Hay conversaciones que empiezan hablando de una cosa y terminan revelando algo mucho más profundo. Lo que debía ser un análisis sobre transporte y combustible terminó llevándonos a una reflexión inevitable: la Universidad de San Carlos como uno de los ejemplos más claros de cómo nuestras instituciones pueden desviarse de su propósito original.
El problema: Hay temas que son consecuencia de dinámicas globales —como el precio del combustible o el narcotráfico— cuyos efectos terminamos asumiendo localmente. Sin embargo, también existen problemas que son esencialmente nuestros: las maras, el transporte y otros que ocupan titulares de forma recurrente. Pero hay uno que resulta particularmente difícil de comprender y aceptar: la situación de la Universidad de San Carlos, un problema que, a diferencia de otros, es completamente nuestro.
En el ROBERTO ALEJOS PODCAST he procurado conversar con personas que conocen a profundidad los temas que marcan la agenda nacional. Esta vez, la intención era abordar el transporte y el combustible; sin embargo, la conversación derivó inevitablemente hacia la Universidad de San Carlos y la vergüenza que provoca lo que ahí está ocurriendo.
En el episodio de esta semana, la conversación con Carlos René Pineda —quien inicialmente dudaba ser entrevistado por su perfil político— terminó siendo reveladora. Más allá de su posible candidatura, su experiencia en el sector transporte permitió poner en perspectiva el deterioro acumulado del país: carreteras que no han cambiado en décadas frente a un crecimiento exponencial del parque vehicular —millones de motocicletas y transporte pesado— y de las necesidades logísticas.
Ese deterioro no es casual ni reciente; responde a decisiones estructurales que, con el tiempo, han configurado el país que hoy tenemos.
¿Qué pasó? Guatemala es, en muchos sentidos, un caso atípico: uno de los pocos países sin ferrocarril, con largos periodos sin servicio de correo estatal y el único en el mundo con carreteras privadas. Estas particularidades nos obligan a reflexionar sobre las decisiones estructurales que hemos tomado como país.
NO SE VALE no volver a la Constitución y a la visión de la Asamblea Nacional Constituyente, que estableció una universidad estatal autónoma, con asignación presupuestaria garantizada y capacidad de iniciativa de ley. Ese diseño respondía a un ideal: una academia independiente, fuerte y al servicio del desarrollo nacional.
Pero el punto más contundente fue otro: el señalamiento de cómo el país ha sido progresivamente cooptado por intereses que trascienden gobiernos específicos, y cómo la política —lejos de cumplir el mandato constitucional— ha fallado en sostener las instituciones.
No podemos dejar de hablar del que probablemente sea el ejemplo más evidente de esta cooptación: la Universidad de San Carlos. La judicialización de la política y la politización de la justicia han sido graves, pero aún más preocupante es la politización de la academia. La universidad ha pasado de ser un pilar del pensamiento crítico a convertirse en un espacio de disputa política y, en muchos casos, en un botín de poder.
¡Ya es hora! de coincidir en algo fundamental: la necesidad de que más ciudadanos participen en la vida política. No como una opción, sino como una responsabilidad. Porque, nos guste o no, es desde la política donde se dirige la administración pública y se toman las decisiones que impactan la vida de todos.
Sin embargo, la realidad es que la población está cansada, desilusionada y, en muchos casos, ha optado por desconectarse. No quiere hablar de política y cada vez menos quiere participar, incluso en lo más básico: ir a votar.
Lo más relevante es que esta conversación no se centró en criticar a un gobierno en particular, sino en evidenciar un problema más profundo: un sistema que no está funcionando.
Que nos duela ver que la población está desencantada, desilusionada, que ha perdido las ganas de participar, incluso de ir a votar. Que ese dolor nos mueva a actuar, a involucrarnos y a asumir nuestra responsabilidad en la construcción del país que queremos. Caminemos, participemos… o no avanzamos.







