Autor: José Mariano Gué
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¿Qué clase de abogado quiero ser? Una pregunta que normalmente ronda por la cabeza de cualquier estudiante. Muchos ni siquiera nos hemos graduado, pero no somos ajenos a la coyuntura del país, especialmente en materia de justicia. Después de todo, en unos años estaremos ejerciendo esta noble carrera, nobleza que se ha olvidado gracias a personas sin escrúpulos que ven a la justicia y a sus instituciones como un botín. La mayoría de universidades enseña a memorizar leyes, artículo por artículo, proceso por proceso; depende de uno mismo el querer aprender más y dedicar más tiempo a su formación.
Sin embargo, las dificultades de una carrera no solo se viven dentro de la universidad; muchos estamos condicionados de distinta manera: aportamos al hogar, pagamos deudas, sobrevivimos con pan y agua o una gaseosa si todo va bien. Luchamos tardes, noches y madrugadas enteras en busca de un futuro mejor para nuestros seres queridos y si se puede, para lo que nosotros soñamos alguna vez.
Muchos confían en que finalizar su carrera, portar una toga y escuchar un “Lic.” antes de su nombre, es el medio que les permitirá alcanzar sus objetivos. Es un deseo personal, y de todos los que compartimos este camino tan largo como difícil.
Pero esto no solo lo sabemos nosotros. Muchos de los que han pasado lo mismo y ahora se encuentran en las instituciones más importantes del país, se aprovechan de las necesidades y los deseos de los miles de jóvenes que, en busca de esa meta tan anhelada, se integran a distintos grupos para tener el favor de docentes, autoridades o decanos, y así graduarse sin dificultad alguna. El interés y negocio de graduar abogados con el incentivo de generar votos o cobrar favores, tiene un efecto destructivo sobre el gremio y la academia, generando aspiracionismo entre los abogados jóvenes, quienes desean ser parte del sistema, y obtener beneficios que van desde una canasta navideña hasta una plaza en los máximos órganos del país.
No es de extrañar que cuando se habla de este modelo de graduación, el primer pensamiento se dirija a la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Aunque este no sea el único espacio que practique dicho modelo, sí es el que más ha contribuido al declive de la justicia.
Recientemente se llevaron a cabo las elecciones en el Colegio de Abogados y Notarios de Guatemala (CANG) para integrar la Comisión de Postulación que elaborará la nómina de candidatos a magistrados del Tribunal Supremo Electoral, un órgano que tendrá un duro trabajo en las próximas elecciones. En este proceso se dieron muchas sorpresas; basta con mencionar que, según las gráficas presentadas por el CANG, los sustos no fueron pocos.
Históricamente el Colegio de Abogados ha sido lugar para que redes clientelares hagan de las suyas al elegir autoridades afines y tener el control de la justicia en el país. Esto ha derivado en el declive de la justicia y sobre todo, en una falsa independencia judicial en donde las máximas autoridades no parecen juristas, sino políticos.
No es secreto que la planilla integrada por abogados jóvenes está ganando el apoyo del gremio, a pesar de las distintas fake news y tweets de perfiles recién creados, que buscan bajo las piedras algo con que incriminar.
Es importante prestar atención a los abogados jóvenes, esa nueva generación de “Milics” que ahora forman parte de tan distintivo y honorable gremio. En la mesa 24, donde votan quienes inician su carrera profesional, la segunda vuelta se definió por una diferencia de apenas 11 votos.
Son muchos los nuevos abogados que no están dispuestos a formar parte de redes corruptas; sin embargo, no se trata únicamente de decidir si se participa o no. De esta decisión depende que los favores operen a favor o en contra. Los testimonios previos a la votación, hacían notar el temor frente a los grupos clientelares, a perder su empleo o a tener en contra a todo un juzgado.
¿Estamos dispuestos a asumir el reto como nuevos abogados?
Quienes no estamos apadrinados, ¿podemos nadar contra corriente con la esperanza de que un gremio históricamente cooptado no influya en nuestra contra? Es triste que ya no importan nuestros argumentos, el análisis de caso, y la capacidad de sostener debates bien argumentados, ahora parece importar más el apadrinamiento que el mérito para lograr el éxito en el ámbito jurídico.
No solo es deseo mío que el Derecho sea ejercido por personas realmente profesionales, que sean capaces de ejercer con criterio y objetividad. No somos pocos los que estamos en contra del declive del sistema de justicia y creemos que las cosas pueden cambiar; ejercer bien nuestra profesión no es suficiente, también es necesario involucrarse en los aspectos políticos de nuestro gremio.
Es nuestra decisión dejar que personas dispuestas a arruinar el sistema judicial lleguen a los puestos más altos. Es nuestra decisión pertenecer a grupos clientelares que están dispuestos a socavar la democracia, destruir las instituciones y el Estado de Derecho. Está en nuestras manos nadar contra corriente, enfrentarnos a este sistema, y aprovechar los pocos o muchos recursos que tengamos para prepararnos y ser capaces de brillar por cuenta propia.
Las recientes victorias de grupos independientes me hacen tener una esperanza; sin embargo, no nos podemos limitar a obtener victorias vacías. Debemos buscar cambios que vayan desde reformas pequeñas hasta reformas constitucionales, conseguir que la academia sea en verdad academia y no lo que es ahora. Las ideas, las propuestas, el conocimiento, la capacidad y la participación son la base para crear el verdadero cambio que necesita el país.







