Pedro Pablo Marroquín

pmarroquin@lahora.gt

Esposo, papá, abogado y periodista. ¡Si usted siempre ha querido un mejor país, este es su momento de actuar!

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Pedro Pablo Marroquín Pérez
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@ppmp82

El día de hoy, 21 de mayo pasó a la vida eterna el doctor Juan José Hurtado Vega a sus 96 años tras una vida plena en la que marcó a tantas personas y luchó contra muchas adversidades. Sus nietos y familia cariñosamente le llamaban Tete.

Todos aquellos que estamos asociados al apellido Hurtado sentimos siempre un enorme orgullo cuando alguien pregunta: ¿Qué son de Juan José? ¿Qué son del Doctor? ¿Qué son del Pediatra? Y luego de las respuestas a esas preguntas venían historias que retrataban a Juan José como la extraordinaria persona que era.

En mi despedida con él, le pude decir que gracias por tanto porque el hecho que mis hijos lleven el apellido Hurtado es un motivo de orgullo y eso deriva de lo que él hizo con el apellido.

Juan José quería mucho a mi abuelo Carlos Pérez Avendaño y cuando hace 16 años empecé a ser parte de la familia siempre recibí un trato especial de Tete. A lo largo de los años, especialmente en los últimos, platicamos de temas profundos y me compartió lo que fue su vida en algunos de los momentos más complicados.

Lo que siempre me llamó la atención y me dejó una enorme lección de vida, es que nunca se envenenó el alma, no se guió por los rencores y haber vivido así no solo le permitió marcar a tantas personas que hoy lamentan su muerte, sino le dio aire para enfrentar los momentos tan duros en algunas etapas de la vida.

Le tocó enterrar a Margarita su hija y en cuestión de meses a Elena su esposa y a pesar de esos golpes tan duros, nunca se rindió y siempre era ese hombre alegre que tenía tanto para contar y compartir, anécdotas en las que siempre estaba su compañera de vida a la que extrañó hasta el ultimo día en esta tierra.

Culto como pocos, podía sostener conversaciones de diversidad de temas y en todos tenía tanto que aportar que las veladas se convertían en verdaderas lecciones y clases de diversos tópicos, pero en medio de tanto, siempre humilde, cariñoso y simpático.

Como médico era de aquellos que ahora se encuentran pero no por montones. Más allá del diagnóstico que siempre era fuera de serie, fue su trato al paciente, su calidad humana y su manera de dirigirse al enfermo y a sus padres lo que llenaba el alma.

Cuando los padres nos angustiamos por la salud de los hijos, encontrar a quien se tome el tiempo no solo de atender la necesidad sino de tratarla como propia se convierte en una bendición y eso se siente cuando la gente cuenta lo que representó Juan José en sus vidas. Forma de tratar al paciente que enseñó en las aulas del país.

Fue un hombre al que el fruto de su trabajo honrado le permitió vivir bien y nunca perdió ese sentido que hay en muchas personas de generar oportunidades para empoderar a otras cerrando brechas y es por ello el impacto que tuvo en muchos lugares del Interior pero en especial en San Juan Sacatepéquez, lugar de donde lo visitaban pacientes a los que atendía en su clínica de la capital sin cobrarles un solo centavo.

Fue un hombre que supo trabajar pero también dedicarle tiempo a la familia y enseñaba que el trabajo era importante pero dedicarle tiempo a la familia igual o más y por eso los fines de semana eran importantes y Amatitlán se convirtió como en un centro para la familia.

Mi suegro compartía con él todos los fines de semana y ahora, sin duda, le hará tanta falta que lleguen las noches de los sábados y las 12 del mediodía de los domingos para irlo a visitar, tomar algo y compartir, pero sin duda que los nietos ayudarán a alivianar esa carga aunque nunca hay edad para perder a los padres y especialmente cuando había la relación que mi suegro y su papá tenían.

Tras tantos años hoy ya descansa Juan José y se reúne con Elena y con Margarita y sin duda alguna, como en la película “Coco”, Margarita le dirá “Papá” y se fundirán los tres en un abrazo eterno.

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