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Ese 19 de marzo de 1974, el teniente Patrocinio Gómez cumplía 103 años de haber nacido, y como el cumpleaños coincidía con el día principal de la feria, los familiares y algunos vecinos los despertaron con una serenata amenizada con la banda de Ixhuatán, que además de las tradicionales mañanitas, también le tocaron la canción que dice “Camino León Guanajato”, pues él contaba que en sus andanzas de juventud, tuvo oportunidad de conocer esa ciudad, pero no le agradó ver todas las momias que se exhibían en un museo.

La banda de Ixhuatán había llegado para acompañar a la procesión de San José, el mero patrón de la aldea; así que las nietas la aprovecharon para darle serenata al abuelo. Era costumbre de cada cumpleaños, sacarlo a sentarse en una mecedora con tejido de mimbre, al pie de un centenario y frondoso árbol de Tamarindo, que el teniente Patrocinio sembró en el patio de la hacienda, en el año en que volvió de prestar servicio en el ejército liberal de Reina Barrios. Todas las mañanas de ese día tenía que estar recibiendo el “mento” de todos vecinos de la aldea y de los incontables hijos que tuvo con distintas mujeres, incluyendo los que les dejó a las molenderas que vivían en su hacienda, sin que a ninguno reconociera en el Registro Civil.

Cuando lo dieron de baja, fue distinguido con el grado de subteniente, le extendieron un diploma donde constaban los despachos, que estaba enmarcado en la sala, donde también tenía colgada la espada que le dieron por su grado. A Patrocinio lo metieron al cupo cuando era menor de edad; y por muchos ruegos que hizo la mamá, de todos modos se lo llevaron.

En el servicio anduvo de destacamento en destacamento, y como era enamoradizo, en cada lugar se hacía de una mujer y con la promesa de llevarlas al altar, se concretaba a dejarles un hijo que nunca conocía, porque cuando venían al mundo, ya lo habían trasladado a otro lugar. El único hijo que sí conoció fue el que tuvo con una morena de Livingston, porque en ese destacamento sirvió durante año y medio; pero, lo perdió de vista porque la trasladaron al puerto de Ocós.

Cuando lo dieron de baja, además de los despachos y la espada, también lo favorecieron con dos caballerías de terrenos, unas tres novillas y un toro, para que tuviera de que vivir, porque los militares de línea no gozaban de jubilación. Con los años, el teniente Patrocinio se volvió un finquero de grandes extensiones, con muchos potreros para cantidades considerables de ganado; y como ayudaba a todos los vecinos que tuvieran alguna necesidad, se convirtió en el benefactor de la aldea.

Eso explicaba la gran fila de vecinos que llegaban a desearle muchos años más de vida, a pesar de los 103, más los chirises que pasaban besándole la mano y él les tocaba la cabeza, para después frotarse la mano con alcohol por aquello de los piojos. Lo gracioso era que con cada patojo que pasaba a saludarle, el teniente Patrocinio repetía la misma pregunta: ¿Y a vos con quien te tuve? Y como entre la fila estaba un negrito colocho, de pelo canche, a ese si no le hizo la pregunta, porque tal vez era el hijo de la morena que embarazó en Livingstone.

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