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Lo estamos sintiendo todos. Cada vez que llenamos el tanque, cada vez que compramos comida, cada vez que pagamos transporte. El aumento en el precio del combustible ya dejó de ser una noticia para convertirse en una realidad cotidiana que impacta directamente en nuestra economía.

El problema: Todos sabemos que el precio del combustible está sumamente elevado, probablemente rompiendo récords en nuestra historia reciente, como consecuencia del alza en el mercado internacional del petróleo. Sabemos perfectamente a qué se debe, aunque en ocasiones se intente generar confusión.

Lo cierto es que este incremento —especialmente en la gasolina y el diésel— tiene efectos profundos, porque impacta directamente en el costo de todos los productos. Todo depende del combustible. Incluso en la producción de energía eléctrica, a pesar de los avances en energías renovables, sigue siendo un insumo relevante. 

A esto se suma que, en contextos como este, algunos actores económicos ajustan precios no solo para cubrir costos, sino también para mantener sus márgenes de ganancia.

¿Qué pasó? A los conflictos históricos en Medio Oriente se suma la guerra en Ucrania, y más recientemente, las tensiones entre Estados Unidos e Irán. Este escenario ha generado una presión global sobre el mercado energético que puede calificarse, sin exagerar, como una crisis internacional.

Las acciones de Irán, como el cierre de rutas clave para el tránsito de petróleo, han contribuido a elevar los precios. Aunque no todo el mercado depende de ese punto geográfico, decisiones de esta magnitud impactan el comportamiento global de los precios. Así funciona el mercado, especialmente cuando se trata de un recurso estratégico como el petróleo.

En este contexto, suele atribuirse la responsabilidad al gobierno. Sin embargo, en este caso, el Gobierno de Guatemala no tiene control sobre estas dinámicas internacionales. Lo que sí le corresponde es implementar medidas para mitigar el impacto en la población.

Tampoco es realista trasladar la responsabilidad a empresarios o comerciantes. Difícilmente alguien reducirá voluntariamente sus ingresos. El problema es estructural.

Por eso, más que buscar culpables, es momento de enfocarnos en qué podemos hacer. Porque, al menos en el corto plazo, el precio del combustible se mantendrá elevado.

No podemos evadir una verdad incómoda: aunque la Constitución permite la explotación responsable de los recursos naturales, Guatemala no ha logrado desarrollar una política efectiva en materia de hidrocarburos. El caso de Perenco es un ejemplo de decisiones inconsistentes, donde no se logró ni consolidar una estrategia de explotación ni aprender lo suficiente para avanzar con capacidades propias.

Hoy, pensar en producir nuestro propio combustible no es una opción viable en el corto ni mediano plazo. A compañeros en el ROBERTO ALEJOS PODCAST de esta semana Jorge Ayala ingeniero en petróleos, diputado presidente de la comisión de Economía y recientemente uno de los vicepresidentes del Congreso entrevistado esta semana en nos lo explica a cabalidad

Se habla también de especulación. Sin embargo, el aumento del precio del combustible es una realidad global. Vale la pena entender por qué en países como El Salvador el impacto ha sido menor: no por medidas extraordinarias, sino por diferencias en la carga impositiva.

¡Ya es hora! Ya es hora de dejar de responder a estas crisis con soluciones temporales. Lo que se necesita es una estrategia sostenible, de largo plazo.

El debate reciente en el Congreso sobre subsidios o reducción de impuestos refleja precisamente esa falta de visión estructural. Son medidas que pueden aliviar el problema inmediato, pero no previenen que vuelva a ocurrir.

Pero podríamos escribir hojas y hojas sobre lo que está pasando. Sin embargo, lo verdaderamente importante es qué podemos hacer en lo personal para reducir el impacto, aunque incluso ahí las posibilidades son limitadas. El gobierno no puede actuar sin el Congreso, el Congreso no logró ponerse de acuerdo, los empresarios no van a sacrificar sus ingresos y detener la guerra no depende de nosotros. Aun si el conflicto terminara o se aprobaran medidas internas, el precio del combustible seguiría determinado por el mercado internacional y por las decisiones de las grandes potencias.

Que nos duela ver cómo solemos echarle la culpa al gobierno, cuando en realidad hemos sido todos, quienes en su momento hemos pasado por ahí, los que no hemos dado una solución definitiva al problema, sino únicamente respuestas temporales; y me incluyo. Que ese dolor sea el motor para actuar, para involucrarnos y para trabajar por cambiar el destino de Guatemala. Caminemos, participemos… o no avanzamos.

José Roberto Alejos Cámbara

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