Francisco Cáceres Barrios
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Sabido es por todos que los problemas que venía sufriendo el país antes de las elecciones del 2011, en vez de irse resolviendo paulatinamente durante el gobierno de Pérez Molina terminaron agravándose. Fue así como la crisis financiera causada por su pésima administración y el incontenible apetito de hacer negocios a costillas del Estado, nos llevó a la situación actual en que todo rueda como vehículo viejo sin haber tenido responsables que supieran aplicarle un buen y honesto mantenimiento. Por ello, es que los medios de comunicación se han dado a la tarea de publicar entrevistas o reportajes buscando encontrarle prontas soluciones a los problemas, concluyendo en que hay que invertir cuantiosas sumas de dinero para desarrollar programas de recuperación de las destruidas instituciones.

Si bien es cierto que un sistema penitenciario, por ejemplo, sin los recursos financieros suficientes para construir cárceles seguras, contar con personal honesto, bien remunerado y capacitado, como el equipo más moderno para el control de los reos, está condenado al fracaso pero, si empezáramos por cambiar desde el director del sistema, hasta su último empleado atinadamente sustituidos sobre la base de idoneidad, capacidad y honradez, el panorama empezaría a cambiar. De nada sirve contar con insumos médico hospitalarios suficientes, si no se tienen profesionales de las distintas ramas de la salud con sólidos conocimientos y con valores éticos y moralidad. Podremos contar con el mejor y más costoso equipo electrónico de control en las aduanas pero, si seguimos teniendo vistas, revisores o supervisores que sigan permitiendo el ingreso de mercadería con partidas distintas a las que realmente les corresponden ¿cuáles podrán ser entonces los resultados?

A todos consta que en la iniciativa privada han fracasado ejecutivos bien remunerados, con el más alto nivel de preparación y conocimientos, pero que su práctica deshonesta y sin guardar estricta disciplina hicieron llevar prósperos negocios a la bancarrota y todo ello, a pesar de contar con accionistas que bien pudieron haber aportado suficientes recursos para evitar el desastre. No es el dinero entonces lo que realmente importa. Tampoco es el sueldo del presidente, vicepresidente, ministros, directores generales o gerentes de las entidades u organizaciones lo que los lleva a alcanzar el éxito o a lograr buenos resultados, son sus méritos, sus condiciones de liderazgo, valores y principios los que logran consolidar sus aspiraciones. Triste es reconocer ahora, que todo esto se fue perdiendo con el paso del tiempo, cuando me consta que el éxito del gobierno del doctor Juan José Arévalo fue el de contar con un gabinete honesto y que la mayoría de sus integrantes cumplieron con sus deberes.

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