Por: Lic. Luis Fernando Bermejo Quiñónez
@BermejoGt
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Recientemente la Asamblea Legislativa de El Salvador aprobó reformas a la Constitución que permiten la reelección presidencial indefinida, a la vez que extiende el período presidencial de cinco a seis años y elimina la segunda vuelta en las elecciones al permitir que exista un ganador con mayoría de votos, aunque no tenga la mayoría de votos. La reforma obtuvo el apoyo de 57 de los 60 parlamentarios del Congreso, cuya mayoría está conformada por miembros del partido de Nayib Bukele, Nuevas Ideas. En cierta forma, existen paralelismos con los términos de la reforma electoral nicaragüense del año 1998 conocida como el Pacto Alemán-Ortega que cimentó la dictadura nicaragüense que se tiene hasta la fecha en la que, de forma similar a la reforma salvadoreña, se redujo el porcentaje del voto popular requerido para ser electo presidente del 45% al 40%, salvo que con por lo menos el 35% del voto popular supere al del segundo lugar por una diferencia mínima del 5%.

Ahora bien, desde que Bukele hace noticias he notado que con paso seguro y firme él ha querido consolidar una dictadura en El Salvador. Paulatinamente, ha hecho lo que hacen los dictadores, eliminar los controles democráticos y luego avanzar reformas constitucionales a su medida. Bukele primero con su mayoría parlamentaria, removió a los magistrados de la Sala Constitucional que no controlaba, luego al Fiscal, luego promovió una reforma electoral y una distritalización electoral que le aseguraba que la oposición no pudiera disputarle el poder y, ahora, cimenta que no tenga límites en la capacidad de reelegirse indefinidamente. Ha engrasado la maquinaria para convertir El Salvador en su finca personal.

¿Pero a qué viene a cuento esto con el título de esta columna? Pues porque conversando de esta materia con algunos conocidos, y en particular, con los que son los más disociados de la política, existe una creencia bastante diseminada de que las “dictaduras son buenas” porque “ponen orden”. Existe una concepción, quizá con algún tipo de razón en la realidad actual, de que “Guatemala no se compone con la democracia”. Existe una idea de que hay “dictador benévolo” o, quizá la idea que he encontrado más diseminada en algunos círculos sociales más altos y en empresarios de alto nivel, de que las “dictaduras son más efectivas”. Pues esas ideas me dejan anonadado. Desde mi óptica como dijo Winston Churchill “La democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás”. Ahondo en estas ideas.

En primer lugar, me parece que la idea del “dictador benévolo” o del “dictador efectivo” tiene sus raíces en algunos pocos ejemplos, muy particulares, de gobernantes que pudieron haber hecho un gobierno represivo pero con dirección tecnocrática efectiva. Ejemplo de estos pudieran ser, por ejemplo, Singapur bajo Lee Yuan Kew, Chile bajo Pinochet, o Corea del Sur, bajo Park Chung Hee. Esos gobiernos represivos efectivamente modernizaron sus países y crecieron su economía con planes nacionales importantes bajo dirección tecnocrática efectiva. Sin embargo, a la gente se le olvida que por cada ejemplo de una “dictadura efectiva” hay 4-5 ejemplos de dictaduras que han llevado oprobio a sus poblaciones. Las decenas de dictaduras militares que han existido en los países africanos desde el movimiento de independencia de las colonias atestiguan esto. Las dictaduras que han arruinado países enteros como la Unión Soviética, las dictaduras de los Duvalier en Haití, la dictadura de Franco en España que mantuvo en la oscuridad a España de la posguerra frente a sus pares, los Enver Hoxha en Albania, los Pol Pot de Camboya, la Rusia actual con Putin y Corea del Norte con Kim Jong-Il no dejan mentir que los sistemas dictatoriales de “mano dura” no precisamente se correlacionan con “buenos resultados”.

Sostengo que la democracia y su “música” es un sistema que puede ser caótico, inefectivo y “lento” para producir resultados, pero la democracia liberal y republicana, con pesos y contrapesos, tiene mucho mejor “track record” de buenos resultados económicos que las dictaduras. Toda Europa y Estados Unidos de América atestiguan de esto, aunque actualmente estén en peligro esos avances. Los controles republicanos y sistemas democráticos mantienen un balance entre poder público y los derechos individuales. Imperfecto sí, pero a la larga solo a través de estos pueden asegurarse la presencia y toma en cuenta de las minorías, el pensamiento disidente en toda materia y las libertades individuales. Nuevamente, no creo en los “dictadores benévolos”. Una vez se consolidan en el poder y eliminan los controles democráticos, países enteros se pueden someter a capricho y eso excluye la voluntad popular.

Ahora bien, entonces, ¿cómo se encauza por mejor derrotero un país como Guatemala? Pues creo que sólo con la profundización democrática y la reforma institucional en estos ejes:

  • Reforma constitucional del sistema electoral para que podamos elegir mejores representantes y tener un sistema más representativo, y
  • Reforma del sistema del sector justicia, y
  • En materia legal, mejorar las normas jurídicas sobre contratación pública para que no sea un “cuello de botella”.

Los países que han mejorado sus sistemas de justicia y tienen parlamentos funcionales están correlacionados con mayor prosperidad. Esto es patente en el sector justicia, los países con mejores calificaciones en los índices de efectividad de sus sistemas judiciales invariablemente tienen mayor prosperidad (ver https://worldjusticeproject.org/rule-of-law-index/global). Esto, no la esperanza de un “dictador benévolo” es el camino a la prosperidad en Guatemala. Un dictador en Guatemala, a la usanza latinoamericana, vendría a destruir décadas de avances lentos que se han tenido. Cambiemos nuestra forma de pensar estimados lectores.

 

 

 

Luis Fernando Bermejo Quiñónez

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