Lo primero que los lectores se preguntarán ante el interrogante del título es que tiene que ver algo sucedido hace más de trescientos años con el bombardeo de Caracas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro. Pues bien, tiene mucho que ver porque hay que recordar que el tratado de paz de Westfalia en 1648 fue el primer instrumento de derecho internacional y que sus logros no son menores, pues más que a la guerra de los 30 años los negociadores en las ciudades alemanas de Münster y Osnabrück le pusieron fin a más de 100 años de guerras de religión, iniciadas cuando Martin Lutero clavó en la puerta de la iglesia de Todos los Santos de Wittemberg las famosas 95 tesis que dieron origen a la reforma protestante en octubre de 1517. De manera que el gran logro de este primer tratado de derecho internacional público consistió en garantizar la paz postulando el respeto a la soberanía de cada Estado mediante el principio pacta sunt servanda (los tratados, las reglas deben cumplirse) que desde aquel entonces forma parte del ius cogens y que, esencialmente, significa que la mejor manera de garantizar la paz es mediante el derecho internacional siendo esto lo que, justamente, Estados Unidos ha violado con su ataque a Venezuela. También hay que tener presente que además de que en Westfalia se acordó que cada monarca, príncipe o gran señor de la época tenía derecho a que sus súbditos tuviesen su propia religión, también hubo un compromiso implícito en que ninguna potencia – el imperio de los Habsburgo en Viena y los Borbones en París– buscarían la hegemonía manteniendo el equilibrio de poderes porque su ruptura (tratar de dominar a los otros) es lo que desata las guerras. Gracias a ello se logró una relativa paz y estabilidad que duró hasta que Francia y el imperio napoleónico quisieron imponer su hegemonía en Europa, dando origen a más de veinte años de contiendas bélicas.
Consumada la derrota de Napoleón en Waterloo –con los Acuerdos de Paz de Viena, se retornó en 1815 al tipo de equilibrio que se dio en llamar “el concierto europeo” gracias a la notable habilidad diplomática de Metternich. La Santa Alianza (Austria, Prusia y Rusia) así como Gran Bretaña y Francia lograron un equilibrio notable que, salvo algunas excepciones– la guerra de Crimea y las de Bismarck que condujeron a la formación del imperio alemán – se mantuvo hasta la primera guerra mundial en 1914 en la cual los dos grandes imperios alemanes fueron derrotados gracias a la irrupción de Estados Unidos, así como a la salida de la contienda de la rusia zarista, transformada en Unión Soviética. Tres imperios desaparecieron: Rusia, Alemania y Austria Hungría pero, a pesar de los loables esfuerzos del presidente norteamericano Woodrow Wilson, fundador de ese principal antecedente de Naciones Unidas que fue la Sociedad de Naciones dado que en 1919 no se tomó en cuenta a los vencidos alemanes en las negociaciones del tratado de Versalles, el equilibrio logrado fue frágil y de sólo un par de décadas duración. En los hechos reales una tregua que se mantuvo hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939 cuando Hitler, queriendo hegemonizar a Europa de nuevo, terminó por ser derrotado junto a los fascistas italianos y el imperio japonés. Los acuerdos de Yalta firmados por Stalin, Churchill y Roosevelt incluyendo la fundación de Naciones Unidas junto al sistema bipolar permitió casi medio siglo de equilibrio en gran parte debido a la disuasión nuclear que prevaleció durante la Guerra Fría.
