Mario Alberto Carrera

marioalbertocarrera@gmail.com

Premio Nacional de Literatura 1999. Quetzal de Oro. Subdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua. Miembro correspondiente de la Real Academia Española. Profesor jubilado de la Facultad de Humanidades USAC y ex director de su Departamento de Letras. Ex director de la Casa de la Cultura de la USAC. Condecorado con la Orden de Isabel La Católica. Ex columnista de La Nación, El Gráfico, Siglo XXI y Crónica de la que fue miembro de su consejo editorial, primera época. Ex director del suplemento cultural de La Hora y de La Nación. Ex embajador de Guatemala en Italia, Grecia y Colombia. Ha publicado más de 25 libros en México, Colombia, Guatemala y Costa Rica.

post author

Si pudiera volver a vivir a tu lado.

Si el tiempo regresara como en los días en que pude haberte hecho feliz. Si las horas y los años no hubieran transcurrido bajo mis errores grotescos y mis crueles egoísmos.

¡Qué duro es este vocablo “si”, que no afirma sino condiciona!

Es uno de los más agudos, acres y violentos del idioma:

Si tú estuvieras aquí y no hubieras muerto, yo podría poner en paz mi corazón y acallar las culpas que brotan de mi centro con más serpientes que la cabeza de Medusa.

¡La culpa! ¡La terrible culpa! La culpa que ha sido mi fiel y hostigante acompañante por siempre y que hoy al calor y al frío de tu muerte salta, brinca y emerge puntiaguda e inexorable ¡Pero quizá con razón!

Porque me acuso de haberte podido dar más amor y de habértelo negado adrede y con premeditación.

Porque me acuso de haberte matado en mis entrañas por meses y por años para no darme cuenta de que existías, para ignorarte, para poner una distancia de la Tierra a la Luna entre nosotros.

Porque me acuso de haberte asesinado voluntariamente, pues según yo no me querías ni deseaste vehemente engendrarme, por más que mi madre me ha dicho que un legrado se hace en poco tiempo.

De todo esto me acuso y de un rencor que llenó mi tuétano hasta rebalsar de detritus y de heces mi carne y mi linfa amoratada en el egoísmo narcisista que por años aherrojó mi pecho.

De todo esto me acuso y me culpo y me acuso y me culpo de no habértelo dicho claramente cuando te estabas muriendo para que me perdonaras…

De todo esto me acuso y me culpo y por eso te busco por cielos y mares, en la tierra y en el agua, en el fondo de mí y en el fondo de Dios, mudo como siempre ante mi llanto.

¡Si pudiera volver a vivir! Por eso es tan dura y tan siniestra la pequeña palabra “si” que no significa afirmación sino condicionalidad de algo que debió haberse hecho para que lo que estamos viviendo no fuera como es.

Si pudiera volver a vivir te diría que en realidad te adoraba, que todo era una máscara y que en el fondo nadie habitó más en mí que tú. Fuiste el ciudadano permanente de mi nación y cada día me doy cuenta que imito y he imitado tu ciudadanía sin darme cuenta pero con vehemencia y profunda garra, porque el amor por los libros -por ejemplo- me vino de ti.

Si pudiera volver a vivir te diría que siempre he llevado una llaga en el pecho que rezumaba tanto más odio cuanto más amor sentía por ti en la caverna.

Que esa llaga ha crecido desde el día de tu muerte y me señala y acusa torturantemente. Llaga que soy yo y eres tú desbordando pasado y rebalsando arrepentimiento que de nada vale porque no te puedo encontrar por ningún lado para arrodillarme a tus pies y pedirte perdón por mis vilezas.

¿Quién te quiso? ¿Yo te quise? ¿Sentiste amor o sólo vituperio e indiferencia? ¿Qué sentías a la hora de tu muerte? ¿Nos dejaste porque no te quisimos suficiente? ¿Fue más fácil morir que seguir viviendo entre tanta amargura y tan poco cariño?

La noche llegó y con ella tu partida. Te fuiste. Nunca te pregunté nada y menos en los meses de tu muerte. Hoy estás tan lejos que ¿cómo interrogarte? Un inmenso sudario de dudas y preguntas transcurre mis sueños y mis pesadillas con gritos y súbitos despertares en la madrugada donde te encuentro siempre frío, siempre víctima.

¿Cómo saber si sentiste el poco cariño que en los últimos años traté de darte ineficazmente entre prejuicios, severidades machistas, entre elegancias de aldea. Y también ¿cómo saber si interpretaste que esos cuatro meses de entrega absoluta en los postreros momentos (“en la hora de tu muerte”) fue tardío mea culpa que quise hacer sonar en paredones y silencios del pasado?

Artículo anteriorREFLEXIONES DOMINICALES
Artículo siguienteCombata los mosquitos, evite contraer dengue