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La acelerada expansión de la inteligencia artificial (IA) nos ha reabierto una pregunta antigua, pero que hoy es ineludible: ¿qué es el trabajo humano y dónde radica su dignidad? Algoritmos que redactan textos, máquinas que diagnostican enfermedades, sistemas que conducen vehículos o gestionan mercados financieros parecen anunciar un futuro en el que una parte sustancial del empleo de las personas desaparecerá. Frente a este panorama, una afirmación provoca incomodidad y reflexión: si la inteligencia artificial (IA) puede sustituir completamente a un trabajador, ese trabajo no es propiamente humano. No se trata de despreciar o minusvalorar esas tareas, sino de replantear qué entendemos por trabajo humano, socialmente valioso y en que consiste verdaderamente nuestra propia humanidad.

Desde Aristóteles hasta Hannah Arendt, el trabajo ha sido entendido no solo como medio de subsistencia, sino como una forma de inserción en el mundo común que compartimos con otros seres humanos. Trabajar no es únicamente producir resultados; es también ejercer juicio, asumir responsabilidad, relacionarse con otros y dotar de sentido a la acción. La dignidad del trabajo no reside en la repetición mecánica ni en la eficiencia máxima, sino en la participación consciente de una persona concreta que decide, interpreta y responde como ser social a situaciones cambiantes.

Actualmente, la inteligencia artificial (IA), por poderosa que sea, opera bajo un principio distinto. Aprende patrones, optimiza procesos y ejecuta tareas dentro de marcos previamente definidos. Puede imitar habilidades cognitivas, pero realmente no posee experiencia vivida, conciencia moral ni comprensión del significado último de sus actos. Cuando una tarea puede ser completamente formalizada, descompuesta en reglas y transferida sin pérdida a una máquina, es decir programable, quizá estamos ante una función socialmente necesaria, pero no ante una actividad que exprese lo más propio del ser humano.

Esto no significa que los trabajos automatizables sean indignos o irrelevantes. Durante siglos, gran parte de la humanidad ha estado atrapada en labores repetitivas, alienantes y físicamente extenuantes. Si la inteligencia artificial y la automatización permiten liberar a las personas de esos trabajos, el progreso tecnológico podría convertirse en una auténtica conquista moral. El problema surge cuando confundimos empleo con dignidad, y salario con valor humano. El riesgo no es que las máquinas trabajen, sino que los humanos sean tratados como máquinas prescindibles.

La afirmación “si la IA puede sustituir a un trabajador, ese trabajo no es verdaderamente humano” debe entenderse como una provocación ética, no como un veredicto económico. Obliga a preguntarnos por qué organizamos nuestras sociedades de modo que millones de personas dependen de tareas fácilmente reemplazables para sobrevivir. Si el trabajo humano se reduce a aquello que una máquina puede replicar, entonces no es la IA la que deshumaniza el trabajo, sino el modelo social que ya lo había vaciado de sentido.

En la era de la inteligencia artificial, la dignidad del trabajo debería desplazarse hacia ámbitos donde la máquina no puede sustituir a la persona: el cuidado de los más vulnerables, la educación como construcción moral de la persona, la creación artística, la deliberación política, la mediación social, la innovación auténtica y la toma de decisiones morales. Estas actividades no solo requieren habilidades técnicas, sino empatía, imaginación, responsabilidad y capacidad de asumir consecuencias. Son trabajos que no se agotan en el resultado, porque su valor reside en el proceso humano que los sostiene.

Este cambio exige una transformación profunda de nuestras instituciones. Sistemas educativos que formen criterio y no solo competencias técnicas; economías que reconozcan social y materialmente trabajos hoy invisibilizados, como el cuidado de los infantes, los ancianos y los enfermos; y políticas públicas que desvinculen la dignidad personal del empleo tradicional, explorando mecanismos como la renta básica universal (RBU) o nuevas formas de participación social. Si la inteligencia artificial aumenta radicalmente la productividad, la pregunta no es cuántos empleos se perderán, sino cómo se redistribuirá el tiempo ganado, la mayor riqueza generada y el reconocimiento producido.

La historia muestra que cada revolución tecnológica ha obligado a redefinir el trabajo. La diferencia hoy es que la inteligencia artificial no solo sustituye la fuerza física, sino también muchas de las funciones cognitivas humanas. Precisamente por ello, se vuelve urgente reafirmar que la dignidad de la persona no depende de ser más eficiente que una máquina. El valor del trabajo humano no está en competir con algoritmos, sino en hacer aquello que ningún algoritmo puede ser: un individuo responsable, consciente y abierto al sentido.

En última instancia, la inteligencia artificial actúa como un espejo incómodo. Nos revela qué trabajos hemos reducido a mera ejecución y qué tipo de sociedades hemos construido. Si sabemos aprovechar este momento, la IA puede ayudarnos a recuperar una verdad olvidada: el trabajo es digno no porque produzca, sino porque es humano. Y lo verdaderamente humano, por definición, no puede ser sustituido.

Roberto Blum

robertoblum@ufm.edu

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