Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt
Ayer el Presidente del Congreso ofreció que el Organismo Legislativo va a tratar de respetar la mayor cantidad del texto de la propuesta de reforma constitucional para asegurar un sistema de independencia efectiva del sector justicia. Como diría Cantinflas, ahí está el detalle, porque es en pequeños cambios donde pueden asegurar que el nuevo diseño del sistema de justicia termine siendo más perverso aún que el presente. La prueba más contundente de esa extraordinaria habilidad del Congreso está en la reforma a la Ley Electoral y de Partidos Políticos sobre la que vale la pena reflexionar.
¿Encuentra usted, ciudadano, siquiera un elemento en la nueva ley electoral que le permita suponer que el próximo Congreso a elegirse dentro de tres años y medio va a ser siquiera un poco mejor que el presente? Si el financiamiento sigue igual, si los métodos para designar candidatos siguen siendo los mismos, si la forma de elegir a los diputados sigue siendo la misma, no hay absolutamente nada que nos permita ilusionarnos con la idea de que algo efectivamente cambie. Fue un verdadero acto de prestidigitación mediante el cual se llenan la boca hablando de la reforma del sistema político, cuando lo que en realidad hicieron fue apuntalar sus posiciones para seguir amurallados en esa legalidad de pacotilla.
Ahora veo positiva la idea de eliminar las Comisiones de Postulación. Ya dije que la idea surgió en el Consejo de Estado en 1982 cuando con Amílcar Burgos pensábamos cómo sustraer la conformación del Tribunal Supremo Electoral de los vicios de la politiquería. La idea de trasladar la selección a la Academia y a los profesionales nos pareció brillante, sin imaginar que lo que haríamos era no sólo politizar la Academia y el Colegio de Abogados, sino prostituirlos al extremo.
Ahora se piensa que el Consejo de la Carrera Judicial puede servir para institucionalizar el ejercicio de las judicaturas, pero ya veremos cómo la Ley de la Carrera Judicial y la forma de integrar el Consejo serán la clave para que los poderes ocultos no sólo sigan haciendo micos y pericos, sino que los hagan con poder absoluto.
Porque todo lo que sea reforma tiene que pasar por las manos de los diputados y ya sabemos de lo que son capaces y podemos probar que el interés nacional no es prioridad para ellos y, mucho menos, el interés por un sistema de justicia que acabe con la impunidad si la misma ha sido panacea para que los miembros del Congreso se enriquezcan recibiendo sobornos para aprobar leyes y manejando el tenebroso listado geográfico de obras.
Si alguien me demuestra que hay un elemento, tan sólo uno, en la reforma a la Ley Electoral y de Partidos Políticos que pretenda la renovación de un modelo perverso, estoy dispuesto a revisar mis opiniones tajantes sobre la forma en que actúan los diputados. Al contrario, estoy convencido que con las reformas aprobadas, el próximo Congreso será peor que este.
Mientras no haya reforma verdadera del sistema político, los parches servirán únicamente para taparle el ojo al macho.







