barrios
fracaceres@lahora.com.gt
Para muchos no fue nada extraño el fracaso al reprobarse las reformas constitucionales planteadas al Congreso de la República. Lo advertimos con tiempo. Dijimos que con los 158 diputados electos de la misma manera que se ha venido empleando desde 1985 a la fecha los resultados serían negativos. ¡Hombre! No se puede convencer a una persona que no tiene la suficiente formación académica, mucho menos la jurídica para llegar a ser diputado, porque las curules se vendieron o mañosamente escalaron posiciones en las listas de los políticos partidarios y ahora, solo tienen en mente cómo resarcirse de su inversión.
Si bien es cierto que lograron reunir a varias personas para discutir las posibles reformas constitucionales por el espacio de tres meses, también es verdad que todo ello quedó encerrado en un pequeño círculo. Se les olvidó que para convencer a las mayorías o para hacer la necesaria presión popular, es necesario o mejor dicho, es indispensable, emplear la debida técnica para presentar las ideas, para demostrar sus beneficios y convencerlos de la necesidad para que las adopten.
De esa cuenta, cuando llegó al Congreso la propuesta, solo la conocía un reducido grupo de allegados a un gobierno que a estas alturas no ha logrado convencer a nadie de su honestidad, de su capacidad, mucho menos de su rectitud, carencia de valores que quedó demostrada cuando los mismos integrantes del partido oficial fueron los primeros en darle la espalda y hasta la media vuelta, mientras el primer mandatario se estaba dando la grande en uno más de sus repetidos viajes al exterior.
Sigo siendo del criterio que es necesario hacerle cambios de forma y fondo a la propuesta inicial, el método no importa, pero es indispensable utilizar todas las técnicas de comunicación que se tengan al alcance, si es que en verdad se quiere vender la idea al pueblo de que solo con cambios radicales vamos a poder avanzar en un campo que desde hace tiempo se encuentra empantanado por la corrupción, la impunidad y los compadrazgos politiqueros.
¿Por qué entonces no empezar haciendo algo que realmente convenza a la población, como por ejemplo, quitar el antejuicio del que gozan todos los políticos o al menos, que la ley permita que sean investigados a fondo sus actos públicos? ¿Por qué no gestionar la eliminación total de la reelección que tanto daño le ha causado al país, cuando lo que necesitamos es recuperar el prestigio y credibilidad de las instituciones del Estado? Mientras eso siga siendo solo una utopía, ni Dios Padre va a poder convencer a la mayoría que haciéndole cambios a la Constitución se va a acabar el desmadre en que vivimos.







