Juan Antonio Mazariegos G.
La prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, son conocidas como las virtudes morales o cardinales y en su conjunto conforman un círculo de virtudes dentro del cual, según filósofos, eruditos y teólogos se forma el hombre cabal.
Este hombre cabal, poseedor de estas virtudes, las utiliza para conformar su moral y en ese círculo se aparta de tentaciones, placeres, injusticias e imprudencias. Practicar las mismas al cien por ciento pondrá al sujeto casi en camino de santidad y seguro, con una simple y rápida introspección todos podemos concluir en que más de una vez al día nuestro círculo personal de la virtud es transgredido por Nosotros mismos o bien que aún luchamos por formarlo.
Reza el dicho que siempre será más sencillo mirar la paja en el ojo ajeno que la viga sobre uno mismo, y como consecuencia de ello, nos resulta más fácil apreciar las deficiencias de otros antes que las propias y de esa cuenta, mediante un breve vistazo a nuestro diario vivir, nos percatamos que en la realidad de varios de nuestros personajes públicos ya es mucho siquiera pedir que entiendan que es un círculo, no digamos pedir que conozcan de virtud o la practiquen.
Como consecuencia de nuestra realidad moral y seguramente no solo fruto de la ausencia de virtud de nuestros políticos sino combinada también con la de aquellos que los corrompen, esta semana, la entidad Transparencia Internacional hizo público su informe anual sobre el Índice de Percepción de la Corrupción o ICP, por sus siglas en inglés, dentro del cual Guatemala cayó a niveles comparables ya con Estados fallidos o inmersos en guerras que provocan que salga a luz lo más bajo de los instintos humanos, así, situados en el puesto 123 de 168 países, o lo que es lo mismo, al fondo de la tabla, debemos de poner un alto a la caída y reflexionar sobre la clase de sociedad que estamos heredando a nuestros hijos.
Si continuamos cavilando a través de formas geométricas, sin duda ha calado más la versión de que la forma más rápida de llegar de un punto a otro es la línea recta y muchos prefieren el camino directo, el atajo, ir directo al hueso, sin detenerse a pensar en las consecuencias que dejamos en esa ruta, quizás sea mucho pedir hombres preparados para guiarnos o quizás simplemente nos equivocamos en ello, deberíamos mejor pensar en buscar hombres cabales para que nos gobiernen, para hacer negocios con ellos, para contratarlos o simplemente tratar de ser uno de ellos para generar una vuelta a los principios que alguna vez fueron importantes para las personas, quizás empezando por el c írculo personal de las virtudes morales, volvemos a conformar el hoy tan lejano círculo de la virtud moral colectiva.