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La doctrina de la “guerra justa” ha sido, durante siglos, uno de los intentos más ambiciosos por reconciliar la violencia estatal organizada con los principios de la ética. Nacida en el pensamiento clásico y desarrollada en la tradición cristiana, esta doctrina busca responder a una pregunta incómoda pero persistente: ¿puede alguna guerra ser moralmente legítima?

Hoy, esta pregunta tiene una enorme relevancia vital. Los Estados Unidos y el Estado de Israel han atacado militarmente a un país que no les representaba un peligro inminente. Las consecuencias económicas y el sufrimiento humano provocado son innegables. Así podemos encontrar que las raíces de la doctrina de la “guerra justa” se remontan a San Agustín, quien, frente al colapso del Imperio romano, sostuvo que la guerra nunca puede ser un bien en sí mismo, sino que siempre es un mal necesario que solo podría justificarse si se orienta a restaurar la paz y el orden. Más tarde, Santo Tomás de Aquino sistematizó estos principios en el siglo XIII, estableciendo tres requisitos esenciales para considerar una guerra como justa: primero, debe ser declarada por la autoridad legítima, segundo, debe mediar una causa justa y tercero, debe haber una intención recta.

La autoridad legítima implica que solo los gobernantes reconocidos pueden declarar la guerra; la causa justa se refiere, en general, a la defensa contra una agresión o la reparación de una injusticia grave; y la intención recta exige que el objetivo último sea la paz, no la venganza o la conquista. Esta tríada formó el núcleo de la doctrina tradicional.

Con el tiempo, especialmente tras las devastadoras guerras del siglo XX, la teoría de la guerra justa evolucionó y se refinó, incorporando dos dimensiones adicionales: el jus ad bellum (derecho a iniciar la guerra) y el jus in bello (conducta justa dentro de la guerra). Más recientemente, algunos teóricos como Michael Walzer o Brian Orend han añadido un tercer componente, el jus post bellum, que regula la justicia después del conflicto.

En su formulación moderna, el jus ad bellum incluye criterios más detallados: causa justa, autoridad legítima, intención correcta, último recurso, probabilidad razonable de éxito y proporcionalidad. El principio de “último recurso” exige que todas las vías pacíficas hayan sido agotadas antes de recurrir a la guerra, mientras que la “proporcionalidad” implica que los beneficios esperados deben superar los daños previsibles.

Por su parte, el jus in bello establece normas éticas para la conducción de las hostilidades. Dos principios destacan: la distinción y la proporcionalidad. La distinción obliga a diferenciar entre combatientes y no combatientes, protegiendo a la población civil; la proporcionalidad prohíbe el uso de una fuerza excesiva en relación con el objetivo militar perseguido. Estos principios están hoy incorporados en el derecho internacional humanitario y en convenciones internacionales como las de La Haya y las de Ginebra.

El desarrollo contemporáneo de la doctrina ha estado profundamente influido por experiencias históricas como la Segunda Guerra Mundial y los conflictos posteriores. El uso de armas nucleares, por ejemplo, ha planteado serios desafíos a la idea de proporcionalidad, dado su potencial destructivo indiscriminado. Asimismo, las guerras asimétricas y el terrorismo han complicado la distinción entre combatientes y civiles.

En este contexto, pensadores modernos como Michael Walzer han defendido la vigencia de la teoría de la guerra justa como un marco moral necesario, aunque imperfecto. Walzer sostiene que, incluso en la guerra, existen límites morales que no deben ser cruzados, y que el juicio ético sigue siendo posible y necesario.

Sin embargo, la doctrina no está exenta de críticas. Algunos argumentan que puede ser utilizada como un instrumento de legitimación para guerras que responden, en realidad, a intereses políticos o económicos. Otros, desde posiciones pacifistas, sostienen que toda guerra es inherentemente injusta y que la doctrina simplemente racionaliza la violencia.

A pesar de estas críticas, la teoría de la guerra justa sigue siendo una referencia central en debates contemporáneos sobre intervenciones militares, guerras preventivas y la responsabilidad de los combatientes de proteger a los inocentes. Es evidente que en un mundo marcado por conflictos complejos y tecnologías cada vez más destructivas, la necesidad de un marco ético que limite la violencia parece más urgente que nunca.

En última instancia, la doctrina de la guerra justa no pretende exaltar ni glorificar la guerra, sino domesticarla. Reconoce la trágica realidad de que, en ocasiones, el uso de la fuerza puede ser necesaria, pero insiste en que incluso entonces debe estar sometida a reglas morales estrictas. Su relevancia actual radica precisamente en esa tensión: la de intentar imponer valores éticos y de humanidad en medio de lo que es una profunda crueldad e inhumanidad.

 

Roberto Blum

robertoblum@ufm.edu

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