La Ciudad de Guatemala crece de forma desproporcionada y desordenada. Ese crecimiento, inevitablemente, se ha desplazado hacia los lugares más agradables del país, entre ellos Antigua Guatemala y sus alrededores. Lo que antes eran zonas de transición hoy están completamente tomadas por colonias residenciales al estilo de la capital: cerradas, densas y sin una verdadera planificación. Muchas de estas se ubican en las afueras de La Antigua, pero para llegar a ellas hay que atravesar el casco urbano, saturando aún más una ciudad que ya no da abasto.
El problema: La Antigua sigue siendo profundamente atractiva y querida por todos los guatemaltecos. La sentimos nuestra. Queremos estar presentes en sus celebraciones, en sus calles, en sus tradiciones. Pero actividades tan hermosas como la Semana Santa, el Festival de las Flores y otros eventos masivos están rebasando la capacidad de la ciudad. No solo para atender a tanta gente, sino —más grave aún— para protegerse del deterioro.
A esto se suma una gestión municipal que ha quedado a deber. Se esperaba mucho de este alcalde joven y del Concejo Municipal que integró: mayor participación ciudadana, mejor comunicación, una relación más cercana con los vecinos. Sin embargo, hoy pareciera existir una fractura profunda entre autoridades y habitantes.
No se vale ver que no es sostenible que cerca del 80% de la ocupación del Centro Histórico sea comercio y apenas quede —si somos generosos— un 20% de residentes originales. Eran ellos quienes daban a La Antigua ese aire de paz y tranquilidad que tanto valorábamos. Conozco muchas personas que se mudaron buscando retiro, historia, armonía y ese sabor tan particular de Guatemala… solo para descubrir que esa Antigua ya casi no existe.
Esta semana, en ROBERTO ALEJOS PODCAST, conversé con Suzanne Brichaux, empresaria del sector gastronómico, un ejemplo del talento que también merece ser celebrado en nuestro país. La diversidad culinaria de La Antigua es parte de su encanto, otro motivo para visitarla. Pero la pregunta de fondo fue directa: ¿es cierto que la estamos destruyendo?
No solo con construcciones que deterioran el ambiente y presionan los servicios básicos. También con un tránsito cada vez más caótico y una invasión turística para la cual la ciudad no está preparada. Todo esto provoca daños que, en muchos casos, resultan irreparables.
Existe un plan de desarrollo urbano que costó millones, pero simplemente no se aplica. Los vecinos perciben al alcalde y al Concejo como enemigos que solo llegan a imponer reglas. Lo mismo ocurre con el Consejo de Conservación, visto como una entidad que multa y restringe, sin generar consensos ni soluciones reales.
Ya es hora de prestar atención. Poca gente sabe que en La Antigua ya han cerrado tres museos y que se están perdiendo piezas valiosísimas de nuestra historia, mientras casas patrimoniales, antiguas residencias y espacios culturales se transforman en pequeños locales comerciales —muchos dentro de la economía informal—. Se entiende la lógica del negocio, pero el costo cultural es enorme. Y como si eso no fuera suficiente, quedan fuera del radar problemas aún más graves —temas que ni siquiera nos dio tiempo de abordar—: drogas, prostitución de menores y jóvenes del lugar atrapados en dinámicas casi incontrolables.
Mi propuesta puede sonar dura, pero es necesaria: no solo las autoridades locales deben actuar. El Ministerio de Cultura debería incluso solicitar a la UNESCO que considere incluir a La Antigua en la lista de ciudades en riesgo de perder su categoría de Patrimonio Cultural de la Humanidad. A veces, una alerta internacional es lo único que obliga a reaccionar.
Y, como siempre, hay un llamado al Congreso de la República de Guatemala: aprueben de una vez la nueva ley del Consejo de Conservación de La Antigua Guatemala. Ese proyecto lleva más de 15 años en discusión. Hoy el Consejo sigue mal integrado, es débil y carece de herramientas reales para frenar la destrucción.
Que nos duela ver cómo estamos perdiendo La Antigua. Estamos matando la gallina de los huevos de oro, y lo peor es que casi no lo notamos. Pero que ese dolor no se quede en la queja. Que se convierta en motor para actuar, involucrarnos, exigir y trabajar por cambiar el rumbo de Guatemala. Caminemos, participemos… o simplemente no avanzamos.







