Claudia Navas Dangel
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Piensa mal y acertarás. ¿Cuántas veces no había escuchado esa frase? Pero, ¿cómo así?, ¿por qué? Seguro eran cosas de viejas, dichos que no vienen al caso, además también estaba aquello de “darle el beneficio de la duda”. Así las cosas, Matilde prefería siempre creer, apostar por lo positivo, afirmando que se gana más con miel que con hiel. Lo otro, pues…
Y así, sonriendo siempre, un poco a veces a los Garrick, salía la calle, saludaba, creía y esperaba. ¿Cuántas veces no le vieron la cara? Y no lo digo yo, ni tampoco lo dijo ella, aunque seguramente lo pensó, lo presintió. Pero necia, prefirió esperar y cual cristiana sufrida puso –no literalmente- la otra mejilla, esperando quizá que la ofensiva fuera abortada.
En los amores -¿si es que eso eran?-. En el trabajo. En la cotidianidad, se topó con la inquina, la envidia y las traiciones. Cualquiera diría que Matilde era una verdadera pendeja.
La calma, la paciencia era para unos señal de debilidad, de poco avivamiento, de poco alcance. Otros en cambio, creyeron que era una pose, una actitud a lo telenovela mexicana: siempre abnegada, dispuesta y sufriendo.
Creyeron eso. Creyeron mal.
Confundieron su silencio con ignorancia y no sabían que ella pensaba que al “bagazo poco caso”. Creyeron que su calma era aceptación y que podrían perennemente salir en caballo blanco, obviando aquello de que, el que ríe de último, ríe mejor.
La paciencia, la amabilidad, la educación… jamás lo comprendieron, pero claro el olmo no da peras, y el miedo o más bien la precaución, no anda en burros.
Matilde, esperanzada, dulce y amable lo sabía. Esperaba.
Con sabiduría seguía el camino sin buscar quien le pagara lo que otros debían. No pensaba mal, pero había aprendido cuándo emprender la retirada, hasta cuándo devolver el beso de Judas y a no dormir más con el enemigo y esto si literalmente.
Todo llega a aquellos que saben esperar o el que sabe esperar todo lo alcanza, se repetía, mientras su cabello claro, ralo y muchas veces despeinado era el objeto de burla de quienes rebozados de pelo, de tontos tenían más. Y ella, sonreía.
Piensa mal y acertarás le dijo su ex nana, con sobrada razón quizá. Y no, simplemente no. “Creo y luego sólo dejo que todo tome su rumbo, más rápido cae un hablador que un cojo”, se decía.
Entre refranes sonrió de nuevo y esperó, y vaya sorpresa, del cielo a la tierra no hay nada oculto. Matilde lo sabía, la mentira dura mientras la verdad reluce.

 

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