El primer ministro de Canadá es un político conservador que pertenece al Partido Liberal el cual en Canadá es considerado de centro-izquierda, pero dado que anteriormente fue gobernador del Banco de Inglaterra, presidente del Consejo de Estabilidad Financiera del G20 y que también ha trabajado para Goldman Sachs así como para el ministerio de finanzas canadiense, además de ser graduado de universidades como Harvard y Oxford, lo menos que puede decirse es que Carney si bien puede ser un “liberal” – según la manera como este término se entiende en Estados Unidos y Canadá – en realidad es un “conservador” en el sentido en que dicho concepto es entendido por estas latitudes. Así que, con semejante trayectoria, es sorprendente que en Davos un conservador como Carney se haya atrevido a decir lo que dijo, algo que hasta ahora no ha osado hacer ninguno de los dirigentes europeos quienes, por cierto – y dicho sea de paso – fueron duramente reprendidos, también en Davos, por el gobernador de California, Gavin Newsom, quien dijo que su comportamiento era “vergonzoso”, que “se arrodillaban” ante Trump y que ojalá se dieran cuenta de lo “patéticos” que eran vistos en el escenario mundial, todo esto según un despacho noticioso de la BBC, firmado por Darío Brooks, de fecha 20 de enero.
Carney comenzó diciendo que se oponía a que la célebre trampa de Tucídides – supongo que como redefinida por Graham Allison – fuese considerada inevitable. Según esta “trampa” la guerra suele ser el resultado del ascenso de una potencia emergente frente a otra potencia que se considera hegemónica, algo que en tiempos del historiador griego aludía a la oposición Atenas/Esparta pero que en las circunstancias actuales claramente se refiere a la oposición China/ Estados Unidos. De modo que es novedoso decir en un lugar como Davos – la cumbre del capitalismo mundial – que practicar la ley de la selva como lo hace Trump no es aceptable. Lo dicho por Carney va en contra del acomodamiento y vergonzosa subordinación de los dirigentes europeos al inquilino de la Casa Blanca que no es cierto que marchemos hacia el caos internacional o que sea un hecho que Estados Unidos junto a Rusia y a China ya se repartieron el mundo estableciendo un orden tripolar autocrático que no solo ignora el derecho internacional sino que de ahora en adelante en relaciones internacionales prevalecerá la voluntad del más fuerte.
Sin embargo, aunque sea cierto que Trump suspira por ese orden tripolar en el cual el hemisferio occidental (América Latina más Canadá y Groenlandia) queda bajo su mando junto a una Europa satelizada, una cosa son sus delirios y otra muy distinta lo que en realidad es posible. En mi artículo anterior sostuve que el sistema de Westfalia y el derecho internacional – el orden basado en reglas incluyendo instituciones como Naciones Unidas – no van a desaparecer solo porque a un señor que quisiera ser el “emperador del mundo” así se le ha ocurrido. El sistema internacional es demasiado complejo y sus regulaciones no solo tienen que ver con geopolítica sino también con cuestiones como salud, educación, cultura, economía, comercio, investigación científica, cooperación internacional y un largo etcétera, regulaciones que son las que hacen funcionar al sistema internacional. Que Trump agreda a Venezuela secuestrando a su presidente no hace desaparecer el derecho internacional y tampoco las amenazas contra Dinamarca o Canadá, sin olvidar la guerra larvada contra Irán, los palestinos o los descabellados propósitos de Rubio contra Cuba. Si bien es cierto que las cinco potencias nucleares que miembros permanentes del Consejo de Seguridad poseen una “autorización” (el derecho de veto) para apartarse del derecho internacional cuando consideran, unilateralmente, su propia seguridad amenazada y esto les permite violarlo también lo es que para resolver esta problemática es indispensable reformar la Carta de Naciones Unidas pero, mientras esto no se haga, tampoco puede decirse que todos hemos caído en el caos o en la “ley de la selva” aunque Trump si se permita actuar de esa manera.
