María José Cabrera Cifuentes
mjcabreracifuentes@gmail.com

La objetividad en el abordaje del tema de la mujer, no solamente en Guatemala sino alrededor del mundo, ha sido difícil de alcanzar pues es con frecuencia utilizado por individuos y grupos como una excusa para obtener prebendas y preferencias, perdiendo de vista algunos de los temas fundamentales que debiesen ser prioridad en la actualidad y anteponiendo como principales muchas otras luchas que ya han sido ganadas.

Si bien la inferioridad de la mujer ha sido un invento de la historia, lamentablemente muchas se siguen valiendo de esta falacia para caer en una suerte de autovictimización que nos ha llevado a pedir excepciones que no hacen más que reafirmarla.

No obstante, ser mujer en Guatemala continúa siendo complicado, toda vez que seguimos inculcando comportamientos arcaicos que nos condenan a hombres y mujeres a continuar jugando un papel determinado por cánones inflexibles que se convierten en una guía que se debe seguir al pie de la letra. En mi entorno más cercano, veo por ejemplo como mi sobrino, un niño de 6 años, se resiste a ver películas de “niñas” con su hermanita de 10, a pesar del evidente deseo por verlas que se refleja en sus ojos al tenerlas en sus manos. Sin embargo, la sociedad le ha dicho tantas veces que eso no es para niños, que prefiere tristemente reprimirse y escoger otra del repertorio más cercana a lo que “debe” ver. Por supuesto, no se libra de un regaño de su tía, quien comprende que sin importar cuánto le hable sobre el “no-genero” de las cosas, la voz envolvente de la sociedad seguirá siendo prevalente sobre la suya.

Mientras no promovamos un verdadero cambio en la forma de pensar de las masas, tendremos que seguir sufriendo las diferencias y el encasillamiento en las pequeñas e incomodas cajas en que nos arrinconan desde que nacemos. Seguiremos siendo las protagonistas de anuncios de artículos de cocina y limpieza, las desprotegidas que deben esperar el rescate de un príncipe, continuaremos siendo las “interesadas” y nos seguirán viendo incapaces de valernos por nosotras mismas. Nuestras nietas saldrán a las calles atemorizadas y les seguirán gritando injuriosas y denigrantes frases, deberán seguir sirviendo a los maridos y siendo recatadas según lo dictan las normas, continuarán tratándolas de “putas” y de libertinas. Eso por mencionar solo algunas cuantas cosas de tantas a las que día con día podríamos continuar expuestas.

He de admitir, que la mayoría de movimientos feministas existentes en la actualidad me desagradan, pues se han enfocado muchas veces en tergiversar el tema fundamental y algunas otras en abordar cuestiones que exceden su propio espacio corporal (con esto último me refiero específicamente al repugnante tema del aborto). Sin embargo, han surgido algunos otros que considero particularmente importantes, tal el caso del Observatorio contra el Acoso Callejero que propone acciones y promueve la solidaridad entre todas.

Las mujeres debemos unirnos y convencernos que la verdadera revolución femenina no consiste en desnudarnos y salir a las calles afirmando que nuestro cuerpo nos pertenece –aclarando que mi crítica no se dirige hacia la desnudez ni que crea que nuestro cuerpo pertenezca a alguien más que a nosotras mismas– sino en el cambio de actitudes cotidianas que nos obliguen a todos a pensar fuera de la caja para eventualmente liberarnos y salir de ella. Existen realidades profundamente lamentables que las féminas debemos afrontar diariamente, muchas de las cuales no pueden modificarse únicamente con acciones nuestras, por dicha razón la educación de las generaciones venideras resulta tan importante, siendo también conscientes de que hay otras a las que nos exponemos voluntariamente y seguimos alimentando con el pasar del tiempo.

Nuestro valor radica únicamente en nuestra humanidad, como seres humanos debemos reconocernos valiosas y admitir que nuestra capacidad puede expandirse tanto como queramos. El ser vistas en distintos ámbitos como seres inferiores y vulnerables ha dejado sin duda una huella en nosotras que va más allá de las vivencias diarias y se involucra con nuestra psiquis, es decir con la confluencia de nuestro intelecto, emoción y voluntad. Debemos por ello cuidarnos y actuar para evitar la transición de creer ser víctimas por el solo hecho de ser mujeres a convertirnos en víctimas de terceros –hombres o mujeres–. La próxima semana abordaré este tema en conmemoración al Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer que celebraremos el 25 de noviembre.

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