Mario Alberto Carrera

marioalbertocarrera@gmail.com

Premio Nacional de Literatura 1999. Quetzal de Oro. Subdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua. Miembro correspondiente de la Real Academia Española. Profesor jubilado de la Facultad de Humanidades USAC y ex director de su Departamento de Letras. Ex director de la Casa de la Cultura de la USAC. Condecorado con la Orden de Isabel La Católica. Ex columnista de La Nación, El Gráfico, Siglo XXI y Crónica de la que fue miembro de su consejo editorial, primera época. Ex director del suplemento cultural de La Hora y de La Nación. Ex embajador de Guatemala en Italia, Grecia y Colombia. Ha publicado más de 25 libros en México, Colombia, Guatemala y Costa Rica.

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 La arrolladora fama y la electrizante y “mesmérica” atracción que Juan José Arévalo ejercía sobre todo en la gente de gran instrucción y talento (pero también en las masas tanto en Guatemala, como en México, Ecuador o Venezuela) entró en decadencia después de los primeros años de la década de los sesenta, especialmente por el mafioso influjo de la casta militar (que se invistió en dictadura) y que ejerció la gobernanza en Guatemala y otros países de América y Europa.

   Hoy, cuando redacto estas líneas -y unos lustros antes- su enorme y gigantesca figura reformadora se recupera con creces, porque la dictadura militar ha decaído y los diferentes emblemas del capitalismo y del neoliberalismo van configurándose de manera más humanista y con algunos rasgos del socialismo. En consonancia con las claves políticas que parten de las grandes potencias -especialmente de Estados Unidos- donde -de un capitalismo brutal enfrentado en la Guerra Fría a la Unión Soviética- hacía temer cualquier rasgo socialista en los países americanos -sobre todo- con repulsa y acidez, aun cuando sólo fuera un “socialismo espiritual” como el arevalista, de claro y valiente enfrentamiento antiyanki.

  Pero pese al panorama de controversia y disputa y de evidente enfrentamiento que se vivió entre ideologías y países, hoy la figura de Arévalo Bermejo brilla más que nunca. Fue y es sincrónica y diacrónicamente un gigante político que todavía refulge como un fanal inextiguible e infinito en el panorama de presidentes que hubo y que hay en la América Latina. Por otra parte, es el único guatemalteco que accede al ara de los grandes políticos de América incorruptibles (tan escasos) en un continente tan saqueado por las castas de los partidos políticos.

  Los seres humanos (por sabido se calla) somos ingratos y amnésicos casi por naturaleza, sobre todo cuando conviene –es decir- cuando conviene a los intereses creados de nuestras insaciable bolsas. Este breve estudio en torno a los talentos de Juan José Arévalo (que resolveré en algunos artículos periodísticos en serie) hará una modesta valoración de lo mejor que salió de la pluma del expresidente, en distintos campos de la expresión científica y también artística, porque Arévalo Bermejo fue un escritor literario (y aun poeta) valoración que intenta curar los olvidos mezquinos a que me refería y emplazar de nuevo su estatura en el monumento histórico que le corresponde. 

  Las modas, los olvidos y los recuerdos van y vienen según convenga a los clanes dirigentes. Arévalo Bermejo no fue una moda pasajera y superficial, sino toda una reforma de la historia que logró cambiar mediante algunas de las regias conquistas que obtuvo. Mutó a Guatemala (pese a las varias regresiones gorilescas que se produjeron en ocasión del retorno de la  historia a condiciones coloniales y encomenderas) y fue por un corto tiempo ejemplar -nuestro país- en el continente, hasta que llegó la asquerosa guadaña de la CIA. Todo aquel quehacer afanoso fue traicionado. Pero ¡ahora!, (que el imperio está bonachonamente consolidado, exigiendo respeto a los derechos humanos con los países cooperantes) y todo es aparente paz y reposo, acaso ya no tenga tanto sentido ser antiyanki y (ni menos sentido tampoco) atreverse –como lo hizo Juan José Arévalo desde la presidencia- a “expulsar” del territorio guatemalteco (o hábilmente deshacerse de él) a un embajador de los Estados Unidos por considerar que atentaba contra nuestra soberanía. Gesto aquel más propio de un Alonso Quijano que de un mandatario de una nación (que no durante el mando de Arévalo Bermejo, pero sí antes y después) ha sido dependiente de la potencia más poderosa de la Tierra, la cual ha cambiado y se ha ido aplacando en su terrorífica gestión capitalista (desde la política de Walker en  Nicaragua, el big stick -durante la presidencia de Teodoro Roosevelt- la MacCarthy list y la CIA de mano dura) hasta que con la caída del muro de Berlín y del derrumbe de la URSS y de la Guerra Fría, las cosas han mudado. 

  Mas aquel glorioso momento de la “expulsión” (o deshacerse  de Petterson) no ha variado ni ha cambiado en su valor absoluto. Y seguimos valorando aquel gesto de Arévalo Bermejo al “expulsarlo” (o desechar de divina manera a Petterson) en su mejor sentido. Tomando -sobre todo en cuenta- los años cuarenta del siglo pasado ¡en  que aquel cambio casi increíble de la historia!, aconteció.

Continuará.

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