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Por supuesto, es poco lo que los países pequeños como Guatemala pueden hacer en materia de política exterior. Solo imperios mundiales  como Estados Unidos  se pueden proponer “cambios de régimen” o ataques armados a otros países (como el llevado a cabo contra Venezuela o los que se hicieron el año pasado  contra  Irán y preparan ahora de nuevo) y tampoco se pueden proponer acciones que vayan en la dirección de la formación de bloques de países “like minded” cuando se desea contrarrestar la influencia de aquellos que imponen sanciones unilaterales de manera irresponsable, sean estas aranceles o bloqueos contra países que, como en el caso de Cuba, se oponen a las políticas imperiales. De modo que la política exterior de países como el nuestro, necesariamente tienen finalidades mucho más modestas y de alcance bastante limitado, por decir lo menos. Llevar el caso de Belice a la Corte Internacional de Justicia, dar apoyo consular a los trabajadores migrantes guatemaltecos tanto en Estados Unidos como durante su paso por México, contribuir al funcionamiento –aunque sea precario– de la SIECA y el SICA, mantener la presencia de Guatemala tanto en Naciones Unidas como en la OEA, así en aquellos países en donde tenemos misiones diplomáticas, pero, en fin ese es el trabajo normal de toda Cancillería. Lo que nos interesa es la interrogante sobre otras alternativas que vayan en la dirección de consolidar nuestra presencia en un escenario cada vez más turbulento y dinámico como en el que estamos viviendo, aunque sea en un futuro que ojalá no esté tan lejano. 

Claro, muchos aseguran que  lo mejor que podía hacer un gobierno como el de Bernardo Arévalo en circunstancias en las que los poderes legislativo y judicial están en su contra y ni siquiera tiene influencia alguna sobre una fiscal general que se ha dedicado a atacarlo además de perseguir a dirigentes populares (socavando la base de apoyo social que tuvo en el 2023) en lugar de combatir al delito –Guatemala es probablemente el único país del mundo en donde un presidente no puede destituir a quien se encarga de la persecución pública de delitos, como también el único que ha  cometido el gravísimo error de prostituir al mundo académico al inmiscuirlo en  actividades  políticas plagadas de corrupción– de manera que, la respuesta de  alinear su política exterior con la de Estados Unidos fue lo mejor que pudo haber hecho, ya que de esa manera por lo menos se podía contar con la benevolencia del Departamento de Estado. Cierto, en campos como el económico por lo menos pudo haberse demarcado, aunque fuera un tanto,  de las políticas neoliberales prevalentes desde los tiempos de Álvaro Arzú, pero el discurso pronunciado en Panamá la semana pasada hizo evidente que tampoco en ese terreno ha habido cambios, lamentablemente. 

De modo que aquí solamente podemos hacer conjeturas acerca del tipo de política exterior que Guatemala requeriría en caso de que un gobierno democrático y progresista sea electo en el 2027 aceptando que no vemos posibilidad de cambio alguno durante la actual administración.  En consecuencia,  habría que partir haciendo un análisis del contexto mundial. Dado que el imperio estadounidense se encuentra en franco retroceso,  al igual que lo que ha sido dado en llamar el “occidente colectivo” (Estados Unidos, la OTAN y su apéndice europeo, el Reino Unido, Israel en tanto que cabeza de playa neocolonial en el Medio Oriente, Australia y Nueva Zelandia)  haciendo la salvedad que todo lo que podemos decir es siempre y cuando el ataque a Irán –que parece inminente– no desate una Tercera Guerra Mundial, porque entonces es posible que nadie sobreviva para contarla.   

¿ Cuál es el papel que le tocará jugar a pequeños países como el nuestro en el 2028?  Nuestro pronóstico es que las posturas  agresivas e intervencionistas en su  “traspatio hemisférico” (ver los documentos de seguridad y defensa publicados recientemente además del secuestro del presidente Nicolás Maduro) se quedarán en eso, en “posturas”, pues aún en el caso venezolano es evidente que si el Pentágono no desembarcó  tropas fue para no repetir los costosos errores que los llevaron a ser derrotados militarmente en Vietnam y Afganistán, así como  arruinar y fragmentar Irak propiciando el aparecimiento de grupos terroristas como el “Estado Islámico en Irak y Siria” (ISIS por sus siglas en inglés)  ambos convertidos  en  “estados fallidos” similares a Libia, también destruida por Occidente. Así se explica por qué prefieren negociar con el gobierno de Delsy Rodríguez y, por otra parte, las razones por las que Trump se retractó de sus amenazas contra el presidente colombiano Gustavo Petro a quien acaba de recibir en el despacho oval, gesto que todavía no han recibido ni Milei ni Noboa. Tanto con Lula como con Claudia Sheimbaum también se optó por una política conciliatoria, algo que –al parecer– ha sido también el caso de las amenazas contra Dinamarca (apoderarse de Groenlandia)  y de Canadá, cuyo primer ministro no solo pronunció un discurso fijando posiciones contra Trump en Davos sino que viajó a China y firmó convenios comerciales con Beijing.  

