Mi primera participación en el desfile de la Huelga de Dolores fue en 1958, mi primer año de estudios en la Facultad de Derecho. Pero, como yo tenía más amigos en la Facultad de Medicina y allí se iniciaba el jolgorio con las carrosas de cada Facultad, a primera hora estaba presente.

Entonces me encontré con Ismar Cintora, ahora médico jubilado en los Estados Unidos, y me dio una bata blanca y un palo con un pellejo de muerto en la punta: pellejo de los cadáveres que estaban en el anfiteatro de la Escuela para las prácticas de anatomía. Ese pellejo nauseabundo era para  espantar a la concurrencia y que le dieran paso al jocoso desfile. 

En cada carrosa iban los reyes feos de cada facultad y recuerdo que el personaje de moda, aunque ya estaba muerto, era Castillo Armas, conocido como “Cara de hacha”. De los reyes que recuerdo, el de Odontología era Efraín González, que se graduó de odontólogo y ya falleció.

Por Derecho, si no mal recuerdo, el rey feo fue Rodolfo Cárdenas, que iba con una bata blanca y una mancha roja en el pecho y se le bautizó como “Espíritu Burlón; pero, para eterna memoria nosotros le apodamos Cara de hacha, hasta la consumación de los siglos. El desfile bajaba por la 12 calle de la zona 1, doblaba por toda la sexta avenida, bordeaba el Guacamalón, doblaba por la séptima y terminaba en el viejo edificio de la Facultad de Derecho, en donde se leía el boletín en donde le decían chuladas y verdades al gobierno, fuera el que fuera.

En el desfile no podían faltar El Sordo Barnoya, padrino eterno de la Huelga, la Cuca López Larrave, el Huevo Guzman, Chus Guerra Morales y otros consagrados huelgueros que redactaban el “No Nos Tientes”, que estoy seguro que San Pedro les dará permiso para reunirse en algún salón del Paraíso, y celebrar esa Magna fecha.

La Cuca, muy diestro en el arte de la pintura, era el encargado de dibujar grandes cartelones alusivos a lo que la Huelga quería denunciar, porque  era la única expresión de libertad y crítica sobre los “hediondos  males de esta Patria, palabrota añeja, por lo largos explotada, hoy la Patria es una vieja que está desacreditada”.

El dictador Ubico la prohibió, pero después, nadie se atrevió a interrumpirla, aunque encontraron nuevos métodos fascistas para obstaculizarla, incluso infiltrando orejas en los comités de huelga, al extremo que el No Nos Tientes se imprimió una vez en el Salvador. El jueves anterior se celebraba la velada en el Cine Lux. Era complicado ingresar a la Sala en donde amenizaba el El Chato Lobos, quien le compuso una marcha a Castillo Armas, que se llamaba “Cadete 515”; pero, lo muchachos le cambiaron nombre y le pusieron “Caquete 515”.

En una oportunidad un presidente, no recuerdo si fue Ydigoras Fuentes o Carlos Arana,   se atrevieron  a ir a la velada y entonces el maestro de ceremonias, todo ceremonioso, anunció el Himno Nacional: el presidente y todo mundo se puso de pie, como corresponde, pero la banda del chato lo que interpretó que el Himno de los Estados Unidos y todos soltaron una carcajada.

Cuando Arnoldo Daetz Caal salió de rey feo de toda la huelga, estaban de moda los extensos discursos de Fidel Castro. Entonces Arnoldo dijo que leería su corto discurso y desenrolló un rollo de papel de envolver. Por supuesto que no faltaban los condones inflados flotando en el aire y todos,  soplaban para que no les callera el condone pues podía estar usado.

Era alegre la velada. Hoy, ya no es lo mismo y nunca será igual. La Huelga entró en una catalepsia que a saber cuándo se despertará. Algún día, Primero Dios; aunque la enfermedad de la patria es como el paludismo, endémica. Mientras tanto, la Huelga vive en la memoria de los “sancarlistas de antaño”.  

 

Artículo anteriorLos aranceles son el juego en el que todos perdemos
Artículo siguienteDebe haber unidad en los organismos del Estado