Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt

Este año ya vivimos un milagro con el derrumbe del sistema de corrupción que se llevó entre las patas a la clase política y llevó al poder al señor Jimmy Morales que se benefició por no ser parte de esas estructuras tradicionales. El milagro se debe a un santo, y no es otro que el esfuerzo de la CICIG y del Ministerio Público para llevar a proceso penal a funcionarios de alto nivel implicados en negocios de gran envergadura, hecho que despertó a una ciudadanía que siempre supo que le estaban robando, pero que no tenía las pruebas fehacientes ni la constancia física del crimen que empobrece tanto al país y que llega a matar a enfermos que no tienen recursos para curar sus males.

Obviamente hay que admitir que entre la Guatemala de abril y la actual hay enorme diferencia y que hemos ganado mucho. Hay que reconocer la importancia del milagro y su arrollador efecto que mandó por un tubo a los gobernantes de turno y a los políticos tradicionales que se preparaban para sustituirlos para hacer exactamente lo mismo.

Pero yo he señalado que la ola de participación ciudadana se puede comparar con la movilización que se dio en Guatemala a mediados de 1944 cuando se logró la renuncia de Jorge Ubico, quien dejó el poder tras catorce años de actuar como dueño de la finca, literalmente hablando, porque ejerció control sobre el poder legislativo que no aprobaba leyes sin que él estuviera de acuerdo y sobre el poder judicial que no emitía una resolución sin averiguar si la misma sería del agrado del dictador.

En medio de la euforia popular cayó Ubico, pero no cayó la dictadura porque Federico Ponce se preparaba para ganar la siguiente elección con las mismas prácticas que permitieron las reelecciones de Ubico. Y por mucho entusiasmo que hubiera, el sistema estaba hecho para su propio beneficio y de nada valía el entusiasmo popular ante candidaturas como la de Juan José Arévalo porque el sistema electoral era decisivo para beneficiar a Ponce.

En otras palabras, el milagro que significó acabar con la presidencia de Ubico, lo cual era impensable meses antes, fue descomunal pero no suficiente para acabar con el modelo de dictaduras basadas en la manipulación del voto. Lo que vino después ya no fue milagro sino fue resultado de la acción y organización de sectores de la sociedad que entendieron que, propiamente, nada había cambiado y que nada cambiaría a menos que se dejara de creer en milagros.

Tal es ahora nuestra situación, porque aparentemente la población está esperando que se produzca el milagro de que el futuro gobierno haga bien las cosas, a pesar de que no se cuenta con plan, no se cuenta con equipo ni existe visión de Estado. Sería un verdadero milagro que ocurra lo que la gente espera, puesto que las cosas no se producen porque sí, sino son resultado de procesos que mientras más serios se vuelven más productivos.

Rezar por el milagro de que Morales resulte un gran presidente puede ser, pero no olvidemos que no hay mejor adagio que el que pregona aquello de “rezando, pero con el mazo dando”.

 

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