0:00
0:00

Bajo la sobria fachada barroca de la Iglesia de los Capuchinos (Kapuzinerkirche) en Viena, que ha sido desde 1633 el lugar de enterramiento principal de la dinastía de los Habsburgo, se conserva una ceremonia funeraria profundamente simbólica que acompaña la llegada de cada miembro de la familia imperial al lugar donde descansarán sus restos. Cuando muere un emperador, emperatriz o archiduque, el cortejo fúnebre primero realiza un funeral en otra iglesia, como San Esteban, y luego se traslada el féretro hasta la puerta de la iglesia de los Capuchinos.

 Frente a esa puerta, los capellanes de la orden capuchina inician un rito de negación y humildad: el maestro de ceremonias golpea tres veces la puerta con una vara y, desde dentro, uno de los frailes pregunta quién llama. La primera vez se anuncian todos los títulos nobiliarios del difunto, pero la respuesta es siempre que no se le conoce; la segunda vez se reducen los títulos y la respuesta es la misma; sólo cuando finalmente se declara que se trata de “un pecador” se abren las puertas de la iglesia para permitir el ingreso del féretro. Esta teatralización recuerda que, ante Dios, todos son iguales, ricos o poderosos o sabios o no. Tras este gesto se celebra una misa en la iglesia antes de descender al laberíntico mausoleo subterráneo, la Cripta Imperial, donde yace el cuerpo del difunto entre los sarcófagos de otros miembros de la familia. Allí, alguien del cortejo reconoce el cadáver y se deposita solemnemente en su lugar definitivo entre los más de cien sepulcros imperiales. Esta tradición milenaria, además de marcar el fin del duelo público, encarna una mezcla de humildad cristiana y memoria dinástica que ha perdurado a través de los siglos en la capital austriaca.

Y es que hace una semana murió Armando de la Torre a los noventa y nueve años, él fue un amigo mío, y con él no se fue simplemente una persona, sino una forma de habitar el tiempo. Hay muertes que interrumpen, que arrebatan, que dejan la sensación de una frase cortada a la mitad. La suya no fue así. Su muerte llegó como llegan las noches largas después de un día completo: sin violencia, sin injusticia, con la calma de quien ha cumplido su jornada.

Noventa y nueve años no son solo una cifra extraordinaria; son una educación lenta en la vida. Son guerras recordadas y olvidadas, nombres que cambian de significado, ciudades que crecen, ideales que se desgastan y otros que, contra todo pronóstico, resisten y crecen. Él fue testigo de ese largo desfile del mundo y, lejos de endurecerse, aprendió a mirar con indulgencia. Comprendió que casi todo pasa y que lo verdaderamente importante rara vez hace ruido.

Mi amigo vivió lo suficiente para saber que la prisa es una forma de ceguera. Nunca se dejó arrastrar por ella. Su modo de estar era reposado y atento. Escuchaba con respeto, incluso cuando no estaba de acuerdo, y hablaba solo cuando tenía algo que valiera la pena de ser dicho. En tiempos de opiniones estridentes, su silencio era de verdad una forma de sabiduría.

Fue amigo en el sentido más antiguo de la palabra. Armando fue un hombre bueno. Exigía, no competía, no reclamaba. Estaba. Su lealtad no se demostraba con grandes gestos, sino con una constancia discreta: una llamada oportuna, un consejo sin imposición, una presencia firme en los momentos difíciles. Sabía que la amistad verdadera no necesita dramatismo, sino duración.

A lo largo de su vida aprendió también a perder. Perdió su país, perdió personas, perdió fuerzas, perdió certezas, a pesar de eso no perdió la gratitud. Nunca habló del pasado con amargura ni del presente con desprecio. Aceptó el paso de los años con una dignidad que hoy parece casi olvidada: sin negarlos, sin dramatizarlos, sin convertirlos en una queja permanente. Envejecer, para él, fue una tarea que se tomó en serio.

Quienes lo tratamos sabíamos que en su mirada había algo distinto: una calma que no era indiferencia, una serenidad ganada a fuerza de haber vivido mucho y haber comprendido algo esencial. Entendió que la vida no se mide por la intensidad de los aplausos, sino por la coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. No buscó ser ejemplar, y quizá por eso lo fue.

Hoy su ausencia se siente de una manera particular. No es un vacío abrupto, sino un silencio más amplio, como el que queda cuando alguien que siempre estuvo deja de estar. Lo echamos de menos no solo por lo que fue, sino por lo que representaba: una referencia, un punto de equilibrio, una memoria viva de que se puede vivir de otro modo, con menos estridencia y más sentido.

No lloramos únicamente su partida. Agradecemos y celebramos su permanencia. Porque alguien que ha vivido casi un siglo no desaparece del todo: se queda en las palabras que repitió, en los gestos que enseñó sin proponérselo, en la manera distinta en que ahora miramos el tiempo y la vejez. Nos deja una herencia invisible pero profunda: la certeza de que una vida larga puede ser también una vida buena.

Descansa en paz, amigo. Tu historia no terminó; simplemente se cerró con la dignidad de quien supo llegar hasta el final. A nosotros nos toca seguir, un poco más atentos, un poco más pacientes, un poco más humanos, gracias a ti.

Roberto Blum

robertoblum@ufm.edu

post author
Artículo anteriorLíderes sin conciencia: El peligro de los psicópatas en el poder
Artículo siguienteEn conmemoración de las víctimas del Holocausto