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A finales del siglo XX y comienzos del XXI emergió con fuerza una corriente intelectual conocida como el nuevo ateísmo, asociada principalmente a cuatro grandes figuras: Daniel Dennett, Richard Dawkins, Christopher Hitchens y Sam Harris. Aunque con estilos, énfasis y trayectorias distintas, los cuatro comparten una crítica frontal a la religión, no solo como sistema de creencias personales, sino como fenómeno social, político y epistemológico. Su propuesta central es que la fe religiosa no solo es falsa, sino innecesaria y, en muchos casos, perjudicial para el progreso humano. Frente a esta postura, otros pensadores como Stephen Jay Gould —creyentes y no creyentes— han sostenido la hipótesis de qué fe y razón no son necesariamente contradictorias, sino ámbitos distintos del conocimiento humano.

El nuevo ateísmo se distingue del ateísmo clásico por su carácter militante y su pretensión de apoyarse explícitamente en la ciencia. Richard Dawkins, biólogo evolutivo, es quizá su figura más influyente. En The God Delusion (El espejismo de Dios), sostiene que la hipótesis de Dios es científicamente improbable y que la selección natural ofrece una explicación suficiente para la complejidad del mundo sin recurrir a un diseñador sobrenatural. Para Dawkins, la fe es una creencia sostenida sin evidencia y, por tanto, una forma de irracionalidad que debería ser superada.

Daniel Dennett, filósofo de la mente, adopta un enfoque más analítico. En Breaking the Spell (Romper el hechizo), propone estudiar la religión como un fenómeno natural, producto de la evolución cultural y biológica. No se pregunta si Dios existe, sino por qué los seres humanos creen en dioses. Desde su perspectiva, las creencias religiosas pueden explicarse como memes exitosos, adaptaciones cognitivas o subproductos de la mente humana. La religión para Dennett, pierde su aura de misterio cuando se somete al mismo escrutinio racional que cualquier otro fenómeno humano.

Christopher Hitchens, periodista y ensayista, aporta al nuevo ateísmo una dimensión política y moral. En God Is Not Great (Dios no es bueno), acusa a las religiones organizadas de haber sido históricamente fuentes de violencia, intolerancia y opresión. Su crítica no es tanto científica como ética: aun si Dios existiera, sostiene Hitchens, no sería digno de adoración dadas las atrocidades cometidas en su nombre.

Sam Harris, por su parte, combina neurociencia, filosofía moral y crítica cultural. En The End of Faith (El fin de la fe), argumenta que las creencias religiosas infundadas son especialmente peligrosas en un mundo con armas de destrucción masiva. Harris cuestiona la idea de que la fe sea una virtud y sostiene que la moralidad puede y debe basarse en la razón, la evidencia y el bienestar humano, no en mandatos divinos.

Sin embargo, la tesis central del nuevo ateísmo —que la fe y la razón son intrínsecamente incompatibles— ha sido ampliamente cuestionada. Desde una perspectiva histórica, muchos de los fundadores de la ciencia moderna, como Newton, Kepler o Galileo, no veían contradicción entre su fe religiosa y su investigación racional del mundo. Para ellos, la ciencia estudiaba el cómo de la naturaleza, mientras que la fe abordaba el porqué último.

Desde la filosofía contemporánea, se ha argumentado que la fe no necesariamente implica creer sin razones, sino confiar en un marco de sentido que no es reducible al método científico. La razón científica se ocupa de fenómenos empíricos, medibles y falseables; la fe, en cambio, se mueve en el ámbito del significado, el valor y la finalidad. Confundir ambos planos puede llevar tanto al cientificismo —la idea de que solo la ciencia produce conocimiento válido— como al peligroso fundamentalismo religioso.

Incluso algunos científicos y filósofos no creyentes han reconocido esta distinción. Jürgen Habermas, por ejemplo, ha sostenido que las tradiciones religiosas contienen reservas morales y simbólicas que no pueden ser sustituidas completamente por el lenguaje técnico de la ciencia. Del mismo modo, pensadores creyentes como John Polkinghorne, físico y teólogo, han defendido que la fe no compite con la ciencia, sino que ofrece una interpretación más amplia de la realidad que la ciencia describe parcialmente.

En conclusión, el nuevo ateísmo científico ha tenido el mérito de reabrir el debate público sobre la religión, la fe y la razón, y de cuestionar creencias aceptadas acríticamente. No obstante, su tendencia a identificar la fe con irracionalidad y la razón con ciencia estricta resulta filosóficamente discutible. La hipótesis de qué fe y razón no se contradicen no exige aceptar dogmas religiosos, sino reconocer que el conocimiento humano es plural y provisional y que la ciencia, por poderosa que sea, no agota todas las preguntas fundamentales sobre el sentido de la existencia. En ese espacio —incómodo, pero inevitable— sigue desarrollándose uno de los debates intelectuales más antiguos y fecundos de la humanidad.

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