Lo antes expuesto no supone que el breve momento unipolar surgido después de la disolución del sistema bipolar y la implosión de la URSS haya sido reemplazado por un sistema tripolar, esta vez teniendo a Estados Unidos, Rusia y China como principales centros de poder. No cabe duda que lo son y que el complejo militar industrial estadounidense (el deep state) y los pensadores neoconservadores cometieron un gravísimo error al pensar en 2014 que podían “balkanizar”  a Rusia como lo hicieron en Yugoeslavia, además de cambiar su gobierno. Ahora se puede constatar que las sanciones y la guerra que provocada por la OTAN en Ucrania han sido un fracaso –por eso Trump intenta desligarse de ella– además de que la economía rusa ha crecido y la estabilidad política de su inmenso territorio se mantiene, mientras que el gas y petróleo ruso que antes se vendía a Europa ahora lo compran China y a la India. Nuestra hipótesis es que si Putin no ha terminado las guerras ha sido solo para permitirle a salvar la cara a Trump. 

 Y, en cuanto a China, la mayor equivocación de los occidentales consistió en no prever que una civilización milenaria como la del dragón asiático no iba a caer en la trampa de las “ventajas comparativas” (el menor costo de la mano de obra que atrajo las inversiones occidentales en su inicio) sin poner en marcha su propia industrialización como también hicieron, por cierto, coreanos, japoneses y taiwaneses en su momento.  Hoy en día los autos eléctricos chinos son mejores y más competitivos que los occidentales –entre muchos más productos como los paneles solares y la misma inteligencia artificial– habiendo generado su propio mercado interno así como la proeza social de promover el ascenso a la clase media de 700 millones de personas.  China se ha convertido en la primera potencia económica mundial sin que en el plano político-militar se encuentren rezagados respecto a Estados Unidos. A eso agreguemos la iniciativa de la franja y la ruta (la nueva “ruta de la seda”) que en el terreno comercial les ha dado presencia en el mundo entero, incluyendo a Guatemala que, por cierto y dicho sea de paso,  como ya lo han hecho el resto de países de la región,  creemos que para el gobierno que se instale en el 2027 será impostergable la apertura de una embajada en Beijing. 

Por otra parte, y volviendo al papel que nos tocará jugar a escala mundial en el futuro próximo, la adhesión a los BRICS también es fundamental para Guatemala. Si el mundo evoluciona hacia un orden multipolar es debido a que tanto Rusia como China forman parte de los BRICS, al igual que Brasil, la India y Sudáfrica incluyendo una variedad de países como Egipto, Etiopía, los Emiratos Árabes Unidos, Irán,  Indonesia y otros.  Más del 40% del PIB mundial es generado por los BRICS muy por delante del 28% del G7 y lo mismo ocurre en cuanto a la población, pues solo China e India son casi la mitad de la población mundial.  Por supuesto, si Rusia y China forman parte de los BRICS es porque no buscan antagonizar ni confrontar a nadie,  manteniendo su compromiso con la Carta de Naciones Unidas y con el respeto al derecho internacional. Entonces sería absurdo que a la vez pretendiesen conformar orden tripolar alguno. Y aunque la  “infraestructura independiente de liquidación de pagos” –mencionada por el embajador de Rusia en Guatemala en reciente entrevista–  responde a la necesidad de utilizar monedas nacionales para transacciones comerciales frente a la exclusión del  sistema bancario Swift, pero obviamente esto va en contra de la supuesta repartición tripolar del mundo,  ya que es gracias a la utilización del dólar como divisa internacional  que Washington ha podido mantener su gigantesca deuda de más de 38 billones (o trillones).    

Finalmente esperemos que Guatemala pueda jugar un papel hay que referirse en el diálogo de civilizaciones propuesto por Gustavo Petro en un discurso ante el Consejo Permanente de la OEA –que le mereció una ovación de los diplomáticos presentes– y en una conferencia en la Universidad Georgetown. Para el presidente Petro tanto la impotencia de Naciones Unidas ante el genocidio en Gaza como la imposibilidad de introducir un simple párrafo mencionando el hecho que son los combustibles fósiles los responsables de la crisis climática que está provocando el calentamiento global y exponiendo a la humanidad a su extinción. Esto, nos dice Petro,  no permitió aprobar la declaración final de la COP30 en Belem do Pará, en el amazonas brasileño así como también nos ha puesto ante la necesidad de abordar la crisis civilizatoria a la que aludía el papa Francisco desde un diálogo de civilizaciones superando la estrecha visión de cada nación-Estado de modo que nuestra civilización latinoamericana sea llamada a compartir el hemisferio en pie de igualdad junto a Estados Unidos y la civilización occidental. 

  

Luis Alberto Padilla

Doctorado en ciencias sociales en la Universidad de Paris (Sorbona). Profesor en la Facultad de Derecho y en la Escuela de Ciencia Política de la Universidad de San Carlos. Es diplomático de carrera y ha sido embajador en Naciones Unidas (Ginebra y Viena), La Haya, Moscú y Santiago de Chile

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