Autor: Vivian Reyes
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Pensar se ha vuelto un acto de rebeldía en un mundo que premia seguir órdenes sin preguntar por qué; hoy pensar diferente se siente como ir contra la corriente. Vivimos rodeados de ideas ya formadas y opiniones que se repiten sin análisis; cuestionar se confunde con desafiar, provocando miedo, pero ahí está el valor del pensamiento libre: en atreverse a mirar más allá de lo que todos aceptan. En tiempos donde seguir es lo común, pensar es libertad.

Cada sistema político nace de una idea, pero sobrevive gracias a quienes no la cuestionan. Todo gobierno comenzó con una intención que parecía justa, pero se convirtió en costumbre. La costumbre tiene más fuerza que la razón, porque la gente normaliza no preguntar; objetar puede parecer incómodo, pero es lo único que evita que el poder se vuelva eterno. Mientras muchos callan por miedo o rutina, el sistema sigue firme, sostenido más por el silencio que por el consenso. La política no solo dirige gobiernos, también moldea conciencias, porque el poder está en cómo aprendemos a ver el mundo desde la escuela, la cultura o los medios, y poco a poco esas ideas se vuelven parte de nosotros.

La historia humana se ha debatido entre razonar y obedecer. Pensar implica esfuerzo y duda, mientras obedecer parece más fácil y seguro; quienes se atreven a razonar cambian el rumbo y quienes solo siguen, sostienen lo establecido. La historia no solo se cuenta con fechas, se cuenta con las ideas que dominaron la mente de las personas, porque el poder depende de convencer, y quien logra guiar la forma de pensar, gobierna sin imponer.

La mente humana ha aprendido también a callar frente al discurso político; el miedo al conflicto hace que muchos prefieren no opinar aunque algo esté mal, y la política aprovecha el silencio disfrazándolo de consentimiento. Al callar renunciamos al poder de pensar; las masas rara vez deciden solas, lo hacen al compás de ideas sembradas por otros, pues nada en la sociedad se mueve sin influencia. Es así como la política impulsa a la gente solo usando palabras, símbolos o promesas.

Cuando las masas se mueven no siempre es por convicción, a veces solo siguen la corriente más fuerte; en momentos de tensión o esperanza buscan dirección y siguen la voz que más se escucha sin detenerse a cuestionar. Pensar distinto en medio de la multitud requiere valor, significa detenerse cuando todos avanzan sin mirar atrás; no hay fuerza más silenciosa que la de las ideas cuando se vuelven costumbre, una vez que una idea forma parte del día a día, deja de notarse, pero sigue guiando, lo peligroso es que nadie se pregunta de dónde viene ni a quién beneficia.

Aunque a veces la política parezca un juego de poder lejano, el cambio empieza con la participación de las personas; no basta con observar o criticar, pensar también implica actuar. La ciudadanía puede transformar la realidad cuando deja de ver la política como algo ajeno y comienza a entenderla como parte de su vida, pues participar no siempre significa ocupar un cargo o marchar, a veces empieza con un voto consciente, una opinión valiente o una decisión ética. Cambiar cómo pensamos y participamos es resistencia pacífica; cuando la gente se informa, dialoga y actúa con criterio, el poder deja de ser un dominio y se convierte en construcción colectiva. La participación ciudadana no solo corrige errores, también recupera la voz que la política quiso callar.

Pensar y actuar son las dos caras de la libertad, una reflexiona, la otra transforma.

Jóvenes por la Transparencia

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