Es indudable que el Sistema Penitenciario guatemalteco es un bajo mundo en el que nadie ha querido o podido entrar porque mantiene una serie de lazos de poder con el entorno exterior que alcanza a sectores e individuos con un poder que sobrepasa las capacidades institucionales del Estado.
Byron Lima Oliva, aquel oficial que tenía todas las características para ser ejemplo dentro del ejército, encontró en el gobierno de Álvaro Arzú el fin a su carrera y la primera piedra del camino hacia su muerte.
Lima tuvo un rol mucho mayor que el reconocido en las cortes con la muerte del “letal” lechero Sas Rompich que asustó a Arzú; y esa “lealtad” fue la que le valdría el rol principal que jugó en el caso de Monseñor Juan Gerardi Conedera.
Ya en prisión, Lima fue el responsable de poner en orden el desorden, pero sin institucionalizarlo. Fue así como en la peor época de los secuestros, allá cuando los apellidos amarrados a las empresas más grandes del país y a las industrias más adineradas, estaban siendo víctimas de los Palacios Luna, del Marino, Rigorrico, etc., urgía atender la necesidad de evitar que ese tipo de secuestros siguieran cometiéndose. Entendieron que hacía falta una figura fuerte, mucho más fuerte que estos personajes en lo individual, para ponerlos en orden, les asignara sus cuotas y, eso sí, les clasificara a sus víctimas. Poco a poco, el secuestro pasó de ser de alto impacto a un delito de a diario dentro de familias de clase media y hasta escasos recursos.
De igual manera, con la explosión de poder de las maras. Se facilitó que las cárceles fueran sus centros de operación para que existiera un “control en el descontrol” que permitiera hacer la venta de los listados con clases según capacidad de pago, de los teléfonos para mantener tiempos y contactos bajo control, etc. Por ello, los mareros nunca han entrado a las zonas de mayor caudal económico.
Finalmente, Lima fue quien siempre mantuvo ese orden en el desorden para los gobernantes de turno y él mantuvo el poder sin importar quien gobernara. Byron Lima se dio el lujo de atacar Presidentes y Ministros sin miramientos de alguna clase. Salía de “descanso” cuándo le daba la gana, entraba y salía gente o productos como y cuando se le antojaba. Byron Lima hizo un mundo en el que el crimen se volvió el producto. Fue dueño de diputados y empresas, y fue el dueño de la tranquilidad de quienes se beneficiaron de su orden en el desorden sin entender que cavaba su tumba.







