El veinte de noviembre de 1910 es una fecha significativa en la narrativa histórica mexicana. Toda nación necesita un relato que le otorgue sentido a su pasado, legitimidad a su presente y una clara dirección hacia el futuro. En México, la construcción de la narrativa histórica nacional adquirió un papel central a partir de los gobiernos de Porfirio Díaz (1880-1910) y se transformó radicalmente con los gobiernos surgidos de la Revolución de 1910. Esto no fue solo un ejercicio académico o cultural: fue un proyecto político de primer orden, destinado a unificar a una sociedad fragmentada, legitimar al Estado mexicano y moldear la identidad nacional mexicana.
Durante el porfiriato, México emergía de décadas de guerras civiles y crisis económicas. El presidente Díaz comprendió que la estabilidad requería no solo orden y progreso económico, sino también un relato histórico que presentara al país como una nación moderna y civilizada. Por ello, rescató símbolos patrios, sobre todo la figura del prócer liberal Benito Juárez, impulsó celebraciones cívicas y promovió una visión nacionalista anclada en el positivismo comtiano y en el culto a la modernidad. La celebración del Centenario de la Independencia en 1910 sintetizó esta narrativa: México fue presentado como una nación ordenada, industrial y abierta al mundo, aunque en el fondo la desigualdad social y el autoritarismo político corroían el proyecto.
El porfiriato exaltó el pasado indígena como un elemento pintoresco y arqueológico, útil para atraer turismo y prestigio internacional, pero no como base de la identidad nacional; la verdadera aspiración era “blanquear” culturalmente al país y mostrarlo como parte del mundo occidental. La historia oficial enseñada en las escuelas enfatizaba la construcción del Estado liberal y la superación del “México bárbaro”. Esta narrativa, sin embargo, fue cuestionada y finalmente dinamitada por la Revolución de 1910.
Los gobiernos posrevolucionarios comprendieron que su legitimidad dependía no solo de la victoria militar, sino de la capacidad de narrar la Revolución como acto fundacional de una nueva nación. Si en el porfiriato el relato giraba en torno a la modernidad impuesta desde arriba, la narrativa revolucionaria buscó construir una identidad basada en el pueblo, la justicia social y el rescate del pasado indígena como raíz viva de la nación. La historia dejó de ser patrimonio de las élites y se convirtió en herramienta de movilización política y educativa.
A partir de los años 20, la Secretaría de Educación Pública, encabezada por José Vasconcelos, desempeñó un papel fundamental. Se reorganizó la enseñanza de la historia nacional, se publicaron textos escolares y se impulsaron misiones culturales para llevar la educación a zonas rurales. Pero, sobre todo, se redefinió el relato histórico: la Independencia, la Reforma y la Revolución pasaron a formar una “trilogía sagrada” que explicaba el camino de México hacia la justicia social. Fray Servando, el “cura” Miguel Hidalgo, Juárez, Madero, Villa y Zapata se incorporaron a un panteón nacional construido deliberadamente para consolidar la identidad del México revolucionario.
El muralismo, ejemplificado con figuras universales como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros visualizó esa narrativa en las paredes de los edificios públicos. En sus pinturas, el pueblo indígena y campesino se convertía en el protagonista de la historia. El arte no era solo una cuestión estética: era historia visual, pedagogía política e identidad nacional. El Estado posrevolucionario comprendió que la cultura era otra forma de poder.
Presidentes como Álvaro Obregón o Lázaro Cárdenas profundizaron este proyecto. La nacionalización del petróleo en 1938 no fue solo un acto económico: fue presentado como un momento culminante de la lucha histórica por la soberanía nacional. Los libros de texto únicos en los años sesenta consolidaron una narrativa épica, sin duda a veces idealizada, de la Revolución, que ha perdurado en la memoria colectiva por décadas.
Así, mientras el porfiriato buscó construir una identidad basada en el progreso y la modernización, los gobiernos surgidos de la Revolución establecieron una narrativa centrada en el pueblo y la justicia social. Sin embargo, ambos proyectos compartieron un mismo propósito: construir una historia oficial que legitimara al Estado y diera cohesión a la nación. La historia se convirtió en un instrumento de poder, pero también en un mecanismo de integración nacional.
Hoy, en un México plural y sin duda democrático, esa narrativa está siendo revisada. Se cuestionan los mitos, se rescatan voces marginales y se reconoce la diversidad étnica y regional del país. La historia nacional ya no puede ser una sola voz; debe ser un coro. La tarea de la presente época es repensar la narrativa sin perder su función esencial: ofrecer un sentido de identidad nacional y pertenencia. La historia no es solo el recuento del pasado sino que es verdaderamente un proyecto de futuro.
Conocer cómo se construyó la narrativa histórica mexicana, desde el porfiriato hasta la posrevolución y la 4T actual, permite comprender no solo que es la vecina nación, sino también un ejemplo de la importancia de la construcción de una narrativa histórica para quienes quieren ser una verdadera nación en el concierto mundial.