Pero retornemos al discurso del canadiense para quien existe ya una “ruptura del orden mundial” que ha dado origen a esa “realidad brutal” en la cual la política de las grandes potencias no está sujeta a limitación alguna. Para Carney las potencias medianas como Canadá deberían proponerse la construcción de un orden alternativo con base en valores como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, el respeto a la soberanía y la integridad territorial de los Estados recurriendo a Vaclav Havel – el célebre disidente checo de tiempos del comunismo – citando un ensayo de 1978 que lleva por título “el poder de los sin poder” según el cual, a pesar de que todos comprendían que el poder comunista se sustentaba en una mentira ideológica la tendencia era a acomodarse para evitar problemas con la esperanza que esto les proporcionaría seguridad: “el poder del sistema provenía no de que fuese verdadero sino de la voluntad de todos de actuar como si lo fuera”. Tal tipo de sistemas no son fuertes sino débiles y su fragilidad radica en el hecho si se deja de aceptar la mentira ideológica el sistema se quiebra. La mentira que Estados Unidos es una potencia que asegura protección a los países “aliados” de la OTAN ya dejó de aceptarse y a esto es a lo que Carney llama “ruptura del orden mundial”, algo que – desde nuestro punto de vista – es del orden que prevalecía en Occidente, no en el mundo entero.
O dicho en otras palabras, dado el cinismo y la brutalidad de Trump es cierto que el occidente colectivo ha venido a darse cuenta que el cartelito ideológico de Havel se cayó. ¿Que hacer frente a ello? Carney descarta aislarse en “estados fortaleza” proponiendo un “realismo basado en valores” que buscaría mantener los principios (prohibición del uso de la fuerza salvo cuando esta es autorizada por la Carta de Naciones Unidas, respeto a los derechos humanos, la soberanía e integridad territorial) pero también ser pragmáticos reconociendo que los intereses de los países divergen y no todos comparten los mismos valores. Desde esa óptica Carney mencionó que en su reciente viaje a China se firmaron acuerdos con China que permitirán una importante apertura comercial hacia el gigante asiático. También mencionó a Qatar, a la UE y la negociación de tratados de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y el MERCOSUR). Añadió que las potencias medianas deben comprender que “si no se sientan a la mesa se convierten en menú” agregando que si las grandes potencias se pueden dar el lujo de actuar unilateralmente esto no lo pueden hacer el resto de países ni tampoco las “potencias medianas” porque si estas negocian bilateralmente con un hegemón se hace desde la debilidad “aceptando lo que se nos ofrece” lo cual implica subordinación y pérdida de soberanía. Su multilateralismo no es ingenuo, dijo Carney, porque se trata de negociar desde posiciones de fuerza construyendo coaliciones.
Es claro que habría que preguntarse hasta qué punto potencias como China encajan dentro de ese “realismo” con principios sugeridos por el canadiense. Si nos atenemos al discurso pronunciado también en Davos por el vicepremier chino He Lifeng, habría que aceptar que la posición de Beijing no es la de disputar ninguna hegemonía mundial a Estados Unidos. El realismo ofensivo es una concepción que, aunque distinguidos académicos como John Mearsheimer la sustenten, no parece coincidir con los planteamientos oficiales de la potencia asiática. En todo caso, no cabe duda que el discurso del premier canadiense sacudió a la audiencia en Davos aunque – como dicho – la “ruptura” no es del orden mundial sino, exclusivamente, del occidental, sobre todo porque Trump ha puesto fin a las narrativas liberales sobre la (inexistente) confrontación entre “democracias” y “autocracias”. A Maduro no lo secuestró Trump por ser un autócrata sino porque quería apoderarse del petróleo de su país. La anexión de Groenlandia – a la que llamó “pedazo de hielo” – resulta que tiene cinco veces el territorio de Alemania y riquezas inconmensurables en su subsuelo, sin contar el agua dulce de su casquete polar que, en este planeta 70% acuático y solo 30% terrestre, el agua dulce es solo el 3% concentrado en su mayor parte en los polos. De manera que la crisis climática – provocada en gran medida por la excesiva utilización de combustibles fósiles para desgracia de la Madre Tierra – no solo está abriendo nuevas rutas de comercio marítimo en el ártico sino que, si el calentamiento global que tratan de prevenir las COP continua, los recursos hídricos serán de una importancia crucial.
En consecuencia, siendo evidente que las narrativas ideológicas han llegado a su fin esto no implica que el derecho internacional desaparezca, pues continuará siendo una fuente de orden, seguridad y certeza en las relaciones internacionales, ya que las naciones del mundo no carecen de poder si actúan de común acuerdo promoviendo el multilateralismo. La crisis del Occidente Colectivo puede ser positiva si ayuda a la consolidación del reordenamiento multipolar que preconizan los BRICS y al cual Canadá podría acercarse gracias a sus acuerdos con China. Finalmente, un detalle cómico: cuentan que advertido de la ovación recibida por Carney, Trump pidió escuchar su discurso y a su fin exclamó: “Bravo, muy bien por el colega, es un buen anticomunista. Me gustó su referencia al señor ese, Havel, de ¿Cómo se llama el país? ¿Checoeslovaquia?…”







