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Los espléndidos jardines del hotel “El Nacional”. Una piscina reseca y agrietada art-deco. Atrás, el Malecón y el castillo Del Morro. Inmensos barcos con la hoz y el martillo en las ruidosas y humeantes chimeneas. La Habana entre 1970 y 1975.

Se ha puesto muy ventrudo, pero conserva las manos y la sonrisa de sibarita cardenal del Renacimiento. Trabaja en la Casa de las Américas, dirige la revista “Conjunto” e imparte la cátedra de Historia de América en la Universidad de La Habana. La vida me daba otra vez la oportunidad de conocer en persona a otro grande de las letras españolas e Hispanoamericanas. Acaso el mejor dramaturgo de Centroamérica.

Un insufrible dolor me podría silenciosamente: conocerlo en el exilio, no en Guatemala. Más la emoción de tenerlo frente a frente borraba esos rencores y esas deudas. Yo había escrito un libro sobre su obra sin haberlo visto nunca: “Ideas políticas en el teatro de Manuel Galich” y, al tenerlo frente a frente aquella mañana habanera, las ideas y las preguntas se me agolpaban y no sabía por dónde empezar. Recorría todo “El tren amarillo” y subía y bajaba por todo su “Pascual Abah” y las sustancias y médulas se me empapaban de colores y de amargos sabores pensando en los campesinos y en los indígenas de Guatemala que a cada rato meten sus cabezas sudorosas y cansadas por entre las tablas y candilejas del gran Teatro Nacional fundamentado por Galich, el Lope de Rueda y el Lope de Vega de Guatemala: gran señor de los jades, gran achí de Rabinal.

La historia, la patria, la cosmogonía indígena, los dioses y los reyes de los mayas y toltecas –pero sobre todo el sindicalismo del Canche Menjívar y la indignación indignante de Mamurra- obsedieron su memoria y acicatearon su pluma hasta convertirse en memoria viva, en dramática memoria de Guatemala que pedía cuentas –y aún las pide- desde los escenarios donde la palabra incendiaria y fragorosa de Manuel Galich se convierte en permanente denuncia y en testimonio de los agravios y baldones recibidos en el rostro de la patria, una veces facturados por la oligarquía y, otras, por el Imperio y la embajada.

Un teatro nacional el suyo, un teatro de identidades, un teatro para construir y reconstruir el futuro y el pasado, el gran teatro del mundo guatemalteco donde el mal es el bien y el bien es el mal, es decir, donde la historia (porque el suyo es un teatro épico como el de Brecht) no se narra desde el punto de vista de quienes pagan libros, imprentan y alquilan malos escritores y periodistas.

¿Cómo no sentir tanta emoción en su presencia? ¿Cómo no creer iluminadamente que estaba frente a un personaje de América? ¿Cómo no estar seguro de que aquella mañana cubana era una de las más importantes de mi vida?

Sobre el mar tranquilo del puerto de La Habana se deslizan barcos rusos y polacos y en el malecón se desplazan los “Dacias” y los “Skoda”. Galich sonríe plácidamente. Ha dicho y ha hecho lo que ha creído justo y los pecadores del oro le han hecho pagar muy caro su atrevimiento: como Dante jamás podrá volver a la patria dulce que decía (y paladeaba saudoso) el padre Landívar.

Galich toma su destartalado y viejo “Skoda” –milagro no tiene que desplazarse en un americano de los años 50. El maestro guarda entre sus frutecidas alforjas una docena de obras de teatro que pasarán o pasaron ya a la historia. La admiración que Luz y yo le tenemos nimba su recuerdo. Ella fue su alumna en Belén, yo soy su alumno en el mundo de la magia del arte y lo sigo con más de un drama a su sombra de dramaturgo.

¿Quién no ha viajado sobre las ruedas de “El tren amarillo” donde por robar un guineo te condenan a muerte y ha salido de uno de sus vagones cubierto de ira y con deseo de guerra?

Mario Alberto Carrera

marioalbertocarrera@gmail.com

Premio Nacional de Literatura 1999. Quetzal de Oro. Subdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua. Miembro correspondiente de la Real Academia Española. Profesor jubilado de la Facultad de Humanidades USAC y ex director de su Departamento de Letras. Ex director de la Casa de la Cultura de la USAC. Condecorado con la Orden de Isabel La Católica. Ex columnista de La Nación, El Gráfico, Siglo XXI y Crónica de la que fue miembro de su consejo editorial, primera época. Ex director del suplemento cultural de La Hora y de La Nación. Ex embajador de Guatemala en Italia, Grecia y Colombia. Ha publicado más de 25 libros en México, Colombia, Guatemala y Costa Rica.

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