Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt
El Comisionado de la CICIG no puede imponerle nada al pueblo de Guatemala y eso lo sabe perfectamente Iván Velásquez, quien ha demostrado enorme capacidad para entender a nuestro pueblo con sus fortalezas y debilidades en los pocos años que lleva al frente de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala, pero siendo un hombre honesto no puede llamarnos a engaño y por ello ha insistido desde que vino a Guatemala en que la lucha contra la impunidad es tarea de los guatemaltecos y ahora nos advierte que “dadas las condiciones técnicas y financieras no hay ninguna posibilidad de combatir la impunidad”, frase que suena lapidaria pero que es totalmente lógica y ajustada a nuestra realidad.
Iván Velásquez no puede establecer un impuesto porque esa competencia es constitucionalmente del Organismo Legislativo que es la única instancia en el país que puede decretar impuestos de conformidad con el principio de legalidad. Pero honestamente hablando, don Iván se ha ganado a pulso el derecho de ser una especie de voz de nuestra conciencia porque sin aspavientos, sin ánimo de protagonismo personal y sin perder nunca las formas y las maneras, llegó a convertirse en la figura más importante de Guatemala luego de que el 16 de abril nos anunciara, con su voz pausada y serena, que se habían producido las primeras capturas para desmantelar la banda de defraudación aduanera dirigida por las más altas autoridades de la República.
La CICIG es un esfuerzo de la comunidad internacional para respaldar el pedido de Guatemala para establecer un instrumento de cooperación para enfrentar el más grave problema del país, el de la impunidad, cuyas raíces son profundas e históricas y cuyas consecuencias son terribles en términos no sólo de la inseguridad derivada de que el ladrón y el asesino saben que no serán castigados, sino también en términos de la podredumbre moral que implica la corrupción porque políticos y empresarios han operado bajo la certeza de que nunca tendrían que responder por sus malos manejos, mucho menos correr el riesgo de ir a la cárcel o de perder los bienes mal habidos como parte de un proceso de extinción de dominio.
Y el experimento de la ONU se ha probado más que exitoso y ahora Guatemala respira vientos nuevos aunque, como dijo bien hoy don Iván al presentar su informe anual de labores, por grandes que sean los éxitos alcanzados al desmantelar estructuras criminales, el problema persiste y el vicio continúa. Se ha capturado a muchos sindicados, pero las mañas y los vicios siguen siendo práctica común en la gestión pública y en cuanto al sistema que alienta la corrupción y que sostiene la impunidad, nada hemos realmente cambiado. Nunca como hoy tienen tanto valor las pocas palabras de Augusto Monterroso, porque no sólo cuando despertamos lo notamos, sino cuando terminaron las marchas vemos que “el dinosaurio todavía está allí”.
Iván Velásquez no puede más que hacernos reflexionar y ha sido audaz al provocar un debate históricamente incómodo. Impuesto es una mala palabra en este país y ya vimos el rechazo concordante con la historia de los sectores poderosos. Pero la necesidad está allí, como el dinosaurio, y los ciudadanos no podemos jamás volver a hacernos los babosos.