La Unión Soviética –heredera del imperio de los zares– y Estados Unidos fueron los principales actores de esta paz armada que terminó con el colapso soviético en 1991, el cual no fue consecuencia, por cierto, de una ruptura del equilibrio entre las dos superpotencias sino de la implosión del sistema político-económico soviético. Por eso no hubo “guerra caliente” pero tampoco ocurrió el “fin de la historia” imaginado por Fukuyama, pues lo que sobrevino fue el choque de civilizaciones pronosticado por Huntington. Sin embargo, a pesar de que las condiciones eran propicias para un reordenamiento mundial pacífico el complejo militar industrial de Estados Unidos quiso aprovechar la coyuntura unipolar convencido que podía lograr la hegemonía mundial expandiendo a la OTAN y desintegrando a Rusia promoviendo un “cambio de régimen” al estilo del que se aplicó a Yugoeslavia en los años noventa que terminó con ese país desintegrado en mini-Estados fáciles de dominar después de la intervención de la OTAN contra Serbia. Bush hijo invadió además Afganistán a la caza de Bin Laden y además impulsó la farsa de las “armas de destrucción masiva” como motivo para invadir Irak y liquidar a Saddam Hussein, a pesar de que este nunca fue partícipe de los atentados terroristas de septiembre del 2001. Luego en el 2014 Obama/Biden impulsaron el cambio de régimen en Ucrania que en el 2022, después de 8 años de guerra larvada en el Donbás condujo a la “operación militar especial” de Rusia contra el régimen de Kiev detonando un conflicto que Rusia ya ha ganado a las fuerzas combinadas EEUU/OTAN impidiendo lo que se proponían los occidentales –por interpósita Ucrania– : derrocar a Putin (cambio de régimen) convirtiendo el inmenso territorio ruso en múltiples mini-estados vasallos al estilo de la actual UE, todo según los neocons Robert Kagan y Victoria Nuland, inspirados por los anacrónicos delirios geopolíticos del inglés Halford Mackinder sobre el “corazón del mundo” y Eurasia.
En consecuencia, esa la situación que obligó a Trump a llevar a cabo la cumbre de Alaska así como a promulgar su nueva “estrategia de seguridad nacional” en la cual entre otras cosas se plantea una retirada de sus compromisos militares con Europa así como un énfasis en la política de contención a China retrocediendo al “patio trasero” latinoamericano – el “hemisferio occidental” – siendo, por ahora, la agresión contra Venezuela y el secuestro de su presidente la principal manifestación de la “nueva estrategia” – algo que pronto podría continuar contra Cuba y contra la misma OTAN pues Trump se ha propuesto apoderarse de Groenlandia, territorio autónomo del pueblo originario inuit pero que se encuentra bajo soberanía danesa en su política exterior.
Sin embargo, es interesante constatar que si tomamos en cuenta la historia, entre muchas otras intervenciones norteamericanas tuvimos las de Nicaragua en el siglo XIX con el filibustero Walker; la guerra contra España para recolonizar las Filipinas, Puerto Rico y Cuba; la ocupación militar de Nicaragua en los años 20; los golpes de Estado en Guatemala (1954), en Chile (1973), Honduras (2009); el bloqueo y las ilegales sanciones unilaterales contra Cuba y Venezuela así como actualmente la guerra comercial (aranceles) contra México, Colombia y Brasil; las declaraciones de apoyo electoral a la ultraderecha en Argentina, Ecuador, Honduras, etc. habría que admitir que lo único en lo que la “doctrina Monroe corolario Trump” es novedosa es el descaro pues carece de recubrimientos ideológicos pues ya no se trata de defender a la democracia contra el comunismo, de promover los derechos políticos contra un dictador o ni siquiera de castigar a los países involucrados en el narcotráfico sino, cínicamente, Trump ha admitido que en el caso venezolano lo que busca es apoderarse de las mayores reservas petroleras del mundo – superiores incluso a las de Arabia Saudita – obligando a aceptar las condiciones imperiales bajo la amenaza de otro ataque militar con secuestro de autoridades. Se trata pues del clásico comportamiento de jefes mafiosos tratando de someter bajo amenazas.
