(Inspirado en el relato que hizo José Rubén Zamora, en su visita al Hospital San Juan de Dios)
El calvario que es la salud en Guatemala no admite burlas ni miradas superficiales. Solo quienes hemos servido dentro de los hospitales públicos sabemos que las escenas pulidas de Hollywood o de cualquier “Wollywood” son apenas caricaturas frente a la crudeza de nuestra realidad cotidiana. La enfermedad aquí no se vive con guiones heroicos ni finales previsibles, se enfrenta en pasillos saturados, con recursos escasos y con una dignidad humana puesta a prueba cada minuto.
Recuerdo que, cuando fui presidente del Club Rotario de la Ciudad de Guatemala recibimos la visita del gobernador rotario, después de un almuerzo en el Camino Real, tomé una decisión incómoda pero necesaria, lo subí a mi camioneta y lo llevé al basurero de la zona 3, no fue un gesto provocador, sino pedagógico, quería que comprendiera sin discursos ni fotografías, cuál debe ser la función real de un gobernador rotario y de los rotarios que no se conforman con almuerzos, era mirar de frente la realidad que duele.
Esa misma lógica se impone cuando se pasan horas en la emergencia del Hospital General San Juan de Dios. No es solo una experiencia médica, es una lección brutal de país. Allí confluyen cientos de guatemaltecos con dolores, miedos y urgencias vitales y el sistema de salud pública queda expuesto sin maquillaje ni retórica oficial. Lo que se observa no es una crisis coyuntural, sino un colapso estructural sostenido.
En un pasillo interminable se amontonan pacientes renales, críticos, ambulatorios y familiares angustiados. La demanda es incesante y los recursos son claramente insuficientes. Sin embargo, el sistema no se derrumba por completo gracias a algo que no figura en ningún presupuesto, el compromiso humano de médicos, internistas, enfermeras y personal de apoyo que, con jornadas extenuantes, criterio clínico y temple ético, contienen una avalancha que debería ser responsabilidad directa del Estado.
La escena obliga a formular una pregunta incómoda pero inevitable: ¿cómo es posible que la salud no sea prioridad en un país donde la enfermedad y la pobreza avanzan juntas? La respuesta es conocida, aunque molesta. Décadas de corrupción, saqueo de fondos públicos y el desprecio por lo esencial han convertido la emergencia hospitalaria en un campo de batalla, no en un espacio de atención digna. Mientras tanto, altos funcionarios disfrutan de seguros privados y salarios de primer mundo, completamente ajenos al sufrimiento cotidiano de quienes sostienen al país desde abajo.
Nadie debería aspirar a gobernar Guatemala sin haber pasado, aunque sea una vez, por una emergencia pública. No para tomarse la foto ni para hacer caridad episódica, sino para entender que gobernar es decidir, en términos reales, qué vidas importan. Allí se aprende que la salud no se improvisa, que no se resuelve con discursos ni con promesas electorales, y que cada quetzal robado tiene un rostro, un nombre y, muchas veces, un desenlace fatal.
La emergencia del San Juan de Dios no es una excepción, es un espejo. Ignorarlo es seguir normalizando lo inaceptable y en un país que se acostumbra al colapso, la indiferencia termina siendo otra forma silenciosa pero letal de violencia.







