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Prosigue el relato: El día nueve, después del fusilamiento del coronel Leiva, nos dirigimos a Barberena, donde el número de la tropa era casi de un centenar, pues se agregaron algunos partidarios de Santa Cruz Naranjo y Nueva Santa Rosa y así llegamos a la hacienda Arrazola, donde hicimos alto, pues había un campamento militar comandado por el general Juan Padilla, en donde había otros alzados de pueblos vecinos. A los milicianos de Guazacapán y Taxisco se nos colocó en lado oriente de la hacienda, en donde estaban detenidos algunos cabreristas, como el coronel Sarvelio Castillo, el capitán Gregorio Rueda, el telegrafista Rafael Salazar, el capitán Abraham Pérez, el capitán Dolores Revolorio, el teniente Apolonio Melgar y un coronel de apellido Flores, que una noche se privó de la vida. A todos ellos se le acusaba de servir al gobierno de Estrada Cabrera. A todos no mantenía en pie de guerra, hasta el 14 de abril cuando se nos informó que el presidente Estrada Cabrera había sido derrocado y que la Asamblea había designado a don Carlos Herrera como nuevo presidente. Entonces se nos dio las gracias y 5 pesos, billetes cabreristas, para que regresáramos a nuestros pueblos. En el camino de regreso, acompañando al comandante Raymundo Pérez, le dije: “¿Qué dice del triunfo don Raymundo?”. Y me contestó: “No hemos ganado nada, Quedó vivo el palo. Ya se acordarán. Dentro de pocos días Cabrera volverá al poder o por lo menos quienes lo rodearon”. Y en efecto, el 5 de diciembre de 1921, los liberales le dieron cuartelazo a don Carlos Herrera y el partido derrocado en 1920, volvió al poder. La profecía de don Raymundo estaba cumplida. Y entonces vinieron las represalias: Silvestre Álvarez, de oficio carpintero, casado con María de la Paz Villegas, oriunda de Guazacapán, era conocido como persona honorable y respetada. Su “delito” era haber militado en la junta directiva de los unionistas de Taxisco. Por eso los liberales le tenían inquina. Una noche, en el Billar, fue insultado por Filliberto Arévalo; y como Silvestre le respondió el insulto, Filiberto desenfundó la pistola y le cortó la existencia al bueno de Silvestre. Por supuesto que el asesino fue reducido a prisión; pero, por ser liberal, a los pocos días fue ordenada su libertad.

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