Pero volvamos al Acuerdo de Paz de Westfalia fundador del derecho internacional. Lo que hizo Trump en Venezuela ¿le pone fin? ¿Retornamos a la ley del más fuerte en relaciones internacionales? ¿el derecho internacional ya no vale nada? Obviamente NO. Esto no es en interés de los propios Estados Unidos y de ningún Estado soberano del mundo. Desde las regulaciones comerciales hasta las territoriales (como los tratados de límites que garantizan las fronteras nacionales) pasando por infinidad de regulaciones sobre asuntos científicos, de salud y medicina, laborales, de transporte aéreo y marítimo, de derechos humanos y derecho humanitario (fue un acierto que Maduro se declarara en Nueva York prisionero de guerra porque si el tribunal lo acepta esto permite mantenerlo detenido sin proceso formal bajo las Convenciones de Ginebra de 1949), de reducción de armamento nuclear estratégico (el tratado START entre Estados Unidos y Rusia debe renovarse en febrero próximo), de medio ambiente y cambio climático, de pueblos indígenas, las regulaciones sobre el derecho del mar y un largo etcétera. La Corte Internacional de Justicia perdería su razón de ser así como la enseñanza del derecho internacional en las universidades. Sería absurdo. Además del caos que sería consecuencia de las innumerables guerras por disputas territoriales.
¿Entonces, cómo debemos evaluar la agresión de Trump contra Venezuela? En el peor de los casos esto va a continuar los tres años que le restan de gobierno al inquilino de la Casa Blanca. En el mejor, si las elecciones de medio término favorecen una mayoría demócrata en el Congreso, es posible que prospere un impeachment o cualquier otra forma de limitar el poder de este dictador en ciernes. Tampoco se trata de que se esté conformando un orden mundial tripolar en el cual una especie de Yalta 2.0 estaría conduciendo a una nueva repartición del mundo entre las tres grandes superpotencias nucleares que son Estados Unidos, Rusia y China. Entre otras razones porque estas dos últimas forman parte de los países BRICS (que incluyen a la India, Brasil y Sudáfrica además de un gran número de otros países del sur global) y el mundo avanza en la consolidación de un nuevo orden multipolar. Y tampoco debemos olvidar a la Asociación de Cooperación de Shanghái que bajo la conducción de China este año tuvo una formidable reunión con acuerdos de cooperación notables.
A todo lo anterior agreguemos el hecho que en Venezuela Trump no estuvo en condiciones de provocar un golpe de Estado para lograr el cambio de régimen que se buscaba. María golpista Machado, Premio Nobel de la Guerra, fue descartada como posible “Castillo Armas” de ese país entre otras razones porque no hubo ningún levantamiento popular en favor de los atacantes y tampoco el ejército venezolano se fracturó, a pesar del éxito del operativo militar para secuestrar al jefe de Estado y comandante en jefe. Así que Trump se verá obligado a negociar con la vicepresidenta Delsy Rodríguez y con el gobierno “chavista”. Esto es lo que, por ahora, está en juego aunque no auguramos concesiones en materia petrolera que sean distintas de las que ya permiten a la empresa transnacional Chevron comerciar petróleo venezolano.
En síntesis, como hemos afirmado en anteriores artículos, lo que ha funcionado hasta ahora es la excepción concedida en la propia Carta de Naciones Unidas para, en la práctica, actuar haciendo caso omiso del derecho internacional gracias al derecho de veto concedido a los cinco miembros permanentes pues esto significa que es el equilibrio de poderes el que funciona al interior del Consejo de Seguridad. Realismo (política del poder) versus Idealismo (derecho internacional). Algo que debería eliminarse de la Carta aunque esto requeriría la aprobación de una resolución parecida a la célebre Unión pro Paz que podría permitir a la Asamblea General ir más allá de las obstrucciones del veto en el Consejo de Seguridad. Por supuesto, lo anterior no significa que en lo que le resta de su período el señor Trump no sea un peligro mundial que puede seguir causando daños como una invasión a Groenlandia, que sería catastrófica para el planeta dada la crisis climática además de violar el derecho de autodeterminación del pueblo inuit, hasta un ataque a Cuba en la búsqueda del cambio de régimen promovido por Marco Rubio. Todo puede suceder. Se vienen años muy sombríos para las relaciones internacionales.







