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Existe una tentación muy antigua de considerar la razón como algo casi sagrado, como una chispa divina, una facultad trascendental que nos conecta con la verdad eterna. Pero una mirada más sobria, y más moderna, sugiere algo distinto: la razón no descendió mágicamente del cielo, sino que emergió de la lucha por la supervivencia de individuos de algunas especies de primates cercanas a nosotros, culminando con nosotros los “homo sapiens”.

Desde la perspectiva abierta por Charles Darwin en el siglo XIX, es evidente que nuestras capacidades cognitivas no son dones metafísicos, sino adaptaciones útiles para sobrevivir. El cerebro humano no evolucionó para resolver problemas abstractos de ontología, sino para anticipar peligros, coordinar acciones, detectar patrones y sobrevivir en entornos cambiantes. Pensamos porque pensar ha aumentado nuestras probabilidades de seguir vivos y reproducirnos.

La razón, en su forma más básica, es una máquina para hacer simulaciones. Antes de actuar, imaginamos consecuencias. En vez de lanzarnos al río, calculamos la corriente. En vez de enfrentar físicamente a un rival, evaluamos posibles alianzas. Esta capacidad de modelar el mundo internamente redujo el costo del error y permitió una cooperación social cada vez más compleja.

Pero esa razón natural es imperfecta. Está atravesada por sesgos, emociones y atajos cognitivos. Nos engañamos a nosotros mismos con facilidad. Confundimos correlación con causalidad. Buscamos confirmar lo que ya creemos. Si la razón es un órgano biológico, es sin duda también un órgano falible.

Ahí aparece el segundo nivel de nuestro mecanismo de adaptación, la lógica.

Cuando la razón comienza a examinarse a sí misma, surge la pregunta decisiva: ¿cómo sabemos que estamos razonando correctamente? En la Grecia clásica, Aristóteles intentó responderla sistematizando las formas válidas del argumento verbalizado. La lógica no inventó la razón, sino que la analizó. Así pues, identificó estructuras de inferencia que preservan la coherencia.

Siglos más tarde, con el desarrollo de la lógica simbólica de Gottlob Frege, el esfuerzo se volvió más preciso, se pudieron eliminar ambigüedades del lenguaje y formalizar las reglas del pensamiento. La lógica se convirtió en una especie de auditoría interna de la mente. Si la razón es nuestra capacidad natural de inferir y simular, la lógica es el manual que nos permite detectar cuándo lo hacemos mal.

Sin embargo, la coherencia interna del pensamiento y la razón no garantizan que nuestras ideas correspondan con la realidad. Un argumento puede ser perfectamente lógico y completamente falso respecto al mundo. Y aquí es donde aparece el tercer nivel de corrección, la ciencia.

La ciencia moderna representa la institucionalización pública de la razón y la lógica. No basta con pensar de manera coherente, hay que contrastar nuestras ideas con la experiencia, con la observación y con la crítica de otros individuos. La ciencia actual introduce reglas colectivas para minimizar los errores individuales, haciendo uso de la experimentación controlada, la reproducibilidad y la revisión crítica por nuestros pares.

En el siglo XX, Karl Popper, un filósofo austro-británico, formuló una valiosa intuición con claridad, la ciencia no avanza confirmando creencias, sino intentando refutarlas. La actitud científica no consiste en buscar pruebas que nos den la razón, sino en someter nuestras hipótesis a pruebas que podrían demostrar que estamos equivocados. Esta es la forma más radical de disciplina intelectual.

Así se puede afirmar que la ciencia es la razón misma sometida a reglas sociales de autocorrección. Si la razón individual está expuesta a sesgos, la comunidad científica crea mecanismos para compensarlos. La objetividad no surge de mentes puras, sino de procedimientos públicos que obligan a confrontar la evidencia surgida de la observación regulada.

En este sentido, la ciencia no es simplemente un conjunto de descubrimientos de la realidad, la ciencia es fundamentalmente una disciplina ética del conocimiento. Exige preferir evidencia sobre autoridad, aceptar la posibilidad del error, diferenciar las hipótesis de las creencias y someter todas las afirmaciones a prueba constante. Es la forma históricamente más sofisticada de racionalidad autoconsciente que hemos desarrollado como sociedad. 

La secuencia evolutiva es clara, primero evolucionó la razón como herramienta adaptativa para sobrevivir, después formalizamos sus reglas en la lógica y finalmente, externalizamos y socializamos esos controles en la práctica científica.

Esto tiene consecuencias altamente provocadoras. Si la razón fue moldeada por la selección natural darwiniana, entonces su función original no era descubrir verdades eternas, sino producir conductas útiles para la supervivencia. La lógica y la ciencia son intentos culturales de ir más allá de ese origen biológico, de disciplinar nuestros instintos cognitivos para aproximarnos a las verdades de nuestro entorno.

La ciencia, entonces, no es un nuevo dogma ni una nueva religión. Es un método imperfecto, pero extraordinariamente eficaz para corregir las limitaciones de nuestras mentes evolucionadas. La ciencia es la razón puesta a prueba. Es la lógica hecha pública. Es la supervivencia convertida en búsqueda sistemática de conocimiento verdadero.

Y quizá ahí reside su grandeza, no en prometer certezas absolutas, sino en institucionalizar la duda y la crítica como virtud.

Roberto Blum

robertoblum@ufm.edu

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