Autor: Lidia Ortega Tablas
Instagram: @_tablast
Editorial: youngfortransparency@gmail.com


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Vivimos rodeados de pensamientos, con mucho por decir y, sin embargo, compartiendo solo una pequeña parte de lo que pasa por nuestra mente. La expresión “cada mente es un universo” es habitual, especialmente cuando conocemos a alguien nuevo o cuando surgen desacuerdos. Esta frase refleja bien la complejidad del pensamiento humano, pero también puede limitar nuestra perspectiva, ya que una sola mente no alcanza a ser un universo completo. Por el contrario, el verdadero desarrollo se produce cuando coincidimos o discrepamos, cuando cuestionamos, opinamos y contribuimos; es ese intercambio el que impulsa el cambio.

Lo fascinante es que, como seres humanos, tenemos la capacidad de compartir nuestros pensamientos. Sin embargo, ¿realmente compartimos todo lo que pensamos? La respuesta es sencilla: no. Hay ideas profundamente personales y otras tan efímeras que ni siquiera nos detenemos a reconsiderarlas o exteriorizarlas. No obstante, existen pensamientos y proyectos que no son solo destellos fugaces, sino que pueden ser el inicio de algo trascendental, la chispa de un proyecto, o el motor de un cambio radical. Entonces, ¿por qué preferimos guardar silencio sobre estas ideas? Aunque a veces llegamos a compartirlas en pequeños grupos, rara vez nos atrevemos a liderarlas y convertirlas en realidad. Muchas ideas quedan atrapadas en conversaciones pasajeras o en chats, sin dar el salto al mundo tangible.

Al compartir nuestras ideas, no solo nos beneficiamos a nosotros mismos, también fortalecemos a nuestra comunidad. Son muchos los que pueden imaginar un cambio, pero pocos se atreven a ejecutarlo. A veces, solo hace falta decidirse a compartir más, porque puede que haya un equipo dispuesto a sumarse para hacer posible ese cambio.

Nuestra familia, nuestro barrio, nuestra ciudad e incluso nuestro país no se han construido a partir de una única idea, sino del intercambio constante de pensamientos que han permitido el desarrollo. Por eso, es el momento de salir de la conversación casual o del chat y poner en acción esas ideas que pueden transformar nuestro entorno.

Hay ideas que impulsan el crecimiento de toda una comunidad y otras que benefician a grupos más reducidos. Cuanto menos se comparten los proyectos, más difícil es que lleguen a beneficiar a más personas. Por ello, es necesario dejar de ser egoístas con las ideas y los proyectos, permitiendo que otros formen parte de ellos. Así, no se convierten en algo exclusivo, sino en una aportación a la comunidad. Además, tener opositores no implica que la idea sea mala, sino que añade una perspectiva distinta que puede ayudar a mejorarla.

Atreverse a plantear una idea es solo el primer paso. Hay que avanzar, transformar esas ideas en proyectos, compartirlas y recibir críticas como insumos que nos ayudan a mejorar, impulsar y convertir ese pensamiento en algo tangible que sea el cambio que nuestro entorno necesita.

Jóvenes por la Transparencia

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