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Don Narciso Navarijo vivía en la aldea Las Escobas, donde era dueño de un pequeño terreno que le permitió construir su casa de adobe y el resto para sus siembras de milpa, frijol de enredadera y unas cuantas matas de ayote. Parte de sus pocos bienes era una mula prieta que él llamaba “La Juana”; era de regular alzada y paso a paso lo llevaba al pueblo cada quince días, y después lo regresaba, luego de terminar de comprar las mercancías del consumo de la quincena: gas para el candil y para frotarse en las pantorrillas, pues también dice que es bueno para aliviar la reuma. Compraba también jabón para lavar ropa y de unto para lavarse la cabeza; candelas de tornillo para alumbrarse de noche; unas cajas de fósforos para encender el fuego; una botella de manteca de coche para freír la comida; tres docenas de franceses, que con los días se entiesaban, pero que doña Facunda, la mujer de don Narciso, los remojaba para volverlos a la vida y después asolearlos para devolverles su forma cuache, como se asolea el frijol para matar los gorgojos. Además no podía faltar su medio ciento de puros de Zacapa, para ahuyentar los zancudos cuando antes de irse al catre se recostaba en la hamaca a ver pasar la oscuridad del campo, cundida de luces de luciérnagas que se encendían y se apagaban. Todas esas mercancías las acomodaba en las arganillas de pita, las arrebiataba con las cinchas de la montura y de último pasaba a la cantina “Tú y las Nubes”, a remojarse la garganta con unos octavos de Olla Virgen, terminando en condición de atarantado, sin poder distinguir si el camino a su aldea era agarrando para el norte o agarrando para el sur; pero, gracias a ser devoto de San Antonio del Monte, la mula sí sabía que el camino de regreso era rumbo al oriente, por el camino real que va a la  frontera  con El Salvador. Así que, el regreso estaba previsto en el cerebro de “La Juana”. Y de verdad que la mula era inteligente: conocía el camino y dónde torcer por un callejón de herradura, abrir las talanqueras. Lo que si no sabía era cómo cerrarlas, por la fuerza que debe hacérsele a la traba de alambre y engancharla en el otro poste; así que se quedaban sin cerrar. Al llegar al corredor de la casa, la mula pegaba un brinco por las ancas, para que Narciso cayera entre unos quintales de maíz desgranado y se quedara dormido de borracho que regresaba. Entonces la mujer lo tapaba con unos brines, porque sabía que despertaría hasta el amanecer del otro día, mientras la “Juana” se iba a los potreros vecinos a buscar zacate qué comer. Ese fue su ritmo durante muchos años, hasta que ya cumplidos ochenta, sintió un dolorcito en el pecho y en lugar de ir al bar “Tú y la Nubes” a quitarse la sequía del galillo, pasó por la farmacia de don Gumersindo Porras, a consultarle sobre un dolorcito que sentía en la tetilla izquierda. Don Gumercindo creía saber de medicina empírica de tanto leer las informaciones que vienen en las cajas de medicamentos. Así que sacó un termómetro para ver lo de la temperatura y se trabó en las orejas un estetoscopio que ya no servía. Al terminar de auscultarlo le dijo que el dolorcito era un aire encontrado que se le metió en el pecho por el trote de la mula. Así que, para aliviarlo, le vendió una pomada de belladona con salicilato y le advirtió que cuando se la frotara en el pecho, iba a sentir frío el pellejo como señal que el aire estaba saliendo. Don Narciso pensó que ese don Gumersindo sí era buen curandero. Esa vez si supo cuál era el camino del regreso porque no se emborrachó; pero, el bamboleo del paso de la mula lo durmió a profundidad, al grado de no darse cuenta del salto de ancas y cómo se quedó soñando entre quintales de frijol que había cosechado en noviembre de ese año. Cuando los hijos trataron de despertarlo en la mañana siguiente, resultó que el dolorcito en el pecho se convirtió en un infarto, de manera que sus cabalgatas terminaron en el camposanto. Y cuentan que “La Juana”, al darse cuenta que don Narciso se había ido para siempre y para no tener otro jinete, como pudo aventó la montura y se perdió entre la montaña para no volver jamás.     

René Arturo Villegas Lara

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