El pasado 17 de marzo, el presidente Donald Trump asistió a un acto protocolar en el Kennedy Center, una de las más emblemáticas instituciones culturales de Washington, dedicada a la música y las artes escénicas. El presidente aprovechó su visita para anunciar que, dos días después, difundiría más de 60,000 páginas de documentos confidenciales, sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy (JFK), perpetrado el 22 de noviembre de 1963. Con ello dio cumplimiento a una promesa de campaña, buscando contrarrestar la creciente desconfianza de la ciudadanía estadounidense hacia la clase política y sus gobiernos. “Dije durante la campaña que lo haría, y soy un hombre de palabra”, sostuvo.

Habiendo transcurrido apenas dos semanas desde el destape, es imposible acceder, revisar y analizar semejante acervo documental, el cual se creía, guardado durante más de seis décadas, ha permitido la proliferación de múltiples teorías conspirativas, constituyendo uno de los hechos políticos que más ha intrigado a varias generaciones de estadounidenses. Por esta circunstancia desarrollaré, en un análisis preliminar, la hipótesis de que Kennedy podría haber sido asesinado por oponerse al programa nuclear israelí.

El magnicidio de JFK ocurrió en Dallas, Texas, en una época en la que, en materia de política internacional, la administración Kennedy se enfrentaba a la Unión Soviética, en el contexto de la Guerra Fría, pagaba el costo de la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, en Cuba, trataba de no involucrarse con efectivos en la guerra de Vietnam, y se esforzaba por acrecentar su influencia en el Oriente Medio, en pos del petróleo, región donde aumentaba la confrontación entre Israel y los países árabes.

Por ello, se ha especulado sobre la posibilidad que el presunto asesino, Lee Harvey Oswald, un ex marine que vivió y se casó en la Unión Soviética, podría haber actuado obedeciendo al Kremlin, extremo que fue descartado por la investigación oficial, encabezada por la Comisión Warren. El supuesto magnicida fue asesinado en el sótano de la sede de la policía de Dallas, dos días después de su arresto, por Jacob Rubenstein, vinculado a figuras del crimen organizado como Mickey Cohen y Meyer Lansky, que habían financiado a grupos terroristas como el Irgún, de Menájem Beguín quien, más tarde, llegó a ser Primer Ministro de Israel.

Múltiples documentos del más alto nivel, desclasificados durante los últimos años y acrecentados con lo publicado el pasado 19 de marzo, dan cuenta que una de las principales preocupaciones de John F. Kennedy era la posibilidad cierta de que Israel estuviera desarrollando armas atómicas en la localidad de Dimona, en el desierto del Néguev, en el marco del programa nuclear franco-israelí que, supuestamente, buscaba generar energía atómica.

El mandatario temía que el armamentismo sionista rompiera el precario equilibrio geoestratégico en una región que era, literalmente, un polvorín disputado por la Unión Soviética y EE. UU., país que proveía asistencia militar, armamento y fondos a Tel Aviv, con sumo cuidado y medida, para no ganarse la animadversión de los países árabes, cuando ya era evidente que el petróleo jugaría un papel estratégico en el desarrollo económico, militar y tecnológico del orbe.

En mayo de 2019, el Archivo de Seguridad Nacional, de la Universidad George Washington, publicó el intercambio completo de cartas y comunicaciones relacionadas entre Kennedy y los Primeros Ministros Ben-Gurion y Levi Eshkol, que ilustra tanto la tenacidad de JFK como la reticencia de los líderes israelíes de aceptar inspecciones estadounidenses bianuales regulares al complejo nuclear israelí en Dimona. Tanto David Ben-Gurion, como su sucesor Levi Eshkol, intentaron evadir y evitar las inspecciones, pero Kennedy aplicó una presión sin precedentes, informándoles sin ambigüedades, en un tono casi de ultimátum, que el «compromiso y apoyo de Washington a Israel» podría verse «seriamente comprometido» si el gobierno estadounidense no podía obtener «información confiable» sobre el reactor de Dimona y las intenciones nucleares sionistas.

