Isabel Pinillos
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Hace unos días tuve la oportunidad de ver un documental sobre los dilemas personales y la carga emocional, física y psicológica que sufren los migrantes centroamericanos cuando parten de sus países en busca del “sueño americano”. Son objeto de robos por bandas criminales y la misma policía mexicana, violaciones, extorsiones y secuestros, desmembraciones causadas por La Bestia. Deben cruzar una frontera fuertemente militarizada y caminar por un desierto en cuyo paso se encuentran los cadáveres de hombres, mujeres y niños que descansan para siempre lejos de su tierra natal.

Dentro de este contexto infernal en donde poblaciones enteras se ven orilladas a realizar este viaje de la muerte, sólo cabe preguntarse ¿por qué? Miles de centroamericanos intentan cruzar la frontera a diario a un costo altísimo. El que no arriesga no gana, pero cuando no se tiene nada que perder, se arriesga todo.

Los gobiernos del Triángulo Norte apuntan a que si endurecen las políticas migratorias (militarización de fronteras) e invierten en desarrollo en las zonas expulsoras de migración, ésta disminuirá. Surge entonces la pregunta: ¿será posible cuantificar el desarrollo, y en este caso, en cuánto tiempo podrán verse resultados mínimos para que las personas prefieran quedarse?

Para tratar de encontrar respuestas, empecemos por el trabajo en el campo. Aun cuando sea respetado el salario mínimo, un trabajador agrícola en Guatemala recibe un pago de Q88 diarios, con una jornada de 48 horas a la semana. Este mismo trabajador en Estados Unidos, recogiendo tomates en la ciudad de Immokalee, Florida, recibiría un promedio de US $55 (Q420) diarios para una jornada de 42 horas a la semana, sin tomar en cuenta horas extras, o la realización de varias jornadas, muy común entre los migrantes guatemaltecos. Cabe mencionar que las condiciones de Immokalee se encuentran entre las más pobres dentro de la oferta de trabajo en EE. UU., y que algunos la consideran como “esclavitud moderna”, no solo por el tema económico, sino por las condiciones y abusos a los que están expuestos los trabajadores.

Paradójicamente, lo que para un país de primer mundo es visto como “esclavitud”, un país como Guatemala lo considera una simple “jornada ordinaria de trabajo”. En este contexto, el trabajador “esclavizado” ganará cinco veces más que el trabajador estando aquí con todas las prestaciones de ley. Hay que tomar en cuenta que el coste de la vida en EE. UU. es más alto, pero por lo que he observado, la mayoría de guatemaltecos en estas condiciones viven de manera muy austera, ahorrando hasta el último centavo para poder enviar sus remesas. En cinco años, su familia lograría construir una casa, mientras que estando en Guatemala, podría tomarle treinta años de trabajo, en el mejor de los casos.

La oportunidad de desarrollo en el extranjero también juega un papel importante. En este sentido el migrante en EE. UU. tiene acceso a servicios mínimos que, generalmente, no tendría en su aldea, como luz, electricidad, sanidad pública y educación pública para sus hijos la cual es obligatoria, no importando su status migratorio.

La dificultad de impulsar una campaña de “Quédate” es darle a la gente razones suficientes para hacerlo, pero de manera digna. El compromiso no es sólo evitar la migración mediante una simple propaganda, o fomentar alianzas público-privadas a costa de mano de obra barata. Lo esencial es recuperar el talento humano de los que se van, de los que están dispuestos a arriesgarlo todo. Es invertir los recursos necesarios para poder decirles: “Quédate porque esta es tu tierra, porque aquí tendrás trabajo, salud y educación para ti y tus hijos, porque eres esencial para el desarrollo de esta nación.”

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