Autor: Vivian Reyes
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Hay realidades que duelen, pero hay algo más peligroso: cuando dejan de doler.
Vivimos en una época en la que la información está en todas partes. A diario vemos noticias sobre corrupción, violencia, desigualdad, abuso de poder y crisis sociales que parecen repetirse sin descanso; sin embargo, en lugar de generar una reacción más consciente, esta constante exposición ha provocado algo distinto: una normalización de la indiferencia. No porque la gente no sepa lo que ocurre, sino porque se ha vuelto más fácil acostumbrarse que cuestionar.
La indiferencia actual no siempre se expresa como silencio absoluto. Muchas veces se presenta a través del cinismo, la burla o la supuesta neutralidad; se disfraza de madurez o de inteligencia, cuando en realidad suele ser una forma de evitar involucrarse. Al desentendernos de lo que pasa, creemos proteger nuestra tranquilidad personal, pero en ese proceso dejamos de reconocernos como parte de una sociedad que también depende de nuestra participación.
El cansancio es uno de los argumentos más usados para justificar esta postura. Frases como “siempre es lo mismo”, “nada cambia” o “no vale la pena opinar” reflejan un desgaste comprensible, pero peligroso, porque cuando la resignación se vuelve costumbre deja de ser una reacción emocional y se transforma en una actitud pasiva que favorece a quienes concentran el poder. Las injusticias no se sostienen únicamente por la acción de unos pocos, sino también por la pasividad de muchos que prefieren no involucrarse.
A esto se suma el miedo. Opinar implica exponerse, incomodar y, en algunos contextos, asumir consecuencias sociales o personales; por ello, la indiferencia se convierte en una forma de autoprotección. El problema no es sentir miedo, sino permitir que este determine el comportamiento colectivo, ya que cuando el temor domina, se debilita la capacidad de exigir cambios y se normaliza el silencio frente a lo injusto.
También resulta evidente cómo la indiferencia se mezcla con el entretenimiento. Tragedias convertidas en memes, conflictos reducidos a tendencias pasajeras y problemas estructurales tratados como discusiones superficiales que duran lo que dura el algoritmo; esta banalización del dolor ajeno crea distancia, reduce la empatía y hace que lo grave parezca normal.
Reconocer esta realidad abre la posibilidad de cambiarla. Romper con la indiferencia no implica actos heroicos ni posiciones extremas, sino decisiones cotidianas: informarse mejor, cuestionar lo que se presenta como incuestionable, negarse a normalizar la injusticia y recuperar la empatía como parte de la convivencia social. El cambio comienza cuando dejamos de ver los problemas como algo ajeno y entendemos que una sociedad que tolera la indiferencia termina reproduciendo aquello que dice rechazar.
La indiferencia no es neutral. Aunque se presente como tal, siempre toma partido y casi siempre lo hace a favor del statu quo. Recuperar la capacidad de indignarnos, de pensar críticamente y de asumir responsabilidad colectiva no es un gesto exagerado, sino una necesidad; en un contexto que invita constantemente a mirar hacia otro lado, elegir no ser indiferentes sigue siendo una forma honesta de resistencia.
Asumir una postura distinta frente a la realidad no requiere discursos grandilocuentes ni protagonismo público; a veces basta con pequeñas decisiones conscientes que, sostenidas en el tiempo, transforman la manera en que convivimos. Preguntarse antes de repetir una opinión, escuchar con atención lo que otros viven, informarse desde más de una fuente y negarse a trivializar el dolor ajeno son gestos sencillos, pero significativos, porque rompen la inercia de la apatía. Cambiar no siempre significa hacer ruido, muchas veces significa dejar de ser indiferente cuando sería más cómodo serlo.
El mayor triunfo de la injusticia no es imponerse, sino lograr que nadie sienta la necesidad de detenerla.







