La existencia humana se inició siendo pródiga en darnos tranquilidad y sosiego; pero, con el andar del tiempo, esa vida apacible sufre constantemente del estío, y la benefactora humedad, en sentido figurado, se termina poco a poco. El hombre es inquieto en descubrimientos y como dijo Aristóteles en La Metafísica: “Todos los hombres por naturaleza desean saber”. Pero, más que saber, ahora desea comodidad y eso trae muchas dificultades y enfermedades que lo más fácil de diagnosticar es decir que se trata de un virus. El lema ya no es que “suerte de Dios hijo y el saber que poco importe”; y así transita la vida desde la gran bendición de las aguas del invierno a la resequedad del estío de la vida diaria. Tal vez añoremos el tiempo que ya se fue y ya solo vivimos de nostalgias. Nostalgias de cuando la compraventa de baratijas era inimaginable y se podía caminar a media calle sin el riesgo de que una moto, un tuktuk o un carro cualquiera lo avienten como una cosa inservible. Y entonces llegan los bomberos, los policías municipales, las autoridades y circulan el lugar con listones amarillos y todo sigue igual. Recuerdo, solo para decir algo al respecto, que cuando estudiaba en la Normal, los domingos nos íbamos al cine Real a pie para ahorrar los cinco len de la camioneta, y nos íbamos por toda la avenida La Castellana, que entonces era de tierra, y de allí cortar para dirigirnos a la Bolívar. Ahora trate usted de transitar por esa avenida y la encuentra llena de ventas de toda monta y por puro milagro con árboles en los alrededores de la Industria. Y vaya usted a la Antigua Guatemala, donde sus frondosos cafetales se están convirtiendo en nidos de supermercados, que sin duda dan algunas comodidades, aunque a costa de las ventas de fruta, de atol de elote, de tamalitos o de tortilla de los tres tiempos, se están relegando al olvido, a un pasado mugroso de quienes quisiéramos que el tiempo diera vuelta de regreso y volver a los románticos carruajes y que las novedades se sabían por un pregón. Y tenga usted la seguridad que si con eso de las construcciones de centros comerciales, aunque sea en los alrededores, se corre el riego que ese ser Patrimonio de la Humanidad según la UNESCO, pase a ser patrimonio de los comerciantes. Que ya lo es con tanta casa solariega convertida en ventas que se denominan en inglés.
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