Autor: Cynthia Mileydi Cholotío
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Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Es una frase que he escuchado un par de veces; a veces en tono de broma, otras con molestia y muchas como una forma de cortar la conversación. Y seamos honestos, en Guatemala cuando alguien dice “hablemos de política” medio grupo se va, otro se enoja y el resto dice “qué hueva”. La política tiene mala fama: la asociamos con corrupción, pactos raros, promesas incumplidas y peleas eternas en redes sociales. Entonces parece más fácil no meterse.
Pero aunque no nos guste la política sí se mete con nosotros ya que en realidad no es algo lejano que solo pase en el Congreso o en Casa Presidencial. Se siente cuando sube el precio de la canasta básica, cuando no hay medicinas en el IGSS, cuando las carreteras están destruidas o cuando la incertidumbre económica afecta el empleo. Se siente cuando hay tensiones entre instituciones del Estado, cuando se cuestionan decisiones judiciales o cuando el debate público se polariza. Todo eso no es un espectáculo externo, es el proceso por el cual se define el rumbo del país.
La coyuntura reciente lo ha dejado claro ya que hemos vivido procesos electorales intensos, discusiones sobre la independencia institucional, protestas ciudadanas, bloqueos y momentos de alta tensión política; y esto no es simple “drama” porque cuando hay crisis institucional se afecta la confianza, la inversión y la estabilidad. Cuando se debilita la transparencia, se debilita la democracia y cuando se toman decisiones legislativas, estas impactan directamente en educación, salud, presupuesto y oportunidades para los jóvenes.
Decir “todos son iguales” puede sonar realista e incluso maduro, pero muchas veces es una forma de resignación y la resignación es peligrosa, porque conduce a la indiferencia. Cuando quienes podrían cuestionar, exigir y proponer se apartan los espacios de poder no quedan vacíos; simplemente los ocupan otros. No participar no corrige el sistema; solo lo deja intacto.
Interesarse en política no significa volverse fanático de un partido ni defender ciegamente a un funcionario, tampoco significa vivir peleando en redes sociales sino que significa entender cómo se distribuye el poder y cómo se administran los recursos públicos; significa saber qué funciones tiene cada institución del Estado y cómo esas decisiones terminan afectando nuestra vida cotidiana. Muchas veces criticamos o apoyamos cosas sin comprender realmente cómo funcionan.
Como ciudadanos podemos empezar de manera sencilla pero consciente, informándonos mejor sin quedarnos solo con titulares, las noticias de Xela News o con lo que vimos en un TikTok. Es muy importante contrarrestar esto con fuentes fidedignas, leyendo diferentes perspectivas y formando criterio propio; entendiendo el funcionamiento básico del Estado para no repetir discursos vacíos, aprendiendo a debatir con argumentos y no con ataques personales; Participando en espacios universitarios, comunitarios o municipales, que son los más cercanos a nuestra realidad diaria.
La política local por ejemplo, incide directamente en temas tan concretos como el estado de las calles, la gestión del agua, la recolección de basura o los proyectos comunitarios. No todo se decide en las grandes instituciones nacionales. Muchas decisiones que afectan nuestra calidad de vida se toman en el ámbito municipal e ignorarlas no las hace desaparecer. Nuestra generación enfrenta desafíos complejos: desigualdad, falta de empleo formal, migración, crisis ambiental y desconfianza institucional. Esperar a “tener estabilidad” para involucrarnos es una contradicción, porque esa estabilidad depende precisamente de las decisiones públicas que se tomen ahora. Si no participamos, otros decidirán por nosotros y después no bastará con quejarnos.
La democracia no se sostiene sola, se sostiene cuando la ciudadanía se informa, cuestiona y participa. No se trata de convertirnos en expertos de la noche a la mañana ni en activistas radicales, se trata de asumir que el país no es algo ajeno sino que es nuestro espacio común; porque si queremos mejores oportunidades, instituciones más sólidas y un futuro con mayor estabilidad, no podemos mantenernos al margen.
Dejarles la política a los políticos puede sonar cómodo, pero el futuro no se construye desde la comodidad ni desde la indiferencia; se construye cuando decidimos que sí nos importa lo que pasa, que sí queremos entender y que sí estamos dispuestos a participar. Porque al final, aunque intentemos ignorarla, la política nunca nos ignora a nosotros.