Desclasificada en 2017, la Estimación de Inteligencia Nacional 30-63, “El problema árabe-israelí”, de enero de 1963, estimaba que si el reactor de Dimona “operaba a su máxima capacidad… podría producir suficiente plutonio para una o dos armas al año”.

Destaca la declaración de JFK al ministro de Asuntos Exteriores francés, Couve de Murville, aduciendo que el programa nuclear de Israel había colocado a ese país en una “posición estúpida” al dar “un pretexto a los rusos, que se están retirando de la región, para acusarnos ante la opinión mundial, y tal vez no sin razón”.

El 25 de marzo de 1963, Kennedy se reunió con el director de la CIA, John McCone, para hablar sobre el programa nuclear israelí, y poco después solicitó al asesor de Seguridad Nacional, McGeorge Bundy, que reforzara la capacidad estadounidense de recopilación de inteligencia dirigida tanto al programa nuclear israelí como a los «programas de armas avanzadas» de Egipto. Al día siguiente, Bundy emitió el Memorando de Acción de Seguridad Nacional (NSAM) 231, una directiva formal dirigida a los departamentos de Estado, Defensa y la CIA, para que estudiaran las «capacidades nucleares de Oriente Medio».

El punto álgido de la confrontación entre EE. UU. e Israel fue la carta-ultimátum de Kennedy del 15 de junio de 1963, que el embajador Barbour debía entregar Ben Gurión al día siguiente, lo cual no fue posible porque ese día el Primer Ministro sorprendió a su país y al mundo, al anunciar su dimisión “por razones personales”, las cuales nuca aclaró.

JFK no cejó en su empeño fiscalizador, y el Primer Ministro, Levi Eshkol, tuvo que aceptar de mala gana, en agosto, visitas regulares de científicos estadounidenses a Dimona. Sin embargo, no accedió a una visita anticipada y evitó comprometerse con las inspecciones estadounidenses bianuales que Kennedy solicitaba.

La primera inspección al complejo nuclear israelí de Dimona se realizó hasta enero de 1964, debido al asesinato del XXXV presidente de los Estados Unidos de América, John Fitzgerald Kennedy.

En junio de 1961, dos meses después del estrepitoso fracaso estadounidense en Bahía de Cochinos, el asistente especial Arthur Schlesinger Jr. le advirtió al presidente John F. Kennedy que la CIA se había vuelto demasiado poderosa, y propuso darle al Departamento de Estado el control de “todas las actividades clandestinas” y desmantelar la Agencia. Esto dio origen a la animadversión entre JFK y la CIA, y podría explicar el desinterés de dicha agencia por la seguridad presidencial, lo que facilitó el magnicidio en Dallas.

En el anterior contexto, no hay que olvidar que el jefe del contraespionaje estadounidense, James Angleton, había sido descrito por el jefe del Mossad, Meir Amit, como el mayor sionista de EE. UU., y se le consideró un brazo del Mossad en la CIA, por lo que ese flanco también estaba descubierto para JFK.

John F. Kennedy creía en la necesidad de limitar las armas atómicas y quería obligar a Israel a exponer su producción nuclear a equipos de investigadores internacionales. Sesenta y dos años después, con todas las evidencias presentadas, cabe preguntarse si tal oposición le costó la vida.

Víctor Ferrigno F.

Jurista, analista político y periodista de opinión desde 1978, en Guatemala, El Salvador y México. Experiencia académica en las universidades Rafael Landívar y San Carlos de Guatemala; Universidad de El Salvador; Universidad Nacional Autónoma de México; Pontificia Universidad Católica del Perú; y Universidad de Utrecht, Países Bajos. Ensayista, traductor y editor. Especialista en Etno-desarrollo, Derecho Indígena y Litigio Estratégico. Experiencia laboral como funcionario de la ONU, consultor de organismos internacionales y nacionales, asesor de Pueblos Indígenas y organizaciones sociales, carpintero y agro-ecólogo. Apasionado por la vida, sobreviviente del conflicto armado, luchador por una Guatemala plurinacional, con justicia, democracia y equidad